El fantasma de Colombo (o la crónica del año 2011)

viernes, 23 de diciembre de 2011


Los muebles de madera se lamentan del gélido aliento que aparenta filtrarse por la ventana. Agotados rayos de sol lamen el vidrio, se adhieren a los contornos de la lúgubre estancia. Un anciano respira con parsimonia. El papel se quiebra entre sus dedos cuando hojea en la inopia y el reloj gotea, vibra su vida inalterablemente. A veces se altera la respiración, se menea en su silla de ruedas, percibe cómo anota una frase en sus pulcros folios, huérfanos de palabras y vuelve a recostarse para proseguir con la lectura que simboliza su ausencia del mundo, esperando la aparición del misterio.

Tomas siente el frío congestionarse en sus articulaciones. Eleva la mirada y observa que su vaso de vidrio ha comenzado a exhibir finas hiedras de hielo; el mercurio acomete el pecado de situarse en peligro de extinción. Inclina la mirada y presiente cómo una mano invisible, extraña, acciona un botón de su equipo de música:


...Soy lo que soy y me gusta
que decida el corazón
que los sueños me gobiernen
que la magia sea razón...

A su costado, una espalda contempla el atardecer. La neblina, rociada por una infortunada imitación de Cohíba tamaño Churchill, se extiende por toda la estancia. 

- Enternecedor, ¿no cree? -pregunta una voz arrugada-. Para algunos las letras de Facundo Cabral son demasiado cursis, inapropiadas para un personaje tan desaliñado en apariencia. Pero, ¿sabe? Para mí es un poeta falto de cartucho, con alma de Benedetti. 

El anciano, cabizbajo, pétreo pero sin desnudar temor alguno, contempla de soslayo cómo el siniestro fantasma envuelto en una ocre gabardina, se aparta de la ventana dejando un rastro de humo tras de sí. 

- Que un espectro tome los rasgos del desaparecido Peter Falk es lo último que esperaba para terminar este año -murmura Tomas Tranströmer-. Seguramente que estás investigando la muerte del susodicho cantautor.

- Y el de Amy Winehouse. Pero nótese que no soy Peter Falk. Soy el inspector Colombo. 
- Reencarna un personaje ficticio.
- Al final la ficción supera la realidad, amigo -susurra el detective sosteniendo entre sus labios la punta de un consumido puro.- Y, sinceramente, eso no lo ha conseguido ni una diosa como fue Elizabeth Taylor. Porque dígame, ¿quién le ha compuesto una canción a esa diva del cine de obituario? 

Tomas se interesa por su imprevisto visitante y subleva la mirada. Sin intención de ofender, el premio Nobel de Literatura le pregunta si también está investigando el caso del terremoto de Japón, el fenómeno de la Primavera árabe o busca, si acaso, al culpable de haber premiado con varios Oscars al Discurso del Rey y no -por poner un ejemplo- al Ilusionista de Sylvain Chomet. Colombo carraspea mientras asiente, comienza a girar con torpeza pero sin caer en el letargo. Ha sacado un blog de notas de su bolsillo y posado uno de sus codos sobre la cercana estantería de libros. 
- Verá, no soy geólogo pero algo sé de faldas. Lo cierto es que lo de Fukushima podría llegar a considerarse un caso para el departamento de homicidios pero...Err...Bueno, me viene grande, Tomas. No le importe que le llame Tomas, ¿verdad?- pregunta mientras toma un suspiro y se lleva unos dedos a la frente, frunce su mirada dolorida-. Y...Tengo aquí anotada a una tal Shirin Ebadi, iraní y que, aparte de Nobel de la Paz es una gran meteoróloga dado que no ve que sea primavera en los países árabes. Y créame, yo tampoco veo florecer cerezos en los desiertos. Quizás cementerios, revoluciones que no se despegan de la "ere" para ser evoluciones. 
- Pero al menos ha desaparecido el dictador de Muammar el Gadafi.
- Tomas, Tomas, Tomas... -declina sin conjugar el inspector mientras sonríe. Levanta el dedo índice que comienza a balancearse-. La verdad que no me sorprende que legimite tal acto de glamour propio de la cultura occidental y no tan occidental. Sí, y la muerte de Osama Bin Laden y Kim Il Jong también fueron hechos que corroboran que no están detrás del crimen cometido hacia la figura de Facundo Cabral o Amy Winehouse. Pero creo que un espectro como yo -que ha vivido- coincide, una vez muerto, con el vivo busto de Mijail Gorbatschov: ojalá siguiera existiendo la Unión Soviética
Tomas arquea las cejas, aparece por primera vez estupefacto ante lo que percibe su delirio. 

