Amour made in China

domingo, 1 de septiembre de 2013



En su primera cita
exhiben su mejor envoltorio,
no sudan ideas, solo impresiones.

Son perfiles de catálogo,
buscando en el otro un sonajero,
bestias en el safari de los sofás,
escuchando música de la MTV
y adormeciéndose en desayunos de HD
un futuro de bajo riesgo:

una casa,
unos niños,
vuelos con atrezzos de agencias de viaje.

Nunca fueron un ovillo semántico
cuyo eje versaba sobre el hipocampo,
la complejidad del mar,
la teoría de Herzenberger.

Sus filosofías eran un puñado de cánticos de valor
que leyeron en algún muro del Facebook
o que alguien retwitteó.
Quizás algún Best-seller, un panfleto.

Sorbían del positivismo de algún anuncio
de alguna bebida isotónica,
de alguna revista multicolor,
de algún masticar de palomitas
mientras veían una serie o una película
made in Hollywood
y cuyo director desconocen.

Eran la antítesis de Le Corbusier,
de la fotografía de Frank Cappa,
de los lienzos de Renoir,
de las humaredas degustadas por Albert Camus.

Se perfumaban en los rincones
y cronometraban sus cenas con velas.
Se besaban un paseo en algún lugar
mientras sorbían vientos antes de comenzar a escanciarse.

Ninguno de los dos leyó jamás a Hölderin
y desconocían las películas de Tarkovsky

Sus intervenciones políticas se limitaban en asomarse
sobre Cuba como atracción revolucionaria
y entender las crisis económicas calcando documentales para Dummies
o comentarios de otros terceros,
sin conocer a Wallerstein, ni a Hobsbawm, ni a Rudi Dutschke.


Nunca lloraron por amor con una canción de Kazim Koyünçu
ni desandaron sus pasos en soliloquio hacia los Mares del Sur.

Algún despertador los agitaría,
se retorcerían en una resistencia pasiva
a destiempo y siendo irremediable.
No sabían decir no a los horarios.

Se prometerían asaltos piratas
y ansias por ofrecer un tesoro nublado
pero tan solo quedarían restos del naufragio
y se lanzarían torpemente, como juguetes rotos,
al asfalto.

Seguirían frecuentando fiestas y reuniones,
alimentándose de la publicidad:
felicidad, felicidad, felicidad.

Se intercambiarían mentiras por Whatsapp,
se regalarían objetos bajo riesgo de hipotecar sus amores,
hablarían de la serie The Wire, de Salvados, de Juego de Tronos,
del Barça y del Madrid, de Paris y otras ofertas huídas,
de la sección periodística matutina,
de sus agendas,
de sus aficiones,
de un estreno, un concierto,
de sus amigos,
de ellos
de nada.


Quizás se fundarían forzados por tener como principio
los sueños institucionalizados y no ser Tombuctú.

Quizás se reencarnarían en Sísifo, lanzarían todo al océano
con lágrimas de plástico y chuletas bajo los sobacos
y volverían a empezar
a consumir los mismos amores made in China.


By W. 



2 comentarios:

JoZL dijo...

Más que interesante, siempre haciendonos pensar.

Diebelz dijo...

Bueno, esa es la dignidad de la escritura, hacer pensar. Celebro que te haya gustado y te haya suscitado -como a mí en su elaboración- esa reflexión que urge. ¿Ves? No todo lo que escribo es para cortarse las venas. ;) Un abrazo JoZL y gracias por tu comentario.

 
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