Nada

miércoles, 4 de mayo de 2011



 Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.


 Pierre-Anthon en Nada, de Janne Teller.


A veces pateaba en la entrada el frío congestionado en mis botas, agitaba por recobrar el candor apagado en el blanquecino mundo exterior, dibujado por la muerte del invierno. Me arrinconaba en esas butacas de madera sin quitarme el abrigo y entonces, en el transcurso de su discurso académico, elevaba algunos libros que había secuestrado de sus estanterías domésticas para liberar aquella expresión que tanto me gusta: "ans Herz legen". No solía recomendar los libros que le gustaban de la manera que muchos suelen hacer, sino mediante esa expresión germana, ans Herz legen, es decir, delegando al corazón. Con esta desnuda franqueza, casi lírica, me inclino también por delegarles al corazón este libro donde el joven Pierre-Anthon asalta al profesor con la frase rotunda que encabeza estas humildes líneas, abandona su pupitre, cruza la sonriente puerta de la revelación y se cuelga de un ciruelo para contemplar, flotando, el transcurso de la nada y preconizar ,desencarnizadamente, que la vida no tiene sentido.

Supongo que muchos de los escasos lectores que andan rodando sus pupilas sobre estas líneas actuarían, por temor o convencimiento, como los compañeros de Pierre-Anthon. Acaso enjaulados en fingidas ilusiones y futuros vendidos al mejor postor, intentarán rehuir de la desmoralizante afirmación de la verdad vociferada por el nuevo inquilino de aquel ciruelo plantado en la pequeña localidad danesa de Taering. Agnes, Sofie, el piadoso Kai, Jan-Johan, Hans, Elise, Hussein y el resto de la clase, como emanados de viñetas de Charles M. Schulz o Quino, intentarán convencer al agitador de Pierre-Anthon que la vida tiene sentido, arriesgando y sufriendo por germinar una madeja de significados. Pero, ¿qué tiene sentido en esta vida que, como Calderón de la Barca, se podría definir como sueño? ¿Conocen el sentido de la vida, algo que se oponga a la nada, al absurdo de los calendarios, las estaciones, las agujas de los relojes, las risas, los sollozos, las compañías, soledades que se alternan como los astros sin compasión? Con una montaña de significados, los compañeros de Pierre-Anthon descubrirán, cuando ya todo puede ser tarde y habiendo comenzado una esperanza que se declina en lo macabro, el verdadero sentido de sus alientos y pasos, el término rotundo, pétreo que alberga la palabra significado.
 
Janne Teller, deletreando algo frente a la nada.

Apelando al existencialismo más camusiano y al género del cuento, la escritora Janne Teller nos plantea estas cuestiones filosóficas con una maestría literaria intachable y por el cual no es descabellado hablar de un verdadero clásico, de una pequeña joya literaria. Empleando la mirada de quienes ven con claridad -los jóvenes, absueltos del terrible encarcelamiento que padece el mundo adulto-, haciendo uso a la par de un ritmo dramático y proclive a abrir varias preguntas insondables como vitales para el individuo y la sociedad en su conjunto, Teller nos describe la desgarradora búsqueda del significado de nuestros latidos, pero también otras cuestiones como la tolerancia, la convivencia y ciertos valores en furtiva decadencia. ¿En qué significado se abriga uno? ¿Son menudencias, creencias, imaginarios, amores? ¿Valoramos en estos tiempos que corren el significado de ciertas cosas de manera correcta? ¿Somos conscientes de su presencia? Un ovillo de preguntas emergen desde unas páginas que fueron prohibidas por ciertas polémicas en algunos países tan liberales como Dinamarca, Francia o Alemania pero que al final hallaron su justo lugar en las estanterías de la buena crítica. Como solía decir mi antiguo profesor de facultad en esos gélidos días de tristezas y ahora suelo, en ocasiones, decir a mis alumnos, este libro se los quisiera delegar al corazón. Quizás les sirva para leer una y otra vez y hallar así las cuestiones importantes de esta breve vida, evadirse de las represiones artificales y autoimpuestas por unos y otros. Quizás exista algo en la nada.

4 comentarios:

Yaiza dijo...

Dicen que elaborar teorías sobre lo que ocurre y hablar sobre ello no sirve de nada. Hay incluso quien afirma que no vale la pena traer niños a este mundo que se escurre por todos lados. No quiero creer que sea así.

Ojalá podamos seguir creyendo que entre la nada se esconde algo. Mientras haya quien "delegue al corazón", habrá esperanza.

¡Un abrazo y feliz semana, W!

Diebelz dijo...

Eso espero, aunque no hace falta tener a alquien quien delegue al corazón...con tal de tener unos óculos y buenos libros, quizás encontremos ese "algo".

Otro abrazo, Yaiza...y también feliz semana. ;)

Mar dijo...

Habrá que tener este libro en cuenta para ejercitar nuestro sentido crítico hacia el mundo que nos rodea, tan restringido a veces por el quehacer diario...
El encabezamiento comienza como " Nada importa", pero ¿para quién? ¿a qué efectos?. Cuanto más materialista y competitivo se vuelve este mundo, más consciente soy de la importancia de tener en cuenta los orígenes.¿En qué momento dejamos de observar las cosas sencillas y por qué empezamos a no tener en cuenta lo más simple y natural?. ¿Qué importan las cosas materiales, si ciertas cosas, bajo mi punto de vista, las realmente importantes, no tienen precio, aunque sí valor? Una buena conversación, un paseo por el campo, una caricia, buena compañía, tomarse el tiempo para disfrutar de las cosas ... cosas básicas de las que el ser humano ha vivido y considerado como normales y habituales desde el principio de los tiempos, y que hoy en día, por nuestro ritmo de vida, se han convertido casi en un lujo. Quizás eso no represente nada para la generalidad del ser humano, pero ese tipo de cosas es lo que van forjando la propia vida, que es el "todo" ( o "casi todo") de cada persona. No nos olvidemos de ello...
Porque no sólo de diamantes vive "Audrey" ;-P

Diebelz dijo...

Acaso somos presas de un mundo adulto que se empeña en valorar los diamantes, el secuetro del tiempo, las cuentas bancarias...es cierto. Eso sí, el absurdo siempre ha existido, desde la noche de los tiempos...

¡Un abrazo, Mar!

 
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