La Siesta
Durante las horas más intempestivas de los días caniculares, cuando el sol se sitúa en su punto más álgido y raja las piedras, los he visto desfilar. Legiones de temerarios que portan sus sombrillas como fusiles, la gorra ocultando sus rostros. El chancleteo resuena al unísono sobre la acera mientras en el horizonte riela el aire abrasador. Marchan seducidos por la promesa del bronceado perfecto, la exhibición de sus cuerpos, el goce inane, brusco, banal. Pero por fortuna -o sin ella- también los hay quienes se encuentran en franca retirada, abandonando la arena, las plazas y las calles para volver a sus hogares. Una educación sentimental, curtida además por el avezado transcurrir de los años, señala que es hora del almuerzo y su posterior rato de reposo y descanso. Pero dejando al margen la requerida necesidad humana de alimentarse, el verdadero goce durante el verano -acaso más intenso que en otras épocas del año- consiste en...

