miércoles

Robert Enke, Nummer 1



"Ich weiß nicht, ob jemand das Leben lenkt. Aber soviel weiß ich: man kann es nicht ändern."

"No sé si alguien dirige la vida. Pero una cosa sí que sé: no se puede cambiar."



R.Enke.



El periódico matutino no desprendía el aroma de tinta, ni retenía el calor como cuando envolvíamos los pies ante el frío invernal. Eran rastrojos de noticias inmundas, de guerras y sucesos, de impotencia y delirio que no merecían otra función que arrugarlos y rellenarlos en nuestros calzados para combatir así el frío. Bien abrigados, con las verdes bufandas y los periódicos en los pies, íbamos al viejo Bökelberg para ver al Borussia perder partidos, que como el estadio, también cayeron como caen algunos muros y retazos de la Historia. Y poco importaba si perdían, si ganaban o si volvían a perder, nosotros gritábamos y alentábamos a los nuestros para mantener el calor sobre las palmas de las manos. Era por sentirnos vivos y no congelados.

Si la vida durara 90 minutos (más lo añadido), entonces es difícil suspender las emociones, contener el dolor íntegro que supone ir perdiendo 1:7. Pero el guardameta -posición que jugué con mucho gusto durante un tiempo- debe saber guardar ese silencio. Es una gran responsabilidad ser el último reducto de esperanza, la columna que mantenga el mundo, los tres palos. Y si te marcan, debes saber mentalizarte, cortar de raíz la lástima y el dolor que causa ir con un resultado adverso, encajar la frustación y la desesperación de tus compañeros. Creo que por todo ello (más lo futbolísitico) fue por lo que Enke fue (y es) nuestro ídolo: alguien que transmite sosiego, que razona y actúa en consecuencia, que sonríe ante la dificultad y ayudaba y se comprometía con sus compañeros sobre el césped. Alguien, en consecuencia, que no enloquece e insulta al mundo como suelen hacer dictadores con rasgos homínidos de evolución estancada, como Oliver Kahn o Sepp Maier.


Robert Enke (1977-2009)


Pero, ¿cuántas derrotas podemos contener? En la vida, uno a veces se estanca como el agua. Remite los versos de Neruda cuando, a veces, uno se cansa de ser hombre. Y piensa en lo absurdo de la vida que demostró Camus con Sísifo de ejemplo. Nos tatuamos los sufrimientos con el silencio y creemos contener las lágrimas y la ansiedad, guardarlas, arrinconarlas, pararlas. Pero siguen ahí latentes, pesan. La vida no suele ser justa, como a veces los resultados en la pizarra no reflejan el buen fútbol jugado. A veces me pasa, a veces me canso y me acuesto silentemente, pensando en las goleadas que encajé. Pero también pienso que Camus tenía razón: "si sabemos que todo es absurdo, ¿por qué no seguir jugando? Aunque sea por curiosidad".

Todavía faltan minutos por jugar y el marcador me insulta con el resultado desfavorable. Pero el fútbol como la vida guarda sorpresas. Quién sabe. Acaso algún día me vea entrenando a un niño bajo los palos con mi apellido, hablándole de obras teatrales, filosofías y lógicas existencialistas que solía parar un portero cuyo nombre era Robert Enke. Un Nummer 1 que se comprometía por cambiar el mundo y que me obligaba a arrugar los periódicos para verlo jugar. Eso sí que no se puede cambiar.

sábado

La voz dormida



Quizá el tiempo se mida en palabras. En las palabras que se dicen. Y en las que no se dicen. Pepita lee una y otra vez los diarios de Hortensia. Una y otra vez. Un día y otro. Y un mes. Y otro mes. Pepita cuenta las páginas de los cuadernos azules y las veces que las ha leído para Tensi, mientras Tensi crece.

Y cuenta los días y los meses que pasan sin nociticias de Francia, idénticos unos a otros en el silencio. Sí, el tiempo es también la duración del silencio.



de Dulce Chacón, La voz dormida.