- Es simple nostalgia. Nos-tal-gia. Ya sabe, una palabra que alberga regreso y dolor. Pero es cierto, amigo -dice mientras chupa de su puro y se desinfla la mirada-. Al final, frente a esta crisis que hace del mundo un corral de gallinas, hacía falta una referencia histórica, ¿no cree? O al menos un decorado de fondo sin carreras al estilo Usain Bolt.
- Para ser teniente del departamento de homicidios posee un discurso muy dialéctico y profano hacia su profesión -se asombra Tomas mientras se inclina hacia delante buscando una mirada cómplice en su fantasmagórico huésped.
- Simplemente he tenido el honor de hablar con Ernesto Sábato, María Elena Walsh y un tal Jorge Semprún -dice mientras se queda pensativo, enredando su mano en su oscura melena-. Sinceramente, San Pedro es un cantamañanas de mucho aúpa.
- Menciona a un puñado de personajes que nos han hecho aún más huérfanos.
Colombo exhibe, inesperadamente, un color aún más lúgubre que el que podría condecorar una mano de talco. Y frunce el ceño con esa mirada desorbitada, propia en él.
- ¿Más huérfano? Tomas, me asombra usted. ¿De verdad que es Premio Nobel?
Tomas se encoge de hombros.
Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil.
- ¿Suyo?
- ¿Tengo pinta de ser Ernesto Sábato? Sinceramente Tomas, usted no está hecho para ser quien debe ser. Ni para indignado.
- Sabía que sacaría el tema de los indignados, teniente Colombo.
- Es mi tesina. Pero me interesa más la epistemología que el mal arte de juntar letras para hacer de los escaparates de las librerías la antítesis de lo que escriben. Sí, me refiero al Stéphane Hessel y a todos sus cofrades como herejes de Intereconomía, políticos esnobs, ensayistas y periodistas que creen tener respuesta para todo -.Colombo suspira y se aparta de la estantería para dejarse caer de redondo sobre un sofá cercano al piano de Tomas Tranströmer.- Me sulfuro, ¿ve? Pero es que, durante estos días, todo el mundo hablará de que el 2011 fue el año de los indignados. Y sin embargo, nadie recuerda lo que pasa en la plaza Tahrir, en Damasco ni en Burkina Faso. Prefieren especular si al sur de El Hierro surge una octava isla o mandar tweets desde el espacio exterior, como hizo ese tal Mike Massimino. Imagínese, Tomas, 140 caracteres donde te dice: Desde órbita: El lanzamiento fue espectacular! Me siento genial, trabajando duro, disfrutando las magníficas vistas, la aventura de mi vida ha comenzado!
Y después ni el propio Mariano Rajoy sabe por qué lo eligieron presidente
-¿Se refiere al presidente de España?
- Si, España -responde Colombo con una sonrisa grapada en su rostro. Su desorbitada mirada destella cierta serenidad y deja caer su cuerpo hacia atrás -. Es un magnífico país. Allí fui más famoso que Pepe Carvalho y casi algo semejante a Bud Spencer. Hasta Pepe da Rosa me dedicó una canción: 

El pobre tiene cara de "aburrío"
y llega con colilla y "encogío".
Pregunta por el dueño de la casa,
y luego que le cuenta lo que pasa,
no queda "convencío".

 - Entonces, parafraseando estas sevillanas, ¿no queda convencido conmigo, teniente?
 - Porque sea sueco no le acuso de ser un monstruo surgido de las entrañas de Henning  Mankell
 - Me alivia saberlo.

 Colombo se muestra serio por primera vez, deja lindar su dedo entre los labios y se queda fijamente mirando al escritor. Súbitamente arquea las cejas, muestra una benigna sonrisa y prosigue con la conversación: 
Dígame viejo Tomas, ¿y qué le pareció el Goya de honor para Mario Camus?¿O que haya triunfado aquella pequeña joya de Agustí Villaronga, Pa negre?
- Sinceramente, Colombo, no entiendo mucho del cine español.
- Entiendo...Es una pena, Tomas -dice apenado-.  Pero para estos tiempos que corren , en el cual Alex de la Iglesia cree ver en Internet una salvación para el cine, al final siempre triunfa lo mejor y no algo semejante a un Hollywood made in Spain. Ya me entiende, ¿no?
- Creo que sí...
- ¿Y Nicanor Parra
- He leído algo de su antipoesía y celebro que haya ganado el Premio Cervantes.
Colombo asiente orgulloso. 
- Sin duda una necesidad que se dupliquen y tripliquen los poemas de un nonagenario canto, ¿verdad?
- Sin duda... ¿Alguna otra cosa más?

