Reminiscencias de un lector caído en luto

viernes, 18 de abril de 2014


De amar mucho tienes la palabra que persuade, la mirada que vende y que turba...

Dulce María Loynaz, en Poemas sin nombre (1953). En su Poesía completa, La Habana, 1993.


El furtivo lector, etiquetado a la par en el más consagrado anonimato, abriga siempre una dualidad poslectora. Por una parte rememora el instante, el proceso en sí, y por otra la comprensión conclusa de la obra consumida. Por ende, es capaz de advertir en una rauda mirada ante los apilados libros de su biblioteca no solamente el contenido de cada uno de ellos, quizás una síntesis del estilo literario del autor, un post-it epistemológico sui generis, sino también un informe geofísico de la lectura. 

Así rememoro un caluroso verano en el cual devoré en pocos días Cien años de soledad. Lo leía durante el desayuno, en la playa, en los bancos de las plazas abanicándose en una ciudad huérfana pero  deslumbrante. Crónica de una muerte anunciada debe todavía contener hoy trazas de salitre y una alta dosis de partículas de arena en sus costados. El coronel no tiene quien lo escriba seguirá padeciendo un contagioso insomnio como la de su lector y Memoria de mis putas tristes como Amor en tiempos de cólera, perfumadas por el aroma del café que se adherían en cada rincón de la ciudad donde se dejaban doblegar junto al lector. Ahora, todas estas obras yacen vaporosas y algo adormiladas en las estanterías de la casa de mi padre. Pero sus mundos, sus lecturas, perviven en el pastiche de mi memoria. 

Gabriel García Márquez solía escribir descalzo, sosteniendo la pesadez de su caldo cultural, de la existencia, con una mano mientras la otra se adentraba en los mundos soñados. Macondo era un lugar (in)existente, el eje vertebral de su obra y más allá de la reivindicación de una identidad cultural como histórica de un continente como era y es Latinoamérica, fue también una referencia global por los patrones universales ahí presentes. Cien años de soledad ahondaba en una historia concreta que era, a la par, del común de los mortales. Una metanovela, con voz coral, donde sin salir de Macondo conocíamos un universo inconcluso, mágico, tan irreal como real. Era, sin duda, desde la primera frase tan contundente hasta ese final tan desgarrador una novela que dejó cicatriz y nostalgia bajo los poros del lector que suscribe este cachito de reminiscencias. 


Gabo era el núcleo del conocido boom latinoamericano, lanza plateada cuya punta destellaba el hasta ahora desconocido realismo mágico tan bien representado por Juan Rulfo y su célebre Pedro Párramo o por el cubano Alejo Carpentier que descorchó como pocos lo real maravilloso con esa genial obra conocida como El reino de este mundo. Gabo había bebido de ahí pero su estilo literario era pulcro, ligero y, sobre todo, tierno. Gracias a él se pudo conocer a otros escritores latinoamericanos que se incluyeron en el boom, tales como Mario Vargas Llosa con su obra La ciudad y los perros o la figura como obra de Julio Cortázar al cual Gabo le tenía una profunda admiración y envidia (siempre sana). Complacido quedó además el mundo al ver en Gabo también la concerniente voz de la izquierda latinoamericana, cofrade, abrazo compartido con revoluciones como la emprendida en Sierra Maestra. Fue por ello -o por otros asuntos más personales, dicen- que hasta saltaron puñetazos entre Gabo y Mario Vargas Llosa, dos antagónicos dentro del hemisferio ideológico. 

Ahora se conflagran en los diarios, en las redes sociales el recuerdo obligatorio, se le ensalza como tótem. Las librerías se inflarán de todas sus obras ya conocidas y hasta se publicará una obra inédita, bien guardada en una gabeta de su casa de Ciudad de México. Difícil lidiar con la lengua imperial de lo políticamente correcto y el sentiero que siente un lector caído en luto, cuya voz se apaga en ecos de pupilas que no lloraron con sus obras en soledad. 

