Delegar al corazón (Sant Jordi, 2014)

martes, 22 de abril de 2014



Aunque ajeno a los pronósticos meteorológicos de los actos institucionales y a los semáforos de las listas -ese trending topic del asfalto- que nos zambulle cualquier fuelle periodístico, me pudo aquella intempestiva tatuada: delegar al corazón. Así que les delego, con ese altruismo fonético como propio de estar siempre anclado como espécimen en vías de extinción,  algunas lecturas en un día donde aunque nadie regale una rosa ni un libro, tiene una musicalidad sentimental al andar. Y no olviden: es posible censurar conductas panópticas respaldadas por el rictus unánime de bípedos maniquíes; cometer un crimen de la humanidad apagando el móvil condecorado por el whatsapp o bien asestarle un golpe de estado a la comitiva que desfila en el televisor. Siempre hay tiempo para leer. 


Sergi Pámies - Canciones de amor y de lluvia. El periodista como escritor Sergi Pámies nos brinda 26 relatos breves concebidos como una radiografía adheridas al asfalto pero bien aderezadas con la ficción. Huelga decir que este compendio de relatos -traducidos por él mismo del catalán- posee como basamento sus propias vivencias, cincelando la figura de seres queridos como su madre, la también escritor Teresa Pámies, fallecida hace 2 años. Percibe el lector un aroma de melancolía aunque si algo hay que destacar no son los temas en sí -tan diversas como señales de tráfico-, sino su cuidadoso estilo narrativo y esa pizca kafkiana como cortazariana que el astuto lector puede hallar en lo absurdo como risorio que esconden algunos de sus relatos. 



Rafael Chirbes - Pecados originales: La buena letra & Los disparos del cazador. El célebre autor de obras tan deslumbrantes como son "Crematorio" o "En la orilla", presenta bajo el título de Pecados originales una barricada contra la desmemoria. Reúne en él dos novelas -La buena letra (1992) y Los disparos del cazador (1994)- que configuran una lectura obligatoria para reafirmar que la codicia y el desagüe de ciertos valores sigue vigente en nuestros días. Con una prosa encomiable donde retumba la musicalidad, Chirbes nos presenta un ambiente de posguerra crudo, un regurgitar de la memoria para entender cómo hemos llegado a habitar estas cloacas de la modernidad. Altamente recomendable. 



Petros Márkaris - Pan, educación, libertad. Año 2014. Grecia suspende pagos, abandona el euro y las calles de Atenas son una olla de presión. Ante dicho revuelo le surge al enigmático comisario Kostas Jaritos un muerto. Se trata de un empresario de la construcción que tiene en su móvil el lema estudiantil Pan, educación, libertad, una proclama neonata de los años más grises de la historia griega. El célebre escritor griego y a la par uno de los máximos representantes de la novela negra mediterránea  nos presenta en la última entrega de la Trilogía de la crisis un panorama nada descabellado. Como es propio en el autor, Márkaris es pura tensión, gran arquitecto de la trama y un retratista como pocos de la sociedad en la cual habitamos. Lo reconozco, llevo años leyendo a Márkaris y no me canso. Es un vicio, como el tabaco. 


Julio Cortázar - Historias de Cronopios y de famas. Sirva como atenuante una celebración institucional pero de la cual me considero devoto: se celebra el centenario de un genio, de Julio Cortázar. No es descabellado, lo hago constantemente: releer. Hace años leí esta como otras muchas obras de Julio Cortázar pero si debo delegarte al corazón una recomendación sería ésta: empieza por leer un clásico: Historias de Cronopios y de famas. Este compendio de cuentos y micrrorelatos surgidos allá, por 1962 exhibe como ninguna otra obra el mundo cortazariano. Obras tan memorables como Instrucciones para llorar, El aplastamiento de las gotas, Conducta en los velorios, Qué tal, López, Cuento sin moraleja y un sin fin de otros cuentos en los cuales surgen también esos entrañables seres que son los cronopios y las famas son la quintaesencia del universo literario del autor de Rayuela. Es puro lirismo donde hilvana humor y crudeza a la par y donde lo fantástico surge de la propia realidad, denunciando con ternura ritos cotidianos como impúdicos. 