Es en ese mismo momento cuando, de pronto, se sobresaltan las ventanas y las cortinas tiemblan despavoridas hasta desgarrarse. Colombo, con cierta parsimonia se levanta, cierra las ventanas y comienza a rondar en torno a un Tomas Tranströmer cuyo rostro delata el horror de los muertos vivientes. Su mano paralizada comienza a temblar, los sudores glasean su blanquecino rostro y percibe los crudos pasos del teniente Colombo como un taladro infernal propinado por el mismísimo Belcebú. Pero Colombo aparenta ser el mismo detective que entretenía al teleespañolito de la década de los 70' y 80', pasando, en décadas anteriores, ha convertirse en un putrefacto refrito de la parrilla televisiva. Con su torcida mirada, el descuidado cabello que indica sus dudas, el gesto de llevarse la mano, con el puro entre los dedos, a la frente. Y ahora, ahora que el escritor ha formulado la pregunta que esperaba, Colombo incide en frotarse la sien con una mano  mientras esconde la otra en su gabardina. 

-Pues ahora que lo pregunta... -dice mascullando, dolorido .- Sí. Hay algo más, señor Transtörmer. Mire, a mi mujer le gusta la poesía pero no se aparta más allá de Gustavo Adolfo Béquer. Y yo, qué quiere que le diga, no entiendo mucho de poesía. Pero cuando llegué a su estancia estaba leyendo la biografía de Steve Jobs y anotó que prefería el sueño de dormir antes que el sueño de soñar. Claro, ambas ideas aparecen en sus poemas -dice espetando un minuto de silencio, frunciendo el ceño para continuar. Colombo aprovecha y abre su pequeño blog que extrae de su gabardina - .Dice aquí, y cito textualmente, que para usted irse a dormir es una gran fiesta y el despertar una gran desilusión.

Colombo asiente y tropieza breves rumiares roncos. 

-Claro, tiene méritos. Emplea buenas imágenes, cuida la sonoridad, el ritmo, rompe arquetipos pero...Esa soledad, ese apartarse del mundo fue lo que no comprendí hasta que hablé con usted. Y entonces -dice mientras eleva el teniente los brazos - fue cuando lo entendí todo. Usted fue quien dio la falsa pista a los narcotraficantes en Guatemala. El mismo que, ese mismo mes, dejó caer a la cantante Amy Winehouse en un oscuro abismo construido por la despiadada masa que engendra la fama. También el mismo que no exhibió un descontento frente al derroche y al discurso del Papa Ratzinger en Madrid, laureado por sus jóvenes fundamentalistas cristianos. Y, cómo no, el responsable que Mariano Rajoy obtuviera mayoría absoluta y que Fabra volviera a ganar, por enésimo año consecutivo, el Gordo de navidad.

Boquiabierto, el poeta intenta estructurar una frase que se niega a sonar desde sus cuerdas vocales: Pe...Pero...¡Usted se ha vuelto loco! ¿Cómo voy a ser el responsable de todos esos cometidos?

-Eso mismo me dije yo, Tranströmer -asiente Colombo - .Pero, ¿sabe? En una película del también desaparecido Sidney Lumet, quizás en 12 Hombres sin piedad o en Asesinato en el Orient Express, usted sería un miembro de ese tribunal o quizás uno de esos pasajeros que intentan despistar a Poirot. Pero a mí no me engaña, Tranströmer. No vine del más allá para hacerme amigo de su hermosa poesía, ni para ofrecerle un trato cual Mefistófeles.


Un silencio se apodera de la estancia. Ambos se miran fijamente mientras continúa desprendiéndose de las encogidas manos de Colombo el perfume de su mutilado puro. Tranströmer, a fin de cuentas, es consciente y admite su culpabilidad. Rompe a llorar, se encoge como un caracol. Compungido, derrotado como un canto de Cesària Évora, comprende el significado de Saudade. Saudade, una emoción, un llanto, la tristeza por la distancia hacia algo amado como podría ser este planeta enfermo. Un planeta que, por el 2011, seguía languideciendo, deshojándose, viviendo inserta en el capitalismo gore.
Una mano vuelve a accionar un botón. Los Cd's comienzan a rodar. Y de pronto surge la voz de la diva de los pies descalzos, de aquella mujer que fue apartada de la acera por no poseer zapatos cuando su Cabo Verde era colonia de portugueses. De la misma que por un cigarrillo, unos escudos o un sorbo de aguardiente, cantaba la tristeza de vivir esclava en la tristeza pero con un guiño a la esperanza.





2 comentarios:

Yaiza dijo...

Anoche leí tu relato y me dije: "léelo mañana que hoy estás cansada". Que una cansada no percibe las cosas igual. Ayer me pareció ingenioso. Hoy me parece además una genialidad.

Hoy me he enterado de algunas historias que no conocí y me he dado cuenta de que las historias son, como dijo una vez Alberto García-Alix, tu "cuarto de juguetes", las líneas entre las que encuentras la diversión y la realización personal (o al menos una de ellas).

Gracias por enseñárnoslas

Un abrazo y ¡que tengas una buenísima entrada de año!

Diebelz dijo...

De nada, Yaiza. Y no sé si podemos hablar de genialidad, pero sí al menos de un "cuarto de juguetes" que hilan realidad y ficción.

Un abrazo para tí también y un feliz año nuevo! ;)

 
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