Sei de um rio

domingo, 9 de diciembre de 2018


"Sei de um rio,
rio onde a própria mentira
tem o sabor da verdade." 
- Camané

Al salir del Museo Coleção Berardo se percibe el aliento del atardecer. Se inspira con nostalgia abatida el sabor del césped, contempla la dorada como débil inclinación de la lumbre entre los olivares, el Tajo teñido sobre el cual cuelgan aislados y diminutos veleros tras un olvidado faro. En la bucólica explanada corretean niños, se dejan caer por doquier parejas, pasos, voces hechas sombras oscuras ante la última luz del día. Percibe el espectador un encogimiento en el pecho como quien se encuentra en el Povo y , de pronto, mengua la luz y -custodiado por dos guitarras- asalta el canto de una fadista recordando una Súplica o Triste sorte capacitada para eviscerar la compostura de los conductos lacrimales o descorchar una saudade habitada bajo la coraza de su propia existencia. 

A trote derrotado por empedradas calles pero conservando intacto el maderamen interior, uno se consuela y observa a los viandantes, sus historias ocultas, medita y ríe con la compañía de los amigos y respira fumando en los cafés esperando ausencias, contemplando el pulso del viajero que huye, del sudor que se encuentra con el pan del trabajador o bien los edificios que no se desisten en sobrevivir con sus azulejos, con su osadía y temple al tiempo y su muerte. Poder enamorarse se puede, aunque sea un sufrimiento. Como enamorarse de una plaza de noche sobre una colina, de las afiladas cuestas, los tranvías prohibidos y vibrantes, los rincones ocultos tras los mapas. Se pasea a trote derrotado pero vivo, amarrándose al aliento de los pasos de Pessoa. Uno se deja caer plomizo en terrazas o restaurantes, se desvive el paladar con su humilde y extraordinaria gastronomía que albergan algo de añoranza y alegría. Incluso los bares de siempre atesoran un carácter sobrio capaz de enternecer al transeúnte y cobijarlo en una latitud placentera. 

Allá, en lo altivo, levitan y se deslizan armónicamente las gaviotas con sus lejanos graznidos bajo un cielo azul y Lisboa transmite, pese al rumor de los viandantes y su tráfico, sosiego y modestia, como una elegante dama que, con alma cándida, canta a lo perdido más allá del río serpenteante que representa nuestra respiración. Años atrás pensaba pisar esta ciudad con quien me mandó una postal de corcho. No recordarla como lo perdido, como los pasos que se desgastan y quedan abatidos en una terminal postrados en una silla de ruedas tranquilos, oteando el horizonte y asimilarla, a ella,  a un fado, sería mentira. Y era obvio que leyendo a los grandes poetas lisboetas, bebiendo una década fados o anotando los relatos de mi padre no cayera en esta ciudad. Ahora sí, lo sé: sé de un río donde la propia mentira tiene un sabor de verdad. 


Márgenes

martes, 4 de diciembre de 2018



Lo había perdido todo:
amor, familia, bienes, esperanzas.
Y se decía casi sin tristeza:
¿no es hermoso, por fin, vivir sin miedo?

- Ángel González, 'Ambigüedad de la catástrofe', en su poemario "Nada grave", 2008.


Me desperté descansado con los libros de Piotr Krotopkin y León Tolstói abierto de bruces a un costado de la cama. Percibía el vértigo del día -todavía por desgastarse- desde el desayuno pero con la misma calma que pronostican los calendarios: contemplar el amanecer del día en mi breve paseo hacia la parada de guaguas, impartir clases sobre revoluciones que nadie sentiría suyas en momentos tan delicados, informar sobre informes, tomar el segundo café matutino en una soleada terraza cercana al centro; calcular, además, la consulta médica y la posterior como prolongada obra en mi casa que terminó hace una hora. 