Paula Bonet - Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End. La ilustración anda en boga y a sazón de ello los escaparates relumbran artistas como Gabriel Moreno, Ricardo Cavolo o Paula Bonet. Esta última artista valenciana ha publicado recientemente Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, un compendio de 40 relatos breves que aunque en apariencia se perfilan como historias individuales, anda hiladas entre sí. Destaca pero ante todo las ilustraciones de la autora, envueltos en tonos azules y verdes que envuelven al lector junto con la lectura en un ambiente nostálgico, levitando en la brecha del espacio-tiempo. Los rostros de sus personajes cuentan esas rupturas, los abrazos rotos que surgen de pronto, sin previo parte de meteorológico en toda relación humana. Sin duda, la obra de Paula Bonet es poesía a flor de piel. 

Leopoldo María Panero - Poesía Completa ó Poemas del manicomio de Mondragón. La ciudad en la cual habito anda mucho más huérfana sin los paseos de uno de los grandes referentes de la Generación de los Novísimos, en particular, y de la poesía contemporánea española en general. Se echa de menos al Peter Punk de nuestro manicomio, con su roja mochila repleta de poemas de Mallarmé, Baudelaire u obras de Max Stirner. Leopoldo María Panero quizás no sea apto para todo el público pero sí para aquellos que valoran la lucidez de un poeta maldito, la brillante como pura prosa expuesta a corazón de abierto. Ahora ya no sirven Coca-Cola ni se permite fumar en los locales que frecuentaba el poeta. Al final tendrá razón: ¿Quién está loco? 

La nostálgica lectura

domingo, 20 de abril de 2014


-Sigue en su pesimismo biológico.
-Pesimismo histórico. No podemos hacer nada para frenar las destrucciones. Recuerda el viaje que hemos hecho y no sólo por Argentina, donde hemos ido del pingüino al glaciar como dos especies protegidas. No, siquiera el hombre ha accedido a la condición de especie protegida, especialmente si nace en Afganistán, en Etiopía o en Iraq, quién sabe, mañana. Si alguna vez volvemos a lo que hemos llamado normalidad para impedirnos la angustia, ¿cómo vamos a contemplar la lógica de los tiempos y las cosas? Hemos hilvanado casi las mismas desgracias que un viajero romántico del siglo XIX, pero nosotros lo hemos hecho en avión, y tú te pasas el día telefoneando, no sé a quién ni para qué. Sobre todo el para qué me parece enigmático. Que alguien se plantee todavía el para qué es asombroso o religioso. Y ante estos glaciares comprendo la afirmación de Paganel cuando se proclamó ateo pero creyente en la geofilia, una creencia emocional, tierna, como la que sienten por su madre casi todos los hijos de viuda. 

Diálogo entre Biscuter y Pepe Carvalho en Milenio - Volumen II. En las antípodas, obra de Manuel Vázquez Montalbán (2004). 


Con la última frase fresca bajo sus pupilas, dóciles en la contemplación de las latitudes provistas en el andamio de su cardiograma, emite un suspiro que coincide en la partitura de la casualidad con un domingo de resurrección donde las calles son el simulacro incondicional del festejo mórbido, por no decir simplemente lúgubre. El lector, cuya mirada ya es terreno anegadizo, símil de unas torres gemelas en estado puro ante su derrumbe inequívoco, cierra el libro y contempla la desolada estancia. Un gato duerme sobre su selecto sofá, los libros inundan las estanterías, los cuadros siguen encendidos, petrificados en el tiempo, como el sórdido silencio. Percibe la desnudez de su existencia como daño colateral de la lectura que en pocas ocasiones históricas es capaz de acometer, aunque ahí están los clásicos, la vigencia atemporal de libros que todavía no han sido carcomidos por la ansiada hoguera. 

