El fin del verano
Solía traer el fin de los días caniculares una dulce letanía dispuesta a ser pronunciada por los niños que portaban bajo sus sobacos los cuadernos de verano inconclusos y cuyas páginas perfumadas de salitre o matices terrosos revelaban los lugares habitados. Y también entonces la publicidad propia de la sociedad opulenta anunciaba las fronteras de los mundos opuestos, el inicio con su fin. Bajo el lema «La vuelta al cole» , toda la población advertía los preceptos que debía acatar: la vuelta al despotismo de las agujas de los relojes, los menús de capa y espada, el rebullir de propósitos, la orden y su sinfonía de semáforos. Pero por suerte eso ya no me afecta tanto. Ni a mi gato que ahora yace estirado frente a mí, sobre el escritorio. Sin embargo, para ambos también el verano parece anunciar su fin. Tal y como acontecía en mi niñez, también conservo ahora un cuaderno de verano incompleto, con hojas desnudas donde podría haberlas rellenado escribiendo ...



