El puerto de mis mañanas
Siempre hay episodios cuyas dimensiones se pueden enmarcar en el misterio al cual, incluso acogido a la cautela escéptica, no se debe renunciar. ¿No es acaso inefablemente poético declarar que mis primeros vagidos los emitía a pocos metros del mar? ¿No alberga cierta belleza el hecho de haber retornado a vivir a esta arrinconada parte de la ciudad donde comencé a balbucear algo parecido a la palabra? La dicha se me presenta al huir del ruido y la prisa. Ahora, muy temprano, al subir las persianas y notar los primeros rayos solares sobre mi tez, me comprendo en un vivir siendo , como diría algún filósofo. Me agrada entonces avistar los perezosos brontosaurios -que son las grúas portuarias- desde mi dormitorio, percibir el rocío, la humedad del mar, el cielo exhibiendo sus tonalidades violáceas y doradas, graduadas y todavía sin precisarse. Al otro extremo de mi diminuta guarida se filtra por la acristalada puerta del balcón chorros de ...