Al final del día conservas migajas de conversaciones cruzadas, como las que quedan sobre la mesa tras el almuerzo. Se asimilan, además, a los márgenes de los libros que siempre he presentido como el lugar idóneo para señalar o rellenar reflexiones. Supongo que para eso se crearon, no por mera estética. Pero, ¿qué anotaste en esas explanadas existenciales? Para empezar, no se procedió a indicar una señal de auto-stop, tan común en los mortales. Es más, se convence uno de un camino solitario, autónomo fortalecido en la idea de la levedad del ser kunderiano o, si se quiere, kafkiano, frishiano. Continuar con un sendero desértico hacia un ignoto lugar como pudiera ser Comala. Es decir- para aclarar a quienes no han leído a Juan Rulfo- un lugar donde convivir con los muertos. En suma, la literatura. Pero también indico en mis márgenes de este road-movie la prevalencia de la nostalgia como la simetría perfecta de la existencia. Poseer la saudade atrincherada en mi pecho, el lloro metafórico de mi antigua casa, la cosmogónica retahíla de pérdidas, su etapas cíclicas. Como cantaba Kevin Johansen, al final, por no reír, uno llora todas las despedidas. Empero, como un poema de Ángel González o una canción de Travis uno requiere de esa nostalgia, de esos fados -que escucharé este puente si nada me lo impide en Lisboa- para sobrevivir como el poeta errante y cuyo nombre todo el mundo desconoce. 

Los márgenes, las migajas, a fin de cuentas, están hechas para orientarse bajo las estrellas o leer adecuadamente la cartografía de nuestros días. Quizás no le demos importancia, los mantenemos limpios, impolutos con una omnipresente y orgullosa ignorancia o bien barriéndolas de superficie. Sin embargo, quien lee y reflexiona sobre ellas puede guiarse, abrir brechas y senderos insospechados. Son quizás la pieza de un puzzle, el punto de unión, el trazo de una línea que aventure la fuga de escape de un lisiado mundo. En mi caso concreto pienso que se asocia y encaja muy bien con un sueño que tuve hace unos días. Resulta que me encontraba-en el sueño, dormitando con una chica. Pero me sentía incómodo, sin apego. No quería ni tocarla. En el mundo onírico parecía que estaba casado con ella y padecía de una gran angustia. Al despertarme noté alivio y pensé que qué horrible debe ser estar con alguien por la fuerza o sin sentir complicidad alguna. Así que pensé que qué bien estar como estoy, libre, sin miedos. Como aquél poema de Ángel González, como lo indicado en los márgenes de mi existencia. En suma, pese a todo, se sobrevive. 


El elefante

martes, 27 de noviembre de 2018



Hoy no ha sonado el despertador. De no ser por la llamada de la mujer de la limpieza no hubiera podido sacudir el sueño y erguirme, dar los primeros pasos del día. Atrás dejo la lectura de 'Las Especias' del historiador australiano Jack Turner y lo que prosigue es un tour de forcé: vestirme, abrir la puerta, dar leves indicaciones, asearme rápidamente, despedirme; contemplar el ajetreado tráfico, pillar la guagua; llegar al aula con diez minutos de retraso. Impartir clases, comunicar decisiones, tomar acta, un café. Despedirme. Ir a casa, sacar la basura, tabaco; ir al mercado. Café sin moler, pan, cilantro, perejil, papas. Pasar por el supermercado: detergente, bolsas de basura. Ir a casa. Salir. Pagar  la factura de la luz. Llegar a casa. Preparar la comida, ver el reloj. Desplomarme sobre el sofá. 

Y es aquí, en la cruzada del día, donde contemplo abatido los libros frente al sofá. Ahí los poemas de Wislawa Szymborzka, las novelas de Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina; Luis García Montero, Chimamanda Ngozi Adichie, Wolfgang Borchert, Naguib Mahfuz son algunos autores que empiezan a crear un ciclón de recuerdos cuando de pronto me quedo observando las pequeñas figuras de elefantes. Curiosamente, durante el presente año, allí donde he viajado me han regalado u obsequiado por la voluntad diminutas figuras de elefantes y una de mis pulseras lleva la figura del elefante. Pienso en casualidades, en la figura del elefante. Es un animal que siempre me ha parecido simpático, silente, tranquilo (recuerdos de Babar, el elefante). Según muchas culturas representa la sabiduría (seguramente por su conducta y piel arrugada, ceniza) y otros creen que representa también la longevidad, la suerte, la absoluta bondad. Empero, recordé, además, el 'Viaje del elefante', de José Saramago y pensé en la muerte, en la soledad. En cuanto los elefantes saben que se avecina el fin abandonan la manada y, solitarios, buscan un lugar para perecer ajenos a la liturgia y el recuerdo. 

