Zimna Wojna (Cold War)

martes, 12 de febrero de 2019



“Dos corazones, cuatro ojos, lloran día y noche.Ojos negros que lloran porque no se pueden encontrar.”
Dwa seoduszka, cztery oczy (Dos corazones, cuatro ojos), canción popular polaca.


Que la geometría está a disposición de la realidad y como soporte del mismo no es una novedad. De ahí el espacio y la injerencia arquitectónica, al igual que las fronteras trazadas en los mapas. Aunque la Guerra Fría implica su propia condena como episodio bíblico, el mundo continúa a la deriva con sus contornos líquidos y sólidos y no es descabellado una cierta vigencia, empleo como atrezzo en un filme si además se vuelca en los muros y aduanas de los propios individuos, los interiores. ¿Cómo se gesta, crece y fluctúa el amor entre estas múltiples fronteras? 

El cineasta polaco Pawel Pawlikowski -creador de la genial cinta Ida (2013)- toma como cimiento en su última obra Zimna Vojna (Cold War) algunos aspectos autobiográficos de sus padres, personas que  balanceaban su relación amorosa hasta la desembocadura de la desesperación para dilucidar estos interrogantes arrojados a la encrucijada de la duda. Como un amour fou propio de los filmes de la Nouvelle Vague o reflejo de la obra de Ingmar Bergman, Un verano con Mónica, el célebre director postula sus personajes en un mundo angustiado por fronteras, antagónico como dual y teniendo como hilo conductor aquella canción popular polaca, Dwa seoduszka, cztery oczy, posible seguro de supervivencia. La historia de amor de Wíktor (Tomasz Kot) y la indomable Zula (Joanna Kulig) es una odisea asfixiante propia de una novela propia de Orhan Pamuk, Milan Kundera o bien de Fiodor Dostoievski. Para ello Pawel Pawlikowski emplea un formato anómalo para estos tiempos como es el 4:3 y cincela un metraje en blanco y negro para resaltar los claroscuros de dos mundos y su oculta belleza. Belleza que insiste al postularlos sobre la falla del tabloide como espejos: en una donde la canción de su amor es un canto folclórico; en otra, su reflejo distorsionado, un tema de jazz sereno y aderezado por un sfumato coltrariano rematado con el rock propio de Bill Haley. Dos universos donde los encuadres y travellings son asignados a dos expresiones artísticas -cinematográficas- contemporáneas pero perdidas por las sombras del biombo: se reconoce la iglesia abatida y el canto del río propio de la Nostalgia de Tarkovsky, la filosofía de Bresson, la París de Truffaut y Godard, Michelangelo Antonioni en búsqueda de una banda sonora. Un canto al cine ajeno al blockbuster y su imperio netflixiano de nuestros tiempos. 

Wíktor y Zula en la búsqueda de un lugar fronterizo sin fronteras.

Zimna Vojna (Cold War) no es meramente un periplo amoroso, una oda al cine del tiempo pasado y cuya esencia radica en un abrumador expresionismo y hegemonía de la imagen; es también el interrogatorio ante la posibilidad de descongelar o desdibujar fronteras. Ambos personajes son incompatibles de por sí, empero les une un amor difícil de manifestar, incluso con el silencio. Es una atracción que no se deja dominar en un mundo autoritario, conservador y rígido como el del bloque soviético -personificado en la figura de Zula-, ni en otro opuesto donde la etílica, vanguardista y libre París causa un cierto sentido al sinsentido -personificado en la figura de Wíktor, hombre que adora el jazz y odia la corbata-. En suma, amour fou: a contracorriente, vertiginoso, contestatario, rebelde. ¿Habrá pasaje para los Mares del Sur? ¿Es el verdadero amor un triunfo de la sinrazón como expuso Lope de Vega? ¿Puede existir un mundo sin la imperante reivindicación de la geometría y sus contornos, sus reglas y trampas de juego? 

Sin embargo, uno abandona el cine fumando y tarareando entre bocanadas, silente, aquella canción: 

“Dos corazones, cuatro ojos, lloran día y noche.
Ojos negros que lloran porque no se pueden encontrar.”