Así que se apresuró a cerrar las puertas y las ventanas. Tanteó una silla para ofrecerle un sitio. La escritora comenzó a sacar de su bolsillo alguna grabadora o un bloc de notas que alteró a la anciana. Nerviosa le susurró sus únicas condiciones:

- Quiero total anonimato. Guarde su bloc y la grabadora. Solamente escuche.*

La sigilosa voz le contó otra historia, aquella que buscaba y desconocía. Dulce comenzó a escuchar. Comprendió que el diálogo era retornar a la esencia de la palabra, del logos, es decir, de la razón. Comenzó a inflar su bolsillo con palabras que dispersas se albergaban en otros rincones del país y en otras casas con o sin ventanas clausuradas. Y aunque también estudió los sabios libros, consultó eminentes historiadores y rastreó tanto bibliotecas como archivos, no pudo silenciar las carcajadas, los sollozos y las voces que comenzaron a despertar desde su bolsillo. Surgió la voz dormida.

La voz dormida (2002), fue acaso la novela más exitosa de Dulce Chacón -aunque no hay que menospreciar otras como Cielos de barro (2000)- y que se ha convertido en una lectura obligatoria, en una obra de referencia dentro de la literatura contemporánea española. En ella se ha dado voz a los sin voz, a los vencidos y en especial a las mujeres que han padecido una triple o cuátruple derrota por su condición como mujer. Irónico verse atrapadas en las propias celdas que creó la República para mejorar las condiciones de los presos; pero ahí estaban, en la prisión de las Ventas. Sus delitos eran simplemente haber sido rojas o haber luchado por una República que no quiso doblegarse ante un vil y abyecto golpe de estado. Ahí estaban Hortensia, Tomasa con sus ansias por ver el mar reflejado en sus ojos. También la chiqueta de ojos verdes, la sangre de Reme, las trece rosas y muchas otras más. Los centinelas y las funcionarias como la Venenos pudieron arrancarles las alas y el vuelo, sus hijos, humillarlas y torturarlas, burlarse de ellas con sus calaveras que sellaban promesas mortuorias; pero ellas resistieron y no cayeron de bruces frente al macabro destino. Las paredes rezumaron esperanzas infladas con dignidad y orgullo, solidaridad y una amistad capaz de ahuyentar a los espectros fantasmagóricos que anidaron en un país desolado, empobrecido y fracturado como fue la España franquista. Secaron sus lágrimas cuando no hubo a quien llorar. Cantaron la Internacional cuando un Ave María no recomponía los pétalos perdidos. Soltaron carcajadas cuando el silencio las amenazaba con el delirio. Mantuvieron ardiendo el amor que se exiliaba tras décadas. Lucharon.

La escritora y poeta Dulce Chacón (1954-2003)


Las voces cobran protagonismo en esta narración que a la par se abriga con un manto de lirismo, propio de Dulce Chacón que como poeta siempre ha destacado. La emotividad florece con el transcurso de la lectura que mientras vuela, se nutre de recuerdos y miradas hacia un futuro delegado en los oyentes de las voces enmudecidas. La voz dormida es un libro que postula a los verdaderos héroes en su sitio histórico, ya que -a mi entender- son aquellas personas que han conservado la integridad y los valores más nobles del ser humano. Y que han luchado. Han sido mujeres que han tenido la valentía de luchar por sus derechos, por un mundo más justo e igualitario y ante una atávica sociedad patriarcal que se nutría de tradiciones y discriminaciones que se han alargado durante siglos. Dulce Chacón nos vuelve a recordar que la literatura no se puede concebir de otra manera que no sea como ella misma ha sido capaz de plasmar; así, venciendo a la ignorancia. Pero además, sabiendo hacer coexistir un lenguaje poético propio -flexible y poderoso en imágenes- como natural y sabio en las voces que hablan durante una narración que alberga esperanzas, sollozos pero también risas.

Y puestos a hablar del poder de la literatura y de este libro en especial, les dejo con un tema del último disco de Barricada, La tierra está sorda. ¿Por qué? Pues, porque es la banda sonora de este libro...







