Pentagramas para noches insomnes

miércoles, 23 de julio de 2014


En la métrica del insomnio se anidan los párpados en la butaca de la noche, proyectando jaulas de papel tras hileras plateadas.
Partituras de pasaporte.


















#36 Nacha Pop - Persiguiendo sombras (1987)

miércoles, 9 de julio de 2014



Busco algo más que un perfil
es tan distinto a tí
no puedo distinguir
no, tu voz
dentro de mí
está diciendo: ¿qué hago aquí?
Este es un frío país





Jabones de suspiros
sustentan al abrigado cuerpo tejido a su sombra
bailando a 33 revoluciones por minuto
sobre la acera entregada a la permuta
de los horarios grabados en braille

Se fuma la torcedura de los semáforos
que los demás señalan esdrújulos idóneos
para una vida recta, de suplemento dominical

Al final cae una lluvia de verano
y la boca entreabierta se nutre del cielo
apaga serenamente el motor de sus ojos
y baila la locura en soledad
al borde de la ciudad, frente al mar

Y abatido sonríe
rebobinando su propia película
bajo los toldos de la noche
las instantáneas de un universo fracturado
pero parpadeante
sobre postales apalabradas
que sostienen como dique
los ríos que borran
tu geografía.


Poem by W.


Ventanas abiertas

sábado, 5 de julio de 2014


I. 

Leía el otro día en una novela de Simone de Beauvoir que la escritura es un estilo de vida. Aquello lo subrayé -como es sana costumbre en mí- a lápiz. Distancié el libro entreabierto. Me rasqué la coleta, después la barba y contemplé a las hormigas tras la cristalera de la cafetería. Portaban bolsas, se anclaban en sonrisas, corrían algunos a pasos febriles, otros al ralentí. Había pasas que agonizaban el fin de sus universos, lloros, sueños que eran arrastrados por madres preocupadas. Estuve así un tiempo y sin darme cuenta ya había pasado casi medio año. Al querer pagar, un pordiosero se me acercó y me contó todo su horror enlatado con el único suplicio de invitarle a un café. Pagué mi café y el suyo. El hombre, amablemente, me dio las gracias y yo le brindé con la suerte que andaría huidiza entre los altivos edificios de la ciudad cuyo rasgo fundamental era simular sombras ante los rincones de lucidez. Me senté en la guagua, me puse los cascos y extraje mi libreta. Efectivamente, tan solo había versos sueltos, pensares pensativos, juegos apalabrados. Me oxidaba. 

II. 

La observé desde la camilla. Percibía el teclear y me imaginaba que la redacción del informe médico era una partitura para piano de Pascal Comelade. Se giró. Me tumbé. Estiré las piernas, las hice girar, volcar, bajar, subir. Me volví a inclinar, a sentarme al borde de mi existencia. Ella volvió a teclear sobre el piano. Dio un suspiro en su silla giratoria y de pronto la vi de perfil mientras rellenaba algo a mano en mi abultado informe. 

-¿Tienes hermanos? 
- Sí, uno. 
- Y...
- ¡No, no! Él es todo lo contrario, un auténtico armario -le contesté, simulando con gestos cómo sería ser un mueble, con mofletes inflados inclusive. Reímos. 
- Se ve que te quedastes con todo lo malo. 
- Por suerte -sonreí. 

Contrastó informes anteriores y escaló en un tono mayor su voz: 

-Pues veo que más o menos te mantienes. Quizás la fatiga y el cansancio hayan pasado factura pero te veo igual que hace un año. 

No contesté. Sonreí. Nos despedimos. 

Al cruzar el umbral de la puerta de la sala de espera, contemplé cómo mi padre se acerca para tomar la voz periodística y cuyos interrogantes envuelven al deportista tras la encrucijada en cancha ajena. Respondes con disciplina, con un lenguaje cordial. Ya en el coche se fragmentan las palabras pero mi mente anda contemplando las nubes, las casas quedas, los transeúntes cuyas cestas esconden historias. 
Me despido por un instante. Me lanzo a la piscina, chapoteo, suspiro, cierro los ojos, me río al ver a los monitores enseñándoles los primeros nados a los niños en las calles a mis costados;  lo torpe que sueltan burbujas, suspiros, sonrisas. A la hora salgo del agua con la piscina casi vacía y el sol enredándose entre los contornos. Me saludan. Saludo. 

