Siempre hay episodios cuyas dimensiones se pueden enmarcar en el misterio al cual, incluso acogido a la cautela escéptica, no se debe renunciar. ¿No es acaso inefablemente poético declarar que mis primeros vagidos los emitía a pocos metros del mar? ¿No alberga cierta belleza el hecho de haber retornado a vivir a esta arrinconada parte de la ciudad donde comencé a balbucear algo parecido a la palabra?
La dicha se me presenta al huir del ruido y la prisa. Ahora, muy temprano, al subir las persianas y notar los primeros rayos solares sobre mi tez, me comprendo en un vivir siendo, como diría algún filósofo. Me agrada entonces avistar los perezosos brontosaurios -que son las grúas portuarias- desde mi dormitorio, percibir el rocío, la humedad del mar, el cielo exhibiendo sus tonalidades violáceas y doradas, graduadas y todavía sin precisarse. Al otro extremo de mi diminuta guarida se filtra por la acristalada puerta del balcón chorros de luz ámbar que doran la estanterías de libros. Hay una atención que parte desde una actitud contemplativa que me brinda un goce sosegado. Salgo sin prisas -con el móvil sin datos y en silencio- a rodar y me detengo en observar a los mirlos, los rosales y telarañas tendidas entre las copas de los árboles todavía suspendidas en el claroscuro matutino. En el parque, que ya acoge a los primeros deportistas y jardineros, al empleado que disemina las apiladas sillas y mesas de su local, ruedo percibiendo el aroma del tiempo hasta detenerme en lo alto de un puente para contemplar el amanecer menos aturdido y cada vez más consistente. Y es justamente aquí donde se percibe mejor que no hay un día que se parezca al anterior o al que está por venir. Porque todo amanecer dista del otro. Los hay con un sol todavía oculto bajo un manto de nubes grises, otros donde una luz cae en diagonal entre oscuros nubarrones; los hay donde el astro rey impera con júbilo sobre una intemperie pulcra, a veces diáfana. Hay días lluviosos, claro, y fríos como algunos que anuncian altas temperaturas a partir de cierta hora del día todavía por arribar. Pero sea como fuere, continúo con mi recorrido y la felicidad de rodar por la dársena del puerto, avistar siempre embarcaciones diferentes, asombrosas, infladas de aventuras. A veces los tripulantes, igual de madrugadores, me saludan desde la cubierta mientras pasan la fregona o están inspeccionando algún desperfecto. Gente que ha cruzado los siete mares, los cuatro hemisferios, el espacio y el tiempo. Desfilo entre los norayes, veo la perezosa flotilla japonesa de pesca y me siento en una frontera desdibujada, entre la partida y la llegada, el mito palpable, la inquietud latente de la existencia.
Es curioso pero no preciso de más. Dadme un puerto, barcos que vienen y van, un amanecer por escrutar sin preguntas. Y de fondo, alguien que fui sin más referencias que una geografía desdibujada pero reconocible, con seres amados convertidos en sombras que me evoque alguna cándida canción bajo mis cascos cosmonáuticos. Al final, es vivirse es un universo fragmentado y consciente, acoplarse a la fugacidad, al evanescente batir de las débiles olas y reafirmar nuestra desnuda existencia siendo. Todo, todavía, es una posibilidad. Como el puerto de mis mañanas.
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