Con Milenio, obra publicada póstumamente tras la desaparición de Manuel Vázquez-Montalbán, autor que en este recóndito rincón interplanetario no merece la pena reseñar por el ya asumido como consumido conocimiento sobre su figura y obra, se daba alcance al fin de tan entrañables figuras como son Josep Plegamans Betriu (Biscuter) y José Carvalho Tourón (Pepe Carvalho). Ambos fueron los principales protagonistas en la saga detectivesca producida por Manuel Vázquez-Montalbán que dejó huella en la literatura española como universal, por no decir en el género de la novela negra donde a día de hoy retumban sus ecos en las obras de Donna Leon, Petros Márkaris, Andreu Martín o Andrea Callimeri. 

Recuerda el lector que ahora suscribe este pedazo de escrito -mientras suena esa pieza de Antonio Machín, Amar y vivir en su Spotify y como alarde de la nostalgia atrincherada en su pecho- los días en los cuales observaba frente a los escaparates la obra póstuma de Manolo, inalcanzable por el ridículo estado presupuestario que convenía a un humilde estudiante de la facultad de Historia. Ahora, diez años después, fue la casualidad quien hiló el visado por conducto hacia esta obra de más de 800 páginas y que devoró en pocos días. En un local de libros de segunda mano hurgó y halló dicha última aventura de Biscuter y Pepe Carvalho, enigmática como trepidante y que supuso también descorchar la memoria sentimental del lector. 

Se retorna al año del 2002, año de ingenua militancia pero inflada de ilusión, de curiosidad y vitalidad transportada en una bicicleta que no esperaba a su conductor. Un año que presagiaba, en plena aznaridad, una guerra imperial en Iraq y que haría tambalear los fustes de la geofísica, lubricante de la crisis neonata de nuestros días. Es ahí donde Biscuter y Pepe Carvalho emprenden un viaje por el mundo, una última ronda por sus recuerdos en cada nuevo rincón del mundo donde tendrán que codearse con personajes extraídos de novelas de Julio Verne o del mundo (ir)real. 

Milenio es reencontrarse con el paladar, con la reflexión perpetua del mundo cambiante, con los retos que heredarán otros con nuestra ausencia impuesta mediante Boletín Oficial del Estado Natural. Es abrazarse al puntual humor montalbaniano y su exquisita como punzante narrativa, navegar por la memoria -individual como colectiva- que esconde cada nuevo rincón del accidentado viajero que huye del coyuntural índice de audiencia que impera en la rutina. Recorrer el mundo para, finalmente, hallarse otra vez en el punto de partida y advertir que uno solamente puede suspirar, fumar aquella canción de Antonio Machín

Por qué no han de saber
que te amo, vida mía,
por qué no he de decirlo,
si fundes tu alma con el alma mía.

Qué importa si después,
me ven llorando un día,
si acaso me preguntan diré
que te quiero mucho todavía.

Se vive solamente una vez,
hay que aprender a querer y a vivir,
hay que saber que la vida se aleja
y nos deja llorando quimeras.
No quiero arrepentirme después
de lo que pudo haber sido y no fué,
quiero gozar esta vida teniéndote cerca
de mi hasta que muera.


Envueltos en ecos lejanos, el piar de las golondrinas del atardecer y el inmutable silencio. Delega el abatido náufrago, el lector de su nostalgia e inmerso en el preludio de los días venideros, los dos tomos cerca del teléfono. Esperando una llamada que no llegará, de la lectura y el escriba tamizados en el tiempo.

Reminiscencias de un lector caído en luto

viernes, 18 de abril de 2014


De amar mucho tienes la palabra que persuade, la mirada que vende y que turba...

Dulce María Loynaz, en Poemas sin nombre (1953). En su Poesía completa, La Habana, 1993.