*Aquello ocurrió iniciado el siglo XXI, con la democracia ya plenamente instaurada.

domingo

Paris, je t'aime



Los retazos de nuestras vidas albergan muchas historias, todas ellas acontecidas en ciudades que habitamos o transcurrimos efímeramente. En ocasiones somos sus creadores, simples espectadores pero también -quien lo negará- intérpretes y protagonistas de las mismas. Algunas son emotivas y dignas de recordar reiterativamente; otras causan una sana carcajada, codeos entre contertulios; y si, también están aquellas que cortan el aire y encogen el corazón. Sin todas ellas, las noches en nuestros bares perderían todo ambarino aura, los libros se exiliarían en el olvido y no se concebirían películas como Paris, je t'aime.

Paris, je t'aime no es una película sino un compendio de 18 cortos que rinden homenaje a todas estas referidas historias que vivimos diariamente con nuestros gestos, miradas, voces e imaginación (en ocasiones, claro). Los más distinguidos directores -desde los hermanos Coen, pasando por Tom Tykwer y Oliver Schmitz hasta Walter Salles y Alexander Payne- han presentado historias de encuentros y desencuentros, de risas y lágrimas, de frenesí y ralentí, no sin dejar su sello propio. Con sus convexas lentes amplían las aceras, parques y rincones donde los viandantes (intérpretes como Catalina Sandino, Bob Hoskins, Willem Dafoe, Nick Nolte, Sergio Castellitto, Juliette Binoche y taaantos más) hilan y deshilan historias donde el amor -en sus múltiples formas- constituye el fundamento de toda esperanza, contemplación, búsqueda, imaginación o drama social. Precisamente por ello hablar de París es irrelevante, o por lo menos queda en un segundo plano. París, de pronto, no es una metrópolis francesa. Es una ciudad universal que infla sus pulmones con estas pequeñas historias.

Difícil retratar este proyecto donde se coagulan diferentes maneras de ver y exponer estas historias. Hay pequeñas obras maestras, otras menos brillantes y si, también las que sinceramente caen en saco roto. En realidad es una invitación para quienes como a mí les gusta el cine, los pequeños relatos (el cortometraje, vaya) y ese resabor al final por seguir creando mosaicos que constituyan nuevas historias para contar.

Y como San Youtube es tan benigno, les dejo con un cortometraje que a mí me ha encantado. Se llama Place des Fetes y es de Oliver Schmitz:








Título: Paris, je t'aime
Año: 2007
País: Francia
Dirección: Olivier Assayas, Frédéric Auburtin, Gérard Depardieu, Gurinder Chadha, Sylvain Chomet, Joel Coen, Ethan Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuarón, Christopher Doyle, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Alexander Payne, Bruno Podalydès, Walter Salles, Daniela Thomas, Oliver Schmitz, Nobuhiro Suwa, Tom Tykwer, Gus Van Sant
Guión: Idea: Tristan Carné
Música: Pierre Adenot, Michael Andrews, Reinhold Heil, Johnny Klimek, Marie Sabbah, Tom Tykwer
Reparto: Natalie Portman, Fanny Ardant, Elijah Wood, Nick Nolte, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Bob Hoskins, Gena Rowlands, Ben Gazzara, Gérard Depardieu, Steve Buscemi, Rufus Sewell, Emily Mortimer, Maggie Gyllenhaal, Leonor Watling, Miranda Richardson, Juliette Binoche, Sergio Castellitto, Olga Kurylenko, Li Xin, Margo Martindale, Yolande Moreau, Catalina Sandino Moreno, Ludivine Sagnier, Barbet Schroeder, Gaspard Ulliel, Javier Cámara

sábado

Moonlight Serenade


A quienes porto con mi nombre.