Yo tb tq (Dani Montes, 2014)

miércoles, 16 de abril de 2014




Los mundos sutiles (Eduardo Chapero-Jackson, 2012)

domingo, 6 de abril de 2014




Remembranzas

martes, 25 de marzo de 2014


Estoy convencido de que Aristóteles asignaría, según su célebre y cimentada poética,  a mis argumentos de la trama vital como acciones simples, es decir, donde se produce un vórtice, un acontecimiento de fortuna sin pericia ni reconocimiento. Charles Bukowski seguramente lo definiría, ecuánime a su lirismo económico, como un asunto propio del interés del éxito. Quizás todas las amantes no buscaban amor, sino éxito. Pensarían que quizás sería un Seat 600 y que ellas siempre buscaban un Mercedes Benz. Y no me atrevo a atisbar qué traducción vislumbraría el poeta Leopoldo María Panero en mis derrotas napoleónicas, en mi frontera mancillada por el desamor, un Somme rellenado de lágrimas, una escultura de Pericles hecha añicos por el devenir histórico del tiempo.

La imagen que todo peatón atropellado quisiera guardar, con un salvoconducto de dignidad, es la de un Humphrey Bogart suplicando con plausibles excusas que Ingmar Bergman se subiera a ese avión con Víctor Lazlo en su huída de una ciudad tan olvidada como es Casablanca. Pero esa heroicidad simulada es tan solo un atrezzo bucólico ante el insomnio que pueda padecer cualquier anónimo viandante de la ciudad sin nombre. 

Que los husos horarios, pletóricos de felicidad, se caducaron hace tiempo atrás es una obviedad como el ataque de revelación que padeció Darwin al hallar el evolucionismo tras su pluma. Pero uno cruza el umbral de su guarida con la asumida figura de San Sebastián asaeteado por la ignominia germinada en la boca de sus compañeros de trabajo, por el doliente asfalto monótono en los crucigramas de la semana, por la soledad que le abriga a altas horas de la noche. Delega el cansancio sus llaves sobre el cuenco de la espera y tiene por cena cigarrillos y cervezas, licor que parecen honrar a la deidad que lo crucificó en el ensayo de la estupidez cincelada por un tal Marina. ¿Qué sentido tiene este sinsentido? Brotan milenarias preguntas sin salas de esperas, sin lecturas que respondan. Tan solo el eco. Tan solo la jocosa, risueña dolencia advierte la rendición: zapatero, vuelve a tus zapatos. Volver como los otros, los otros que se parten el alma rellenando huchas de sueños tanteables, contables. Otros que aspiran e inspiran excusas en libros de autoayuda, en un cuento de Pablo Coelho, Jorge Bucay, en ritos budistas, sociables y venerables, constatables en las redes sociales; en la rectitud enmarcada por señales de seguridad vial. Y no quiero ser otro, ser un objeto de rebaja, el incorrecto correcto de los diarios matutinos, el pase de prime-time que todos anhelan por etiquetar, halagar con 35 "me gusta". No quiero ser esa foto que en el futuro se calcinará en una verdad pincelada al gusto del espectador. 

A todo esto doy rienda suelta en la remembranza casual. Se desoye a las horas, se escribe y un gato me tira los cuadernos, los torreones de papeles al suelo. No cabe fuga para la mirada de Alcatraz. Uno se ancla en las letras, en los poemas troquelados en su buen día a alguien que amó. Brotan al instante los instantes padecidos porque los momentos no se viven si no se recuerdan; únicamente lastiman si surgen de la oscuridad del olvido. He aquí que, bombardeado cual Hiroshima, queda el desconsuelo para hundirse más en la herida, reencarnando la sangre de una Idea Vilariño o Alejandra Pizarnik. Qué paradoja lamer con la lectura hebras del pasado y confirmar que uno vivió cuando no se siente vivo. "Ojalá pasaran cosas", suspira la congoja sorbo tras sorbo, como recordando aquella canción de Rafa Pons. Pero nada pasa y queda sobre el regazo el alivio en cuanto que, en cuestiones de amor, uno al menos siempre ha sido Humphrey Bogart. Que pese a que fueron ellas el sutil lastimo -en honor a Ingmar Bergman-, nunca pensó en el odio ni la venganza, sino en su propia cojera. Que alguna vez, cual un Corto Maltés, mantuvo la frente alta pese a las lágrimas. Que cantó aquello de sálvate tú




Howl




Poem by Allen Ginsberg.

Los domingos de (des)consuelo

domingo, 23 de marzo de 2014



Aunque los diccionarios parecen estar predestinados a desbocarse en la extinción por el olvido de las frívolas palmas de las manos, a la par que son suplidos por sus álter egos on-line, no sería descabellado. Me refiero a introducir en el vetusto diccionario de sinónimos y antónimos el domingo como la homóloga palabra para desconsuelo. En el imaginario colectivo, influenciado por la propia estética del séptimo día de la semana como si fuera confeccionado por el mismo Yves Saunt Laurent, ese día diseñado por un Dios, un éter omnipresente que dictaminó vía Real Decreto como el día del sosiego, la melancolía, la pereza invocada por Paul Lafargue tan solo porque el fresco del Mundo lo dejó exhausto, se nos presenta como un remanso de calma desdichada a ser presa del desfallecimiento global. 