Ficha técnica: 

Título original: Zimna Wojna (Cold War)
Dirección: Pawel Pawlikowski
País: Polonia
Año: 2018
Duración: 88 min.
Intérpretes: 
Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Cédric Kahn, Jeanne Balibar
Guión: Janusz Glowaki y Pawel Pawlikowski
Fotografía: Lukasz Zal
Productora: 
MK2 Productions / Apocalypso Pictures / Film4 Productions / Opus Film / Protagonist / BFI Film Fund

Toda una vida

lunes, 4 de febrero de 2019


Sigo consternado. El año padece una sangría a golpe de golpe de estados. Aunque presente una separación mediante la distancia latitudinal digna de asemejarse a una frontera, me asoman las sombras perpetradas por el abandono de seres queridos y tocados en vida. Primero el cofrade y amigo  de breves peripecias, después la pérdida de otra amiga de tan solo 33 años. Me asemejo a un Pereira escribiendo necrológicas con esa aturdida y apegada simpatía hacia los muertos como no lo están quienes a ciertos círculos de su ser se sienten. A uno te toca más de cerca y a otra no, empero me impacta el vacío y reflexiono sobre el por qué. Se me asemeja a un episodio de Frasier donde el psicólogo, obsesionado por la repentina muerte de una persona, indaga en la razón del fallecimiento y admite al final que no hay una lógica. Eso, quien me conoce, me turba -dado que soy un obsesionado por el análisis- y me deja en un estado absorto donde retornas al punto de inicio de partida: ¿Qué sentido tiene la vida? Y mira que uno ha leído y, por ende, construido un modelo propio, su cosmos estelar. 

Y ves que uno ha amado hasta la médula asemejándose a un cante jondo, a la mejor interpretación del poema de Gil de Biedma, a las letras enunciadas con melancolía por Antonio Machín; que la otra ha vivido por y para los demás, que ha recorrido el mundo con su mochila, se desvivía en alegría y, de pronto, nada. Oscuridad. Un souvenir de su presencia a tus costados, un suspiro en la eternidad. Parece que estoy abocado a la relectura de Camus que pronunciaba Frasier Crane: vivir por las sorpresas de la vida. Empero, ¿y si no hay más sorpresas? Ya uno anda oculto en amores eternos, viaja, se desvive y combate como puede por los otros y sin pedir nada por el dorso de la moneda. Realiza lo que más ama -porque no amar, es no saber ver- y se queda a solas sorbiendo un buen vino mientras se hace a fuego lento un Arrós barcelonés un domingo mientras suenan las canciones de Joaquín Sabina y termina dormitando con la ropa colgada y una buena novela de Manuel Vázquez-Montalbán al final del día. 

Bajo la serena lluvia uno regresa ebrio a casa tocado por su bastón. La ciudad oscurecida comprueba su elenco selvático y uno se recompone desprendiéndose del chaleco y tomándose el último 100 pipers frente al canto de Antonio Machín emulsionado por Bebo Valdés y Diego "El Cigala". Bailan dos velas en el escritorio y alguien te canta bajo cascos lo siguiente: 

"Se vive solamente una vez
hay que aprender a querer y a vivir
hay que saber que la vida se aleja
y nos deja llorando quimeras.

No quiero arrepentirme después
de lo que pudo haber sido y no fue
quiero gozar esta vida teniéndote cerca
de mí hasta que muera."

Allá queda el amor de tu vida abrazado en los brazos de otro, el coágulo mundanal, los otreros persiguiendo la rumología como una paja existencial, el consumo como placebo adverbial y sustancial, germen de su vida, la emoción clausurada en emoticonos, el gozo hecho palestra criminal. Solo, y más que solo- y sin tilde como acentuaba la soledad- uno se consume sin entender este mundo. Empero, bebiendo el último estandarte -¿restandarte?- de su propia existencia, de sus principios, del amor innato y pulcro, uno se queda como perdedor ante lo perdido y adscrito. No hay subterfugio de la jaula dorada; del amor enamorado; de la muerte hecho juventud y la juventud hecha muerte. 







Another coffee and cigarette day

domingo, 27 de enero de 2019



 "Ahora me he dado cuenta de que sólo voy a hacer una cosa: nada. Ni más posesiones ni más recuerdos, ni amores o amigos ni ataduras. No son más que trampas."

- Julie a su madre, en "Tres colores: azul", de Krzysztof Kieslowski, 1993.