El comienzo de todo fin sonó en la oscuridad. Los pasos afilados resonaban en el pasillo mientras me despertaba. Oí el murmullo y los cortados asentires de mi padre al teléfono; pero poco me importaba lo que se decían. Me frotaba el cansancio de los ojos, suspiré. Se acabó. Ya se acabó. En ese instante es cuando notas la presencia de un frío tan concreto, que se pone en hora. Es una brisa insolente que trepa y se cala en tus huesos. Ves que son las cinco y media y el insomnio palpita en tu caja torácica. El miedo revolotea tu cabeza, te toca gélidamente para espantar los sedantes tan rígidamente construidos en la negrura. Cinco y media. Es un frío fantasmagórico.
Los primeros rayos del amanecer se filtran en la casa y el aroma del café emana de la cafetera gorgoteante. Me siento junto a mi padre y hablamos de un titular que nadie escribió con tinta, ni opinó con imágenes o discutió con roncas voces. Y pese a todo, el mundo no cesa de girar: las llaves de alguien tintinean en las escaleras del edificio, los basureros rugen desde la profundidad y los aviones peinan el cielo celeste. Mi padre se reúne con sus amigos y yo comienzo a trabajar: limpiezas, comprar el periódico, la comida, enciendo la radio; derby entre potros y machos cabríos, ordeno papeles, hago esquemas, subrayo aconteceres...y de pronto me derrumbo. Inesperadamente me derrumbo. Acaso es un instante, tensas la respiración, intentas contenerte y al final la calma se apodera con el silencio. Recompuesto divago por la casa.

Hoy, la rutina, no ha sido rutina. O acaso fue rutina tal y como la definía Mario Benedetti en su día: un momento triste donde surge lo inesperado; algo inesperado que sólo es flaqueza en los contornos. Se cerró un ciclo, un mundo tan abismal como edílico. Un mundo donde plantábamos melocotones tirándoles las pipas al jardín del vecino; donde nos enseñaron a pellizcarle el culo a las camareras, a danzar con swings de jazz y voces roncas como las de Louis Armstrong (también sus gestos); donde pedíamos más lágrimas risueñas con sus chistes, mientras nos sentábamos sobre un disecado zorro. O donde vivía la leyenda del caballo blanco que pastaba bajo aquel roble milenario, que a su vez cantaba en noches veraniegas junto a nuestra casa decimonónica. En aquel mundo, cuya geografía e historias son interminables, es imposible retornar. Yo lo supe desde hace años, pero hoy fue oficial.

Todavía las navidades pasadas vivíamos un regreso a aquel mundo. Chocaron cristales, se irrumpieron tímidas risas del recuerdo, regresaron abrazos de miembros exiliados y hasta creí escuchar el himno de aquel mundo, un In the mood de la orquesta de Glenn Miller. Vivir no es fácil, es un drama. La vida transcurre sin guiones y pese a todo parece emular una película. Después, Mefistófeles parecía rondar la casa. En tan sólo unos meses, el mundo desvaneció tan repentina como inesperadamente; y tan surrealista.
Se acercan las navidades y el pasaje prometido acumula polvo. No hay retorno pero tampoco continuación. Hoy percibo la insularidad y la distancia hacia aquel mundo donde uno aprendió tanto de dos seres queridos, que hasta los tengo tatuados en mi nombre. El vinilo prosigue sus caminos y el disco de mi Opa (abuelo) revoluciona hacia el pasado. Ya no suena In the Mood sino un Moonlight Serenade. Mis minúsculas pantuflas pisan las de mi Oma (abuela). Moonlight Serenade.



Tocando a Glenn Miller o Louis Armstrong.



lunes

Nada



Mirando el Aasee, Münster (Alemania, 2006)



el viejo observatorio se cae de bruces
a mis espaldas -tatuadas con viajes inermes-
mientras la apesadumbrada noche lagrimea
esquirlas que con esmero cubren las aceras
liberadas de nuestras bicicletas

conservo y me abrigo con el azul chubasquero
de nuestros crepitados conciertos de aguacero
ante el chasquido que se me filtra como tinta
en la mirada incrustada al torpe horizonte
borracho de promesas retrasadas

nada
no tornes tus faros

custodio las ruinas durante los dos crepúsculos
los lunares tiritan sobre la falda negra
los violines se esconden entre ramales y hierba
mis ojos crujen como candiles el vil frío
nada cambia en páginas anteriores

aquí sigue habiendo un viejo cosmos de nostalgias
-así de viejo como las propias estrellas-
con guerras galácticas
por conquistar vías gastronómicas

carcajas que orbitan
en torno a la cocina

satélites planetarios
que rondan tu habitación

meteoritos que se diluyen
en la ranura de una puerta

los versos se rompen
y caen del cosmos
como lluvia estelar

nada
irrumpe en el estribillo de Leonard Cohen
modelando con tu braceo constante
olas que bañen mis pies

nada
no tornes tus faros

seguiré con mis compases astronómicos
guiándote hacia otras orillas
como las risueñas y muertas
estrellas