No soy muy supersticioso aunque a ratos juego con esas ideas y pensé que es curioso que en este año se me haya presentado el elefante de manera tan insistente y sin previo aviso, sea paseando por la vieja Florencia a solas en un dorado atardecer o abriendo apetito con los amigos en la plaza Santa Ana de Madrid. Pero lo que es cierto es que me siento como un elefante. No quiero decir que más sabio pero sí cansado, abatido, aislado que quizá emprenda ese último viaje. Hay noches o mañanas que me pregunto entre sábanas qué puñetas hago yo aquí. Siempre me envuelve la percepción de haber vivido lo que he tenido que vivir, estoy satisfecho. ¿Para qué prolongar? Total, los seres humanos siguen siendo los mismos de siempre -cosa que desagrada-, tu presencia parece serles a todos indiferentes o incómoda, la rutina te esclaviza, los sueños o aspiraciones se evaporan. En suma, eres prescindible. Es terroríficamente muy similar al personaje del 'Libro del desasosiego', de Fernando Pessoa y uno sobrevive como un anormal leyendo libros, viendo películas o tocando la guitarra como hace Tinariwen, en pleno desierto. Parece ser que el elefante ha emprendido su última andadura. 



Driftwood

domingo, 18 de noviembre de 2018


"Nobody is an island;
Everyone has to go.
Pillars turn to butter;
Butterflying low.
Low is where your heart is,
But your heart has to grow! Drifting under bridges, Never with the flow...And you really didn't think it would happen,
But it really is the end of the line.
So I'm sorry that you turned to driftwood!
But you've been drifting for a long, long time."
- Travis, "Driftwood"


En muchas ocasiones nos despertamos con un sueño atravesado sobre el pecho. Incapaz, además, de ceder en su latir, habita durante todo el día con nosotros. Pese a apuntarlo en la libreta, se desprende y se adhiere a nuestros pasos, te persigue, te zarandea alegremente, da saltos cual un sileno a tu alrededor. El sueño que me importunaba este domingo de tiempo nublado y lluvia (pobre ropa recién colgada) era el siguiente. Aunque algo brumoso por los saltos propios del mundo onírico, reconocí verme de viaje con una chica de mi edad. Parecía que en el sueño éramos una pareja que viajábamos en trenes y aviones rumbo a una costa luminosa. En un momento dado bajamos y nos hospedamos en una casa rural. La chica parecía cada vez más triste, intuía una preocupación que no interrogué. Entonces me confiesa: "Deberías de dejar de ir de isla en isla. Además, bebes demasiado". Entendí en el sueño que el viaje había acabado, que no se podía progresar. Asentí y me asaltaron ganas de llorar. No sabía, además, si me iba a dejar. Bajamos a la recepción de la casa rural y preguntábamos sobre actividades que se podrían realizar en la zona. Sacó un catálogo e inspeccioné: tenían sesiones de yoga, senderismo, trekking, mountain bike y una larga retahíla. Pero no había libros ni biblioteca y en el pueblo tampoco había librería. Sonreí abatido y pregunté cómo era posible que no tuvieran libros, que era una actividad igual de saludable y lo único que me llamaba la atención para poder permanecer en aquél lugar. En ese momento me sentí desalentado pero sin caer en una tristeza absoluta. Como derrotado sabiéndose abatido. Pensé para mis adentros que habría que buscarle solución a este problema. Y en ese momento la chica me aprieta la mano y me sonríe. Comienza a hablar con la recepcionista y deduzco que la chica es andaluza y me asombro igualmente en el sueño. Después veo un intenso atardecer con sombras y un cielo azul tras unas arboledas. 

A estas horas del domingo sigo sin entender muy bien el sueño. Intuyo que la chica sería mi voz del inconsciente y dudo si es un episodio del pasado que salió a flote -una etapa que había que clausurar- o si es el deseo de dar un cambio radical en mi vida, tantas veces postergado o truncado. Lo cierto es que el sueño continuaba zarandeándome como un niño inquieto y me puse nostálgico. Entre sendas tareas apareció una canción de Travis de la época donde, junto con The Verve, Radiohead, Oasis o Björk, el mundo bajo mis cascos parecía una paleta preciosa de colores, todo era posible. Más o menos como la canción que hizo que el sueño se desvaneciera con una sonrisa, como los vivos y los muertos, las ciudades, las décadas y sus siglos. Como los propios sueños y las eternas pesadillas; como un tronco a la deriva. 


  

La canción con sus cañas, el amor y su ruina

martes, 6 de noviembre de 2018





Guarda en tu gaveta mis sonetos de aquél verano, 
yo cuelgo mi Madrid fumando por tus pinceles,
la trenza sobre mi escritorio, un poema en vano.
Porque total, no hay recibo alguno en Cibeles. 