Tras el visionado de la última como esperada obra de Ashgar Farhadi, Todos los saben (2017), me vino a la mente esa otra cinta delegada a las antípodas de la adolescencia guarecida en cajones. Viendo a un abatido Paco (Javier Bardem) en las postrimetrías del filme, pensé en aquella frase lapidaria, en la denuncia de Kieslowski sobre el maderamen de la sociedad occidental: la trampa. Una argamasa milenaria, prácticamente genética incapaz de diluir. Múltiples son las evidencias de la búsqueda de la huída, de la azulada libertad por su taciturna condición, empero, nadie la obtiene. Siquiera con la aparición de los créditos finales se supone que Paco, derrotado, no conseguirá la ansiada libertad y paz que pensaba ya poseer. Tampoco Julie. 

En toda expresión artística hay una búsqueda desesperada por buscar un sentido vital tras una catarsis o hallazgo consciente de la banal existencia que básicamente se puede sintetizar en las siguientes opciones: o te adaptas a la macroestructura social o bien terminas asesinado por el escritor que te dio vida. Sin embargo, uno ansía un término medio, alargar la libertad que aparece en la vida de Julie sin interrupciones o bien en la de Paco o Andrey Bolkonsky, Jean Valjean, es decir, sin frecuencias distorsionadas. En mi caso, soy afortunado de vivir en ese entre paréntesis de libertad genuina -podría  incluso tildarse de cínica, según la acepción reivindicada- donde me desvinculo de esas groseras trampas de la sociedad. Como le decía el otro día a un compañero de trabajo: yo no confío en nadie. Y es mejor vivir así aunque muchos lo consideren un acto egoísta a la desesperada cuando no lo es por mantenerme al margen, en la soledad, y continuar contentando al resto en sus verdades que creen poseer. Ahora, cuando no me ato y permanezco al margen es cuando lo consideran algo insensato. Pero a ese Blitz constante ya uno se ha acostumbrado y lo sustituye por la música. 

Odio quien me perturba el café de la mañana en la cafetería con mi cigarrillo y me dice que lo deje o me pase a no se qué pitillo de Marlboro; igual que odio a quien configura una idea de mí mediante tópicos y prejuicios y me sonríe sin decirme las cosas a la cara; quien miente y me toma por idiota; el que me viene con la filosofía de "We are the world" (se me pone la cara como a Bob Dylan) con arcoiris y unicornios. En fin, todos son trampas. Y es por ello que prefiero la libertad con soliloquio. Es vivir en mis libros, a golpe de mi radio y con esa pose que albergaba en la facultad y mi profesor -que me puso una matrícula de honor, por cierto- me indicó: "Pareces un rebelde sin causa. Un James Dean." Y eso parece que no ha cambiado mucho: sigo sin creer en las personas y mucho en esa abstrusa y compleja idea de la libertad sazonado con un toque de misantropía. 



A fábrica de nada

martes, 8 de enero de 2019



 Un fantasma recorre Europa; el fantasma de su fin.


- Voz en off en A fábrica de nada, de Pedro Pinho (2017)


Quedan ecos varados de aquél último toque de queda. La malsonante crisis cuya presencia asoló a gran parte de la población -sobre todo a los países más meridionales de Europa- comienza a programarse de cara al olvido colectivo. La Historia, una vez más, es tildada como una errante fata morgana, inapropiado bálsamo para el futurible presente. Prueba de ello es la  amnesia colectiva propiciada por el triunfo del sofá y su manta con Netflix on demand, el prestigio de la cultura del entretenimiento y su lucro frente a la pantalla imperial del laudatorio individuo. 

Sin embargo, existe todavía un joven y minoritario cine innovador, ácido como mordaz cuya presencia consiste en sacudir conciencias, desangrar al espectador e imprecar la proclama mayor de Godard sin sacrificar la belleza del arte cinematográfico. Descartada la multitud de excepciones hay solamente que fijarse en el cine subversivo en países como Grecia y su nueva ola de cineastas (Yorgos Lanthimos, Argyris Papadimitropoulos, Athina Rachel Tsangari, Ektoras Lygizos) o bien en Portugal con cineastas de la talla de Miguel Gomes (Tabú, Las mil y una noches), Teresa Villaverde (Colo) o Pedro Pinho y su colosal obra A fábrica de nada (2017). Ajenos al maltrecho cine militante de épocas del más combativo Ken Loach, estos nuevos cineastas apuestan por nuevas formas narrativas como estéticas, buscan desdibujar fronteras con claridad y sacudir conciencias por medio del interregno del arte y la vida al más estilo rebelde. 

