#58 Rubén Blades & Willie Colón - Pablo Pueblo (1978)
Llega al patioPensativo y cabizbajoCon su silencio de pobreCon los gritos por abajoLa ropa allá en los balconesEl viento la va secandoEscucha un trueno en el cieloTiempo de lluvia avisandoEntra al cuartoY se queda mirandoA su mujer y a los niñosY se pregunta: "¿hasta cuándo?”Toma su sueños raídosLos parcha con esperanzasHace del hambre una almohadaY se acuesta triste de alma
- Rubén Blades, en Pablo Pueblo, 1978
Ante los ásperos berridos que subían en espiral desde la calle, la brisa alborotada que, afilada, descuartiza periódicos que nadie lee, alguien enciende su tocadiscos. Así, casi como si de un ritual se tratara, evoca a los espíritus del pasado que, con sus timbales y refulgentes trompetas, silencian el ruido del hueco disparate contemporáneo. Nota la vibración, afloja los músculos, balancea sus hombros mientras prepara un arroz del bien duro y revuelve en la oscura consistencia de unos frijoles en su punto.
Había canciones desoladoras, de derrotados cuyos pasos conocía al pasear por las calles de su barrio. Pero que sin embargo no sabían a ceniza, a sepultura. Al moverse percibe la vida y la dignidad olvidada, la poesía y la literatura delegadas a la diáfana verdad, sin trampantojos o trucos baratos. Se baila y no se sabe si bailar o no. O bailar sin moverse, con la mandíbula apretada, el dolor en sus entrañas al sentir a un Pablo Pueblo junto al tocadiscos, abatido, con las cuencas de sus ojos ensombrecidas por el olvido. Pero también se sabía que existía la posibilidad nunca preconcebida de un baile insurgente, rebelde. Un sonido que al apagarse le incitaba a uno a revolverse y abrazar el deseo de proclamar la resolución ante la demanda de nuestros fantasmas: ¡Carajo, Pablo! ¡Donde come uno, comen cuatro!
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