Poem by W.

sábado

Tango



Había días donde mis pies me lastraban cansinos pero con ansias hacia aquel lujoso centro comercial. Un lugar que se va ajando, agrietando con el paso de los lustros, décadas y siglos. Su glamour de épocas apagadas solamente conoce un testigo que es el nombre que cuelga de él. Sea como fuere, los fantasmas siguen encendiendo las vertiginosas lámparas que alumbran desde los inflados techos el inmenso espacio. Suenan taconeos, pasos pausados; los bandoneones rebotan sus desaires contra las columnas y las oscuras paredes. Me adentro a tientas hasta el infinito del interior del Harrods. Los sonidos enredados comienzan a consolidarse. Si, es tango. Tango.

Tango es una palabra que no tiene definición. Como mucho, "el tango solamente se entiende cuanto más te acercas a los treinta años", tal y como confesaba un artista cuyo nombre he olvidado. Me acodo en una columna y pienso en la definición exacta del tango. Me muerdo el labio inferior mientras observo los convexos, dorados limones que cuelgan destellantes sobre nuestros bombines de sordos galanes sin chaqueta de juerga. El tango podría ser un mareaje, un recorte de ola que recuerdo con las farolas apagadas del olvido, una miríada de sueños que vuelan sobre la exosfera, una sombra de pichuco que se me cose en los talones...¡qué se yo! Tango podría ser un enamoramiento de delirio; una antología inclasificable, poesía. Desde el tango orquestal del Rey del Compás, pasando por la yumba rompedora de Osvaldo Pugliese, los cantos aislados del Varón del Tango, del Morocho del Abasto, la voz piantada del Polaco Goyeneche, la queja dedal del fueye de Aníbal Pichuco Troilo, la revolución en quintento del insurrecto Astor Piazzolla, hasta la voz femenina que nadie menos Adriana Varela podía emitir, el tango siempre fue un corazón sobre la frente marchita y una razón que parte de los pies.


Festival de Tango en el antiguo Harrods de Buenos Aires.


A mis costados se acoplan las voces y las miradas curiosas, cercando el espectáculo que se enreda desde las puntillas y el tobillo hasta el torso de cada componente que danza un tango por mero placer. La gente de a pie se complementan sobre un escenario de caoba. Mis pupilas se marean buscando los pasos pero si, contemplo que hay parejas que destacan, otras más modestas y terceras que lastran sus pisares con cautela. Y en este malevaje de tango, me fijo en dos parejas antagónicas. Una es el asombro de todo el público que rodean boquiabiertos la pista. Un hombre alto, engominado, con sonrisa profident y sus ojos sepultados, dirige a una malena del tango, una mujer hermosa, seductora en su mirada furtiva. Esquivan al vuelo al resto de parejas, vuelan hacia una plaza de los maestros. Mientras los espectadores siguen sus enredos, yo me fijo en otra pareja. Indiferentes ante la maraña que se teje a golpe de taconeo, la envejecida pareja roza sus mejillas. Intentan no perder el equilibrio en su tambaleo sempiterno. Sonrientes se susurran con los ojos caídos. La mujer, con su emblanquecido pelo, deja que su pareja se tome el tiempo necesario para decidir el paso a dar. El viejo se mira los pies de betún, vibra su arrugado rostro y decide tras medio minuto el punteo a dar. Y siguen bailando como si el tiempo no sopesara su existencia.

Finalmente, llega la hora de la ficticia decisión. El jurado -en el cual me integro- comienza a puntuar a cada pareja. Algunos festejan su modesta puntuación, otros lamentan un fraude y hay terceros que cruzan culpas con su pareja de baile. Al llegar la hora de la vieja pareja, el tribunal alza la puntuación: 2.4; 4; 1; 10; 3; 4; 2. La muchedumbre comienza a cuchichear su asombro y la pareja del engominado y la seductora malena se acercan a la mesa, dirigiéndome un ceño fruncido.