A veces, aunque tú no lo sepas, sin un plano,
me dejo caer por los bares como cuarteles
de aquella ciudad, tan cerca ese lugar lejano,
donde habita el olvido de Cernuda sin rieles. 

Como una canción de Sabina asfalto la calle, 
desde el Dos de Mayo hasta el Tirso de Molina,
en quien me apadrinó cuando era una bocacalle.

Y es que mi Madrid, tan seria y tan libertina,
me abriga el recuerdo olvido hasta que yo desmaye:
la canción con sus cañas, el amor y su ruina. 

- Poem by W. 



Balada de otoño

martes, 30 de octubre de 2018


"Las tardes parecen como navidades", sentencia la mujer de la limpieza mientras ando absorto corrigiendo exámenes. Advierte por el rostro desencajado y expiro de vocales sueltas mi inopia y continúa, matizando "quiero decir, que con la oscuridad y las luces se parece a la época de navidades". Acierto a entender y asiento, confirmo su razón de manera risueña. Pero me gustó su impresión poética, desentrañando la melancolía huérfana en esos precisos instantes. De pronto me ví distraído y olvidé al despiadado Antiguo Régimen, al jornalero exento de ángel de la guardia, la bien sentida rebeldía de los lectores de obras ilustradas cuyo fin era subsanar la avería de la Historia. Pensé en el frío que percibo por las mañanas, en el vendedor de castañas que romperá el hechizo que padecen los calendarios, una vorágine de rumores y gritos, codazos, alaridos, paraguas, abrigos ocupando como un imperio los andamios de las tiendas de mi ciudad. El alumbrado, simulando naranjos en flor, los cánticos, las felicitaciones, la duda de mi padre al otro lado del auricular sobre si pondré o no un árbol de navidad y el Belén para la sobrina que viene de Alemania a cenar a casa, como una emigrante anunciada por el turrón El Almendro. Y que sí, que pese al gato que, subversivamente, arrancará bolas doradas y no dejará pastor o Rey Mago vivo, diseñaré para contento de terceros mi casa a partir del día 22 de diciembre. O el 23, mejor. 

Empero, el reloj se desviste, se camufla de otoño y a estas horas, llueve. Parece lejano la advertencia de las fiestas navideñas mientras llueve una canción de Serrat que percibía en la parada de guagua, saliendo del centro de trabajo, a oscuras. Pienso en el latir del tiempo, en la pérdida por estas fechas de los sonetos vivos de Miguel Hernández que fue burlado por Rafael Alberti y Federico García Lorca (por ser un poeta menor, pastor y humilde autodidacta), en el sepulto de la voz tan necesaria como era la de Manuel Vázquez-Montalbán. Presupongo un dolor que fumo mientras espero a la 25 que me traslade al Mercado, la soledad del hogar, los deberes impostados, los titulares arrugados como radiofónicos de la mañana bajo la ducha. Pienso en un atardecer caduco y en las horas donde camuflaré el bien sentido sinsentido escribiendo o leyendo en mi vera y que antes tendría que pasar por el estanco para rellenar la tabaquera. Pero llueve detrás de los cristales con esa balada de otoño de Joan Manuel Serrat, banda sonora de un día tan anónimo como el indigente que me pregunta: ¿Cómo es? Y respondo: 'Despacito'. La nostalgia se anida, fumando. Y pienso que sí, que las tardes parecen como navidades, esas cuya vigencia andan bajo una tenue luz de ternura. El recuerdo de los abuelos, su aroma, las cocinas como centro neurálgico de la existencia; la rebeldía encendida como una hoguera bajo mi pecho en esas tardes que parecen como navidades. La búsqueda a oscuras de lecturas, los tedioso deseos que nunca se dejaron cumplir, los versos de Cernuda, Miguel Hernández, Luis García Montero. La ilusión, la magia -ahora truncada- del deseo encendido con conversaciones en la cocina, el amor labrado de sentir, la cándida enseñanza risueña de la palabra a un ser que es y será inexistente. Estos días, tan inflados de lluvia, eran en otras épocas un miembro somático ahora extinto como el despertar que descongelaba la escarcha. Nostálgico percibo la lluvia y me pregunto sobre el absurdo silencio y cómo es posible que no sea el sauce de Antonio Machado, que me despierte todas las mañanas desayunando con el transistor encendido y ría con esos locos bajitos todos los días y se pierda, esa risa, como signos móviles de imprenta, en una balada de otoño.