El furtivo lector, etiquetado a la par en el más consagrado anonimato, abriga siempre una dualidad poslectora. Por una parte rememora el instante, el proceso en sí, y por otra la comprensión conclusa de la obra consumida. Por ende, es capaz de advertir en una rauda mirada ante los apilados libros de su biblioteca no solamente el contenido de cada uno de ellos, quizás una síntesis del estilo literario del autor, un post-it epistemológico sui generis, sino también un informe geofísico de la lectura. 

Así rememoro un caluroso verano en el cual devoré en pocos días Cien años de soledad. Lo leía durante el desayuno, en la playa, en los bancos de las plazas abanicándose en una ciudad huérfana pero  deslumbrante. Crónica de una muerte anunciada debe todavía contener hoy trazas de salitre y una alta dosis de partículas de arena en sus costados. El coronel no tiene quien lo escriba seguirá padeciendo un contagioso insomnio como la de su lector y Memoria de mis putas tristes como Amor en tiempos de cólera, perfumadas por el aroma del café que se adherían en cada rincón de la ciudad donde se dejaban doblegar junto al lector. Ahora, todas estas obras yacen vaporosas y algo adormiladas en las estanterías de la casa de mi padre. Pero sus mundos, sus lecturas, perviven en el pastiche de mi memoria. 

Gabriel García Márquez solía escribir descalzo, sosteniendo la pesadez de su caldo cultural, de la existencia, con una mano mientras la otra se adentraba en los mundos soñados. Macondo era un lugar (in)existente, el eje vertebral de su obra y más allá de la reivindicación de una identidad cultural como histórica de un continente como era y es Latinoamérica, fue también una referencia global por los patrones universales ahí presentes. Cien años de soledad ahondaba en una historia concreta que era, a la par, del común de los mortales. Una metanovela, con voz coral, donde sin salir de Macondo conocíamos un universo inconcluso, mágico, tan irreal como real. Era, sin duda, desde la primera frase tan contundente hasta ese final tan desgarrador una novela que dejó cicatriz y nostalgia bajo los poros del lector que suscribe este cachito de reminiscencias. 


Gabo era el núcleo del conocido boom latinoamericano, lanza plateada cuya punta destellaba el hasta ahora desconocido realismo mágico tan bien representado por Juan Rulfo y su célebre Pedro Párramo o por el cubano Alejo Carpentier que descorchó como pocos lo real maravilloso con esa genial obra conocida como El reino de este mundo. Gabo había bebido de ahí pero su estilo literario era pulcro, ligero y, sobre todo, tierno. Gracias a él se pudo conocer a otros escritores latinoamericanos que se incluyeron en el boom, tales como Mario Vargas Llosa con su obra La ciudad y los perros o la figura como obra de Julio Cortázar al cual Gabo le tenía una profunda admiración y envidia (siempre sana). Complacido quedó además el mundo al ver en Gabo también la concerniente voz de la izquierda latinoamericana, cofrade, abrazo compartido con revoluciones como la emprendida en Sierra Maestra. Fue por ello -o por otros asuntos más personales, dicen- que hasta saltaron puñetazos entre Gabo y Mario Vargas Llosa, dos antagónicos dentro del hemisferio ideológico. 

Ahora se conflagran en los diarios, en las redes sociales el recuerdo obligatorio, se le ensalza como tótem. Las librerías se inflarán de todas sus obras ya conocidas y hasta se publicará una obra inédita, bien guardada en una gabeta de su casa de Ciudad de México. Difícil lidiar con la lengua imperial de lo políticamente correcto y el sentiero que siente un lector caído en luto, cuya voz se apaga en ecos de pupilas que no lloraron con sus obras en soledad. 