- Pero, ¿Vos habés visto la pareja o un partido de fútbol? -me pregunta el hombre notoriamente descontento por mi alta puntuación-. ¡Andate a tu país, gaita!¡Qué sabés vos de tango!

Una de mis cejas se curva y sonrío a lo Humphrey Bogart.

- Amigo, es que son tango.




lunes

Mercedes Sosa y la muda guitarra



En cierta ocasión, tuve una guitarra muda en mi regazo. Intentaba reanimarla, cosquillearla con rifeos templados pero ella no se inmutaba. Sostuve la duda bajo mi mentón. De pronto, la propia guitarra confesó la razón de su silencio prolongado que no era otra que haber escuchado la voz de La Negra. Asentí dudoso, tal y como se reverencia uno ante los locos."Pero,¿cómo es posible que existan guitarras que la acompañan en cada canto y tú hayas perdido la voz?", pregunté. "Entonces", prosiguió la guitarra, "es que no la has escuchado cantar."

Dejé la embrujada guitarra en un rincón y comencé a sumergir mis dedos en las serpentinas de Cd's. Avivé el Player, abrí la carcasa, comprobé que las pistas de la memoria no habían sido rajadas por el tiempo y encendí la voz. Con letargo los Cd's comenzaron a conformar una pequeña torre. La base era aquel Escondido en mi país, siguiéndole Voz y Sentimiento para seguir creciendo hasta la cúspide doble de Acústico (en vivo). Medio embriagado me senté al borde de la cama rascándome la barba crecida tras un lustro de intentar entender lo que le pasó a aquella guitarra. He escuchado su voz, el canto que trasciende el tiempo y claudica con acierto. Esos poemas de Alfonsina Storni, Elena Walsh y Tejada Gómez; las letras de Violeta Parra, Víctor Jara y Atahualpa Yupanqui; los tangos que cantaba Gardel, las zambas folclóricas de Oscar Matus; Charly García, León Gieco y Joan Manuel Serrat....y la voz de tantos hijos predilectos que se coagulaban con el timbre negro, oscuro de La Negra.


Mercedes Sosa y la muda guitarra.


Así que tuve que andar sin comprender a la guitarra que soñadora seguía negándose a cantar y vibrar desde el puente hasta sus menudas clavijas. Paseé, viajé, amé, toqué con otras guitarras parrandas y soliloquios hasta que un día, y sin tener que volar entre hemisferios, pude acercarme a La Negra. Se movía con esmero, balanceándose y luciendo un poncho rojizo como solamente podía imaginar por las carátulas de los Cd's. Sentados en las gradas observé que un impaciente silencio se apoderó del lugar. La brisa marina suavizaba los amarillentos bloques de cemento y en la intemperie se simulaba un trazo de Monet. Y ya con el dedo y la pregunta formulada sobre los labios, surgió aquella voz que aludía la guitarra. La cantora, sentada, alzó sus brazos como sólo lo saben hacer los dioses eternos. Se elevó el viento y el público se rugaba con sus mantos. La azada voz rompía con dulzura la tierra y el cielo se ennegrecía. Con la boca entreabierta sentí que era incapaz de imitar las letras que silvaban tan grave y manso a la par desde el timbre de La Negra.

Volví con los ojos dilatados y los pasos intentando crepitar las canciones que oí en aquella noche. Senté mi guitarra sobre los muslos."Sabes, ahora creo entenderte", le dije a la guitarra. Y ella, contenta me recordó: "¿Y sabías que también la llaman la Pachamama?". Y era entonces cuando el vacío de nuestras cuerdas y el lleno de la voz de Mercedes Sosa tenía sentido en esta tierra. Solamente ella, la madre de la tierra y el cosmos, podía cantar las canciones que los hombres rociaban con esperanzas.

Les dejo con un poema y una canción que a mí siempre me ha encantado: