Los domingos de (des)consuelo

domingo, 23 de marzo de 2014



Aunque los diccionarios parecen estar predestinados a desbocarse en la extinción por el olvido de las frívolas palmas de las manos, a la par que son suplidos por sus álter egos on-line, no sería descabellado. Me refiero a introducir en el vetusto diccionario de sinónimos y antónimos el domingo como la homóloga palabra para desconsuelo. En el imaginario colectivo, influenciado por la propia estética del séptimo día de la semana como si fuera confeccionado por el mismo Yves Saunt Laurent, ese día diseñado por un Dios, un éter omnipresente que dictaminó vía Real Decreto como el día del sosiego, la melancolía, la pereza invocada por Paul Lafargue tan solo porque el fresco del Mundo lo dejó exhausto, se nos presenta como un remanso de calma desdichada a ser presa del desfallecimiento global. 


El alma del común mortal se desvela, empero, con una paradoja existencial. Invoca al fuego milenario en los fogones, perfuma la estancia y vierte el negruzco café en un azulado tazón, al más estilo francés. De soslayo advierte la presencia de su inseparable gato que observa con detenimiento cómo corta de la barra de pan, lo unta con mantequilla y delega sobre ella una loncha de queso Flor de Guía -anteriormente cercenado de un todo- para, finalmente, rematarlo con un glaseado de mermelada. Con esta caravana de sabores se presenta frente a las noticias que no vivió en su trance nocturno hacia el futuro, enciende la radio y mientras sus papilas gustativas y pupilas danzan desorientadas, en un instante asilvestrado, ausente de minuteros, de dictaduras horarias, el alma rebelde, el Robinson urbano, es consciente de reencarnar un personaje de Luigi Pirandello en su obra Así es (si así os parece)

Mais mon amour
Mon doux mon tendre mon merveilleux amour
De l'aube claire jusqu'à la fin du jour
Je t'aime encore tu sais je t'aime

Emite el transistor una frugal letra de Jacques Brel interpretada por Kaddour Hadadi, un cantante que inició su carrera musical como rapero, camuflado bajo las siglas HK. En Francia, su país natal, no requiere presentación alguna habiendo sido una de las voces fulgurantes de la gauche française, muy cercano a los movimiento sociales encabezados por organizaciones como ATTAC. Sus letras, el lirismo omnipresente, la voz edulcorada pero con embestidas de exigencia por el compromiso social y la justicia universal, tan ausente en nuestras latitudes vitales, resuenan desde la aparición de su proyecto HK et les saltimbanks y su álbum Citoyen du monde, aunque también por ser incluido en la banda sonora del último filme de Abdellatif Kechiche, La vie d'Adele. Ante el asombro del oyente clandestino, ahora ajeno a la lectura dominical y con las pupilas desorbitadas, buscando una razón de ser por oír la voz de Kaddour Hadadi en la radio, hurga, tantea, anhela una fuga del laberinto lógico. Advierte por el presentador que el cantante francés con raíces argelinas, ha publicado recientemente un nuevo album: HK et les Déserteurs. En él reúne los clásicos de la chanson française, temas cincelados por Jacques Brel, Boris Vian o Edith Piaf. Temas que forman parte de la memoria sentimental del cosmonauta errático, perdido. Temas como Padam, padam, La chanson des vieux amants, Les p'tits papiers, Vesoul, Sous le ciel de Paris o L'affiche rouge. La genialidad desborda las letras con el barniz de su voz pero también por condimentar estos temas con la realidad del siglo XXI, con aromas del châabi y otros ingredientes musicales del norte de África sin denostar la esencia, la vigencia atemporal de estas chansons. La aculturación como la presencia del melting-pot cultural ya aterrizó hace décadas en nuestra sociedad occidental pero es ahora cuando germinan, florecen y cobran belleza por no decir una continua urgencia en una Europa que no recuerda los pecados cometidos en el pasado. Kaddour Hadadi es la presteza musical, el faro ante el abismo, el trasluz que pende en los domingos de desconsuelo. 

Bien sûr tu pleures un peux moins tôt
Je me déchire un peu plus tard
Nous protégeons moins nos mystères
On laisse moins faire le hasard
On se méfie du fil de l'eau
Mais c'est toujours la tendre guerre

La poesía inunda la estancia. El Robinson urbano sorbe de su tazón del cual emergen hileras de candor; las pestañas se declinan ante ella. Se olvida entonces del laberinto, la prisión de la existencia que uno podría haber leído en el escenario de Luigi Pirandello, en algún tratado de Albert Camus. Es consciente. Es consciente el alma desvelada que hace esfuerzos por destruir esta jaula, por admitir, frente a la masa, que quizás los domingos no sean desconsuelo. Quizás el suspiro de Sísifo, ese instante de libertad plena, más cuando uno halla la voz de Kaddour Hadadi en el transistor, lejos, muy lejos de los mortales, en su isla de Robinson. 




2 comentarios:

i*- La que canta con Lobos dijo...

Naufragar entre música siempre es bueno. Conozco a un señor de 90 años que acompañó en una orquesta a Edith Piaf y él mismo le dijo a ella personalmente que tenía un cáracter muy agrio. Magnifico recorrido por un domingo lleno de música.

Diebelz dijo...


Vaya, no dejas de sorprenderme con la caja de casualidades y anécdotas que albergas. Y gracias por los cumplidos del naufragio dominical. ¡Un abrazo!

 
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