Zé y sus compañeros en A fábrica de nada
Ejemplo de ello es el largometraje de Pedro Pinho, A fábrica de nada. Con una temática ya expuesta en sendos documentales convencionales por varios autores en las últimas décadas -se me ocurre, The Take (2004), de Avi Lewis, o bien la serie realizada por Dario Azzellini y Oliver Ressler Occupy, resist, produce (2014-2018)- sobre la ocupación de fábricas en un momento de catarsis, Pedro Pinho se distancia y crea una ficción con el empleo coral de géneros fílmicos y un guión, eso sí, magistralmente confeccionado a raíz de múltiples fuentes. Mediante una estructura narrativa difícil de engranar pero convincente y un montaje cinematográfico claro y apacible -espléndida fotografía de Vasco Viana-, se muestra el inminente cierre de una fábrica en una zona industrial de Lisboa y la reacción de sus trabajadores que consistirá en ocupar la instalación y así evitar el despido masivo. Y aquí radica la belleza del filme: evidenciar la vorágine de un sistema global tan agresivo, complejo y extenuante como es el capitalismo a raíz de este mero acontecimiento. Palparlo, sentir el espectador ser parte de la jaula dorada sin un discurso oficioso o mediante dedo acusatorio es el gran éxito del metraje realizado con un formato como es el de 16 mm. Encamina Pedro Pinho un filme que condena el puro exhibicionismo de las contrariedades del capitalismo con la prédica intelectual de la izquierda y se pregunta, a la par, qué armas habrá que tomar para luchar contra esta bestia indómita que desde épocas de Karl Marx se presagia su final que no finaliza. Visto que no son los enclenques sindicatos ya institucionalizados ni la dialéctica y su festín de doctas teorías, ¿habrá que desenterrar las armas empleadas en tiempos pretéritos? ¿O serán esas armas las guitarras del Punk? ¿La conciencia misma de cada uno, del actor y su espectador? 

No es descabellado señalar que A fábrica de nada posee todos los elementos necesarios para considerar que está condenado a ser uno de los mejores filmes de este primer periodo del siglo XXI.  Sus tres horas de metraje no padecen fatiga alguna y comprimen a la perfección un cine combativo sin renunciar a la belleza estética y armonía de registros anímicos frente al espectador. Difícil admitirlo en una fábrica de nada que lo alberga todo, un inminente clásico cuya vigencia navega, de facto, cruzando los umbrales de los días, los años, las décadas. O al menos hasta que agonice el capitalismo y sus contrariedades y se proclame su fin. Aunque claro, eso ya sería otra película. 





Ficha técnica: 

Título original: A fábrica de nada 
Dirección: Pedro Pinho
País: Portugal
Año: 2017
Duración: 117 min.
Intérpretes: Dinis Gómes, Américo Silva, José Smith Vargas y Carla Galvao
Guion: 
Tiago Hespanha, Luisa Homem, Leonor Noivo, Pedro Pinho (Idea: Jorge Silva Melo)
Fotografía: Vasco Viana
Productora: Terratreme Filmes.



Nada es azar

miércoles, 26 de diciembre de 2018



 "En el mundo todo es señal, amigo mío. Nada es azar."

- Antonio Buero Vallejo, en "La señal que se espera", 1952. 


¿Tendría razón el viejo amigo Julián? Al igual que Paul Auster, Buero Vallejo no simpatizaba con la idea de que el azar, el caos, el acontecimiento sin planteamiento, imperara en nuestras vidas. No había grieta alguna para la huída que pudiera cantar Pucho con su Vetusta Morla. Según ellos, como Dostoviesky, Tolstoi o Vázquez-Montalbán y una enorme retahíla que desembocaría hasta en épocas de Ovidio, estamos sujetos como marionetas a unos hilos, aquellos que emanan de nuestra sociedad. Y la mala como la buena suerte depende de cómo lo interpretemos, si igual de bien o mal. En suma, no hay escapatoria, grieta alguna. Como suelo decir, recordaban los máximos representantes del Siglo de Oro y versaba Antonio Vega: "cada uno en su papel". Sorbo. 