Yo tb tq (Dani Montes, 2014)

miércoles, 16 de abril de 2014




Los mundos sutiles (Eduardo Chapero-Jackson, 2012)

domingo, 6 de abril de 2014




Remembranzas

martes, 25 de marzo de 2014


Estoy convencido de que Aristóteles asignaría, según su célebre y cimentada poética,  a mis argumentos de la trama vital como acciones simples, es decir, donde se produce un vórtice, un acontecimiento de fortuna sin pericia ni reconocimiento. Charles Bukowski seguramente lo definiría, ecuánime a su lirismo económico, como un asunto propio del interés del éxito. Quizás todas las amantes no buscaban amor, sino éxito. Pensarían que quizás sería un Seat 600 y que ellas siempre buscaban un Mercedes Benz. Y no me atrevo a atisbar qué traducción vislumbraría el poeta Leopoldo María Panero en mis derrotas napoleónicas, en mi frontera mancillada por el desamor, un Somme rellenado de lágrimas, una escultura de Pericles hecha añicos por el devenir histórico del tiempo.

La imagen que todo peatón atropellado quisiera guardar, con un salvoconducto de dignidad, es la de un Humphrey Bogart suplicando con plausibles excusas que Ingmar Bergman se subiera a ese avión con Víctor Lazlo en su huída de una ciudad tan olvidada como es Casablanca. Pero esa heroicidad simulada es tan solo un atrezzo bucólico ante el insomnio que pueda padecer cualquier anónimo viandante de la ciudad sin nombre. 

Que los husos horarios, pletóricos de felicidad, se caducaron hace tiempo atrás es una obviedad como el ataque de revelación que padeció Darwin al hallar el evolucionismo tras su pluma. Pero uno cruza el umbral de su guarida con la asumida figura de San Sebastián asaeteado por la ignominia germinada en la boca de sus compañeros de trabajo, por el doliente asfalto monótono en los crucigramas de la semana, por la soledad que le abriga a altas horas de la noche. Delega el cansancio sus llaves sobre el cuenco de la espera y tiene por cena cigarrillos y cervezas, licor que parecen honrar a la deidad que lo crucificó en el ensayo de la estupidez cincelada por un tal Marina. ¿Qué sentido tiene este sinsentido? Brotan milenarias preguntas sin salas de esperas, sin lecturas que respondan. Tan solo el eco. Tan solo la jocosa, risueña dolencia advierte la rendición: zapatero, vuelve a tus zapatos. Volver como los otros, los otros que se parten el alma rellenando huchas de sueños tanteables, contables. Otros que aspiran e inspiran excusas en libros de autoayuda, en un cuento de Pablo Coelho, Jorge Bucay, en ritos budistas, sociables y venerables, constatables en las redes sociales; en la rectitud enmarcada por señales de seguridad vial. Y no quiero ser otro, ser un objeto de rebaja, el incorrecto correcto de los diarios matutinos, el pase de prime-time que todos anhelan por etiquetar, halagar con 35 "me gusta". No quiero ser esa foto que en el futuro se calcinará en una verdad pincelada al gusto del espectador. 

A todo esto doy rienda suelta en la remembranza casual. Se desoye a las horas, se escribe y un gato me tira los cuadernos, los torreones de papeles al suelo. No cabe fuga para la mirada de Alcatraz. Uno se ancla en las letras, en los poemas troquelados en su buen día a alguien que amó. Brotan al instante los instantes padecidos porque los momentos no se viven si no se recuerdan; únicamente lastiman si surgen de la oscuridad del olvido. He aquí que, bombardeado cual Hiroshima, queda el desconsuelo para hundirse más en la herida, reencarnando la sangre de una Idea Vilariño o Alejandra Pizarnik. Qué paradoja lamer con la lectura hebras del pasado y confirmar que uno vivió cuando no se siente vivo. "Ojalá pasaran cosas", suspira la congoja sorbo tras sorbo, como recordando aquella canción de Rafa Pons. Pero nada pasa y queda sobre el regazo el alivio en cuanto que, en cuestiones de amor, uno al menos siempre ha sido Humphrey Bogart. Que pese a que fueron ellas el sutil lastimo -en honor a Ingmar Bergman-, nunca pensó en el odio ni la venganza, sino en su propia cojera. Que alguna vez, cual un Corto Maltés, mantuvo la frente alta pese a las lágrimas. Que cantó aquello de sálvate tú




Howl




Poem by Allen Ginsberg.
 
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