¿Estamos solos?

lunes, 29 de octubre de 2018


El absurdo surge de la confrontación entre la búsqueda del ser humano y el silencio irracional del mundo

- Albert Camus, en "El mito de Sísifo", 1942. 

Es poco frecuente -según la mirada- hallar en el universo fílmico alguna diatriba que susurre o masque, silenciosamente, su proclama mayor. A veces un revestimiento poco llamativo o un guión o entramado usual y hasta repetitivo, no permite fácilmente exhibir el discurso que digiere en su aparato digestivo de manera pausada, lánguida. Queda en un leve rasguño cuando podría convertirse en una cicatriz. Así me resulta el visionado del último filme de Reed Morano, I think we're alone now (2017)

En apariencia es un filme cacofónico para muchos espectadores ya ductos en el género de la distopía o también denominado género postapocalíptico. Un género que se ha convertido en el nuevo western de la sociedad postmoderna por motivos suficientemente conocidos. Sin embargo, Reed Morano presenta una introspección con cierto calado en nuestra sociedad actual como solamente se podrían atrever directores como Nicholas Ray, Bresson, Lang y una larga retahíla. Con la experiencia en la dirección de la serie televisiva adaptada a la novela de Margaret Atwood, The handmaid's Tale, Morano presenta a un solitario Del (espectacular Peter Dinklage que se asemeja al personaje de The Station Agent, 2003) que vive en una población desolada por una apocalipsis sin especificar. Su soledad es idílica: vive en la biblioteca del pueblo, limpia la ciudad de cadáveres, reúne recuerdos, pesca la cena, ve antiguas películas y lee. Pero surge de manera accidentada (como en la vida misma) la joven Grace (Elle Fanning) que quiere quedarse en el pueblo, huyendo de su pasado hecho presente. 

Del (Peter Dinklage) paseando por su soledad
Con el cuidado fotográfico e iluminación propia de Reed Morano, la joven directora pone a examen nuestras existencias. Surge el paradigma de la soledad en este caso enaltecido a la máxima potencia. El mundo, en apariencia, es una verdadera entropía con los cadáveres envueltos en sendos hogares, la rutina de limpiarlas, catalogar libros que nadie leerá, su pesca de la tarde. Empero, para Del tiene sentido gracias a la dotación del mundo de cierto orden. De hecho, su soledad y silencio no es novedad dado que "con 1600 personas vivas me sentía igual de solo". Y sin embargo, en palabras del filósofo existencialista Albert Camus, es un absurdo dotar de sentido una realidad que aparece indiferente ante dicho acto. ¿O acaso lo es? Aquí el dilema. Ahora, la presencia fortuita (la llegada de Grace) dará un cierto sentido a la (sin)sentida normalidad y cuestionar la felicidad de Del. 

Felicidad, sentido de la vida (que quizás no exista como arguye Camus), soledad, tristeza y amor son el basamento de este filme en un mundo que no dista mucho del actual forrado de horarios, conductas y deseos -impostados por la masa-, el rechazo frontal de la tristeza y el recuerdo que vanagloriaba Schopenhauer como si se tratara de la peste, así como en sinsentido de los más profundos sentidos del ser humano. En suma, Reed Morano reflexiona sobre nuestro mundo cada vez más individualizado, ególatra y artificial con un género en boga que domina hasta mantener cierta tensión y un resultado quizás algo cojo, empero atrevido. No en balde, merece una mención quien intenta ser un rebelde proclamando "No". ¿Somos felices? ¿Estamos abocados a la eterna soledad y forzados a buscar un sentido a nuestras existencias? El cine revuelve nuestras entrañas y nos  lanza al ruedo de la reflexión. 




Ficha técnica: 

Título original: I think we’re alone now (¿Estamos solos?)
Dirección: Reed Morano
País: EE.UU.
Año: 2018
Duración: 93 min.
Intérpretes: Peter Dinklage, Elle Fanning, Charlotte Gainsbourg, Paul Giamatti.
Guion: Mike Makowsky
Música: Adam Taylor
Fotografía: Reed Morano
Productora: Automatik Entertainment, Estuary Films, Exhibit, Opposite Field Pictures, Slater Hall Productions.

 
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