Hoy en día muchos coach trainer y medios de comunicación lo denominan para almidonar nuestras existencias como zona de confort. En otras palabras es el refugio, su papel interpretativo asignado. Salir de él es como cruzar Finisterre y hallarte en un océano de feroces bestias, hambruna y peligro de padecer el escorbuto. Y como el miedo o el temor no son halago alguno y se intenta de borrar como elenco inapropiado de la vida, te redirigen a placeres más reconfortantes y seguros: un viaje contratado por Booking, una cena en un restaurante muy in en tu ciudad, practicar el yoga, creer en mantras, dibujar mandalas, consumir, ir al gimnasio, seguir una vida recta y aceptada por todos; cásate, presenta a tu pareja en sociedad, ten hijos, un trabajo estable, sé creativo, super guay de la muerte. Pero eso sí, no salgas de tu zona de confort. Interpreta tu papel. Sorbo.

Ahora, en su época y esplendor, llegan los adornos de navidad, sus regalos, las sonrisas, los discursos del rey de bastos y sus secuaces, las notificaciones masivas de felicitaciones insulsas del wassap. En esos momentos que uno está ajetreado en la cocina de la Deliciosa Martha, ofuscado y ajeno al mundo para que la cena familiar sea un éxito, se le viene en mente esa frase de Don Draper: "A mí me gusta la Navidad pero no ésta Navidad". Alberga la frase del protagonista de Mad Men una certidumbre dickensiana con dosis marxistas donde la idea radica en que ese milagro -porque se da pocas veces- del mensaje mesiánico se da en otras épocas de nuestras existencias y rara vez. Ahora, lo que padecemos estos días es puro carnaval, baile de máscaras, consumismo y más tener que ser, (Haben statt Sein) como articulaba Erich Fromm. Y sí, no sé si Antonio Buero Vallejo llegó a leer los libros prohibidos en épocas del franquismo pero acertó con esa frase lapidaria. Hoy en día, todas estas señales indican un filme de terror, la espera de la catarsis. Mientras, uno se sienta tras la cena de navidad abatido y con los invitados ya exiliados en la mesa roída por manchas y migas de pan. El árbol parpadea luces junto con las velas en una estancia abatida por la oscuridad. El espíritu de Pessoa se abre un 100 Pipers y brinda, con hielo,  por la salud del esperpento y la navidad ensangrentada por Herodes. Sorbo. 

Las listas y los demás días


Son días de asalto de hemerotecas, de guiones caducados, calendarios al borde de la psicosis. Más que días, es una semana de retrospectiva colectiva como individual donde la crítica alberga más piedad mesiánica que aliento vengativo puesto en un crudo asador; aparenta el pasado tener una función temporal y desechable: sólo importa su envoltura para hallar un miligramo de verdad subjetiva para construir futuros gloriosos, eternos y de magnitudes incalculables. Esos son los propósitos, los que vencen a la Historia. ¿Cuándo vencerá la Historia al futuro? ¿Acaso no triunfó? Aquí aparece el silente olvido. Pero mejor no divagar en el tiempo pretérito e inocente, en el aroma del tiempo de Byung-Chul Han porque también son días -o es la semana- donde hacen aparición con mayor abundancia las listas de cualquier asunto enaltecidos como canon en los medios de comunicación: las mejores fotos, películas, canciones, frases, eventos, noticias que recordar. Se percibe cierto temor ante el dogma orwelliano

Sin embargo, las listas tienen su razón de ser. Al menos a mí me son de gran utilidad las listas del mercado, del menú semanal que cincelo en la pizarra de la cocina, en la agenda del trabajo, en el Spotify. Las listas establecen un marco casi constitucional, un portulano propicio para la navegación anual y evitar posibles naufragios. Confieso que entre tantas listas también tengo una de las lecturas realizadas o las películas visionadas durante un año que indico en una pequeña libreta Moleskine. Principalmente me sirve como un registro y aliciente, nunca como una meta de superación dado que concibo la contemplación del arte mejor sin forzar la maquinaria del tiempo. Es como un parte meteorológico de mi existencia. Ahora, revisando los libros leídos (25), los filmes contemplados (154) , recuerdo incluso los instantes en los cuales se produjeron y me fascina el aroma del tiempo donde a veces aparecen tan recientes y otras que incluso ubicaría en postrimerías mayores. Pero en todas ellas también percibo la sosegada y tierna sonrisa, el llanto, la profunda reflexión sísmica, la carcajada a mandíbula batiente, el temor. Hacer un rango o exposición de todas ellas no tiene sentido para el soliloquio. Empero, me asaltó una escena de un documental que vi precisamente este año, Los demás días, de Carlos Agulló. La referida escena es de un enfermo terminal, abatido, dolido, envuelto entre columnas de apilados libros y más estanterías infladas de libros. Cabizbajo no sabe cómo continuar sabiendo que su final está cerca. El asistente de cuidados paliativos contempla la estancia y surge un breve diálogo: 

-A usted, por lo que se ve, le gusta la lectura. ¿Por qué no continúa? Tendrá mucho que leer aún. 
-Para qué -dice con una tierna sonrisa, observa también el salón.-Algo tengo todavía por leer, pero para qué si ya no me queda nada. 
-Pues para lo que ha seguido haciendo durante toda su vida. ¿Para qué dejar de hacer algo que le gusta? El sentido de la vida es hacer lo que a uno le guste, eso es lo importante. 