El alma del común mortal se desvela, empero, con una paradoja existencial. Invoca al fuego milenario en los fogones, perfuma la estancia y vierte el negruzco café en un azulado tazón, al más estilo francés. De soslayo advierte la presencia de su inseparable gato que observa con detenimiento cómo corta de la barra de pan, lo unta con mantequilla y delega sobre ella una loncha de queso Flor de Guía -anteriormente cercenado de un todo- para, finalmente, rematarlo con un glaseado de mermelada. Con esta caravana de sabores se presenta frente a las noticias que no vivió en su trance nocturno hacia el futuro, enciende la radio y mientras sus papilas gustativas y pupilas danzan desorientadas, en un instante asilvestrado, ausente de minuteros, de dictaduras horarias, el alma rebelde, el Robinson urbano, es consciente de reencarnar un personaje de Luigi Pirandello en su obra Así es (si así os parece)

Mais mon amour
Mon doux mon tendre mon merveilleux amour
De l'aube claire jusqu'à la fin du jour
Je t'aime encore tu sais je t'aime

Emite el transistor una frugal letra de Jacques Brel interpretada por Kaddour Hadadi, un cantante que inició su carrera musical como rapero, camuflado bajo las siglas HK. En Francia, su país natal, no requiere presentación alguna habiendo sido una de las voces fulgurantes de la gauche française, muy cercano a los movimiento sociales encabezados por organizaciones como ATTAC. Sus letras, el lirismo omnipresente, la voz edulcorada pero con embestidas de exigencia por el compromiso social y la justicia universal, tan ausente en nuestras latitudes vitales, resuenan desde la aparición de su proyecto HK et les saltimbanks y su álbum Citoyen du monde, aunque también por ser incluido en la banda sonora del último filme de Abdellatif Kechiche, La vie d'Adele. Ante el asombro del oyente clandestino, ahora ajeno a la lectura dominical y con las pupilas desorbitadas, buscando una razón de ser por oír la voz de Kaddour Hadadi en la radio, hurga, tantea, anhela una fuga del laberinto lógico. Advierte por el presentador que el cantante francés con raíces argelinas, ha publicado recientemente un nuevo album: HK et les Déserteurs. En él reúne los clásicos de la chanson française, temas cincelados por Jacques Brel, Boris Vian o Edith Piaf. Temas que forman parte de la memoria sentimental del cosmonauta errático, perdido. Temas como Padam, padam, La chanson des vieux amants, Les p'tits papiers, Vesoul, Sous le ciel de Paris o L'affiche rouge. La genialidad desborda las letras con el barniz de su voz pero también por condimentar estos temas con la realidad del siglo XXI, con aromas del châabi y otros ingredientes musicales del norte de África sin denostar la esencia, la vigencia atemporal de estas chansons. La aculturación como la presencia del melting-pot cultural ya aterrizó hace décadas en nuestra sociedad occidental pero es ahora cuando germinan, florecen y cobran belleza por no decir una continua urgencia en una Europa que no recuerda los pecados cometidos en el pasado. Kaddour Hadadi es la presteza musical, el faro ante el abismo, el trasluz que pende en los domingos de desconsuelo. 

Bien sûr tu pleures un peux moins tôt
Je me déchire un peu plus tard
Nous protégeons moins nos mystères
On laisse moins faire le hasard
On se méfie du fil de l'eau
Mais c'est toujours la tendre guerre

La poesía inunda la estancia. El Robinson urbano sorbe de su tazón del cual emergen hileras de candor; las pestañas se declinan ante ella. Se olvida entonces del laberinto, la prisión de la existencia que uno podría haber leído en el escenario de Luigi Pirandello, en algún tratado de Albert Camus. Es consciente. Es consciente el alma desvelada que hace esfuerzos por destruir esta jaula, por admitir, frente a la masa, que quizás los domingos no sean desconsuelo. Quizás el suspiro de Sísifo, ese instante de libertad plena, más cuando uno halla la voz de Kaddour Hadadi en el transistor, lejos, muy lejos de los mortales, en su isla de Robinson. 




Junkyard (Hisko Hulsing, 2012)

sábado, 22 de marzo de 2014





 
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