Claro que el diálogo no lo recuerdo literalmente pero más o menos así lo contemplé en la pantalla de mi salón. Y me impactó. Fue un documental que verdaderamente me emocionó. Al igual que las lecturas de Paul Auster, Dostoievski, Leon Tolstoi, Peter Handke, Carmen Martín Gaite, McCarthy, Murakami, los filmes de Ozu, Michael Haneke, Uberto Pasolini, Nicholas Ray, Léa Mysus, Robert Bresson y una larga retahíla. Y no olvidemos los huevos, el pan, el queso semicurado, la pimienta de cinco bayas, el lomo de salmón, la calabaza, zanahorias y el rúcula; ni a Miles Davis, Art Blakey, Quique González, Yemen Blues, Lucio Dalla, Camané, Marvin Gaye, Joaquín Sabina o Kevin Johansen. Porque en suma, las listas son los demás días de nuestra existencia. 

Sei de um rio

domingo, 9 de diciembre de 2018


"Sei de um rio,
rio onde a própria mentira
tem o sabor da verdade." 
- Camané

Al salir del Museo Coleção Berardo se percibe el aliento del atardecer. Se inspira con nostalgia abatida el sabor del césped, contempla la dorada como débil inclinación de la lumbre entre los olivares, el Tajo teñido sobre el cual cuelgan aislados y diminutos veleros tras un olvidado faro. En la bucólica explanada corretean niños, se dejan caer por doquier parejas, pasos, voces hechas sombras oscuras ante la última luz del día. Percibe el espectador un encogimiento en el pecho como quien se encuentra en el Povo y , de pronto, mengua la luz y -custodiado por dos guitarras- asalta el canto de una fadista recordando una Súplica o Triste sorte capacitada para eviscerar la compostura de los conductos lacrimales o descorchar una saudade habitada bajo la coraza de su propia existencia. 

A trote derrotado por empedradas calles pero conservando intacto el maderamen interior, uno se consuela y observa a los viandantes, sus historias ocultas, medita y ríe con la compañía de los amigos y respira fumando en los cafés esperando ausencias, contemplando el pulso del viajero que huye, del sudor que se encuentra con el pan del trabajador o bien los edificios que no se desisten en sobrevivir con sus azulejos, con su osadía y temple al tiempo y su muerte. Poder enamorarse se puede, aunque sea un sufrimiento. Como enamorarse de una plaza de noche sobre una colina, de las afiladas cuestas, los tranvías prohibidos y vibrantes, los rincones ocultos tras los mapas. Se pasea a trote derrotado pero vivo, amarrándose al aliento de los pasos de Pessoa. Uno se deja caer plomizo en terrazas o restaurantes, se desvive el paladar con su humilde y extraordinaria gastronomía que albergan algo de añoranza y alegría. Incluso los bares de siempre atesoran un carácter sobrio capaz de enternecer al transeúnte y cobijarlo en una latitud placentera. 

Allá, en lo altivo, levitan y se deslizan armónicamente las gaviotas con sus lejanos graznidos bajo un cielo azul y Lisboa transmite, pese al rumor de los viandantes y su tráfico, sosiego y modestia, como una elegante dama que, con alma cándida, canta a lo perdido más allá del río serpenteante que representa nuestra respiración. Años atrás pensaba pisar esta ciudad con quien me mandó una postal de corcho. No recordarla como lo perdido, como los pasos que se desgastan y quedan abatidos en una terminal postrados en una silla de ruedas tranquilos, oteando el horizonte y asimilarla, a ella,  a un fado, sería mentira. Y era obvio que leyendo a los grandes poetas lisboetas, bebiendo una década fados o anotando los relatos de mi padre no cayera en esta ciudad. Ahora sí, lo sé: sé de un río donde la propia mentira tiene un sabor de verdad. 


 
Design by Pocket Blogger Templates