-¿Segundo asalto?
- En ello estoy. 

III. 


Lienzos rellenos. Guitarras expectantes. Papeles. Libros. Una canción de Alessio Arena. El gato, cansado de abrir cajones, dormitando sobre la silla. Contemplo la estancia. Tengo la manía de no conservar fotografías en toda mi estancia. Supongo que por miedo a que se caduquen en un color sepia. No conservo ni de mis seres más queridos, siquiera de mí mismo. Será por ello que me aparecen en sueños o en improbables ruedos de cabeza, en nostalgias pasajeras. A veces, en sueños, se me aparecen los fantasmas. Ahora, en horas estivales donde ha desaparecido el despertador y dormito hasta cuando el cuerpo o el tierno ronroneo me asalta con su húmedo hocico, suelo comprender los sueños. En uno de ellos aparecía mi abuela materna que era como mi madre. Llevaba un regalo para mí pero antes de entregármelo me cogió del brazo y me interrogó. 

- ¿Piensas en ella cuando te levantas?
- No. 
- ¿Al desayunar?
- Pues no. 
- ¿Cuando trabajas?
- Tampoco. 
- ¿Se te aparece en sueños?
- No. 

Sonrió, me dio un beso y me entregó el regalo. Lo abrí y contemplé que era un libro cuya portada era "El viejo y el nieto", de Domenico Ghirlandaio. No hallé título alguno, lo hojeé y no sabía lo que ponía. Pero al despertarme, supe lo que quería decir mi abuela. "Gracias", me dije y fue entonces cuando me llevé las manos a la cara y percibí con el tacto dos ríos que terminaban en mi barba. 





"El Louvre y sus visitantes", de Alécio de Andrade

viernes, 4 de julio de 2014



Cuerpos heterogéneos trasiegan por las salas del museo. Son niños expresionistas, jóvenes romanticistas, convencionales monjas de convento, miradas del renacimiento, góticas poses aburguesadas, lágrimas posmodernas, erráticos pasos surrealistas, Pop-Art en estado bruto, paradigmas del destiempo. El espectador desnuda su rol pasivo y se complementa con las obras sentiternas de Rembrandt, Rubens, Masaccio, Da Vinci o Jacques-Louis David. La rotura del molde preestablecido, adquirido con una cámara fotográfica, libera los cuerpos y las obras. Hay un diálogo vivo, un juego que se prolonga más allá del marco pactado.

Quien ha hendido en las reglas preestablecidas y hecho brotar el existencialismo de la mirada pulcra pero distante, ha sido el fotógrafo como poeta y pianista brasileño Alécio de Andrade (1938-2003). Este artista que se afincó en París, rondaba con su cámara las salas del Louvre durante casi cuatro décadas. Perspicaz, captó los instantes huidizos buscando en ellas un instante eterno, una fugacidad que determine la liberación revolucionaria, la ruptura in fraganti. Sin embargo, no desistió en cuidar la composición, los marcos de luz que hacen de sus más de 12.000 fotografías una recopilación cuya  genética se asemeja a una auténtica obra etnográfica, según lo define el propio Edgar Morin. No es descabellado, siquiera anómalo, hallar una confraternidad entre la obra de Alécio de Andrade y la de Julio Cortázar. Las imágenes de Andrade poseen un espíritu lúdico, ronda y rastrea -encuentra- lo fantástico en la realidad y exhibe un espejo infinito donde quien se posa frente a él cae por fuerza a ser una partícula más de la misma. "El Louvre y sus visitantes" es una exposición cuya vigencia traspasa los equilibrios cronometrados. Las obras de Alécio de Andrade son secuencias de un filme, de un relato literario donde el mundo se limita a las alargadas salas museísticas y en ella recorren los personajes sus latidos como en la autopista del Sur cortazario. 

Algunas obras de la exposición:







No, jo dic no

martes, 24 de junio de 2014


No,jo dic no,diguem no.Nosaltres no som d'eixe món.
-Raimon, en su canción "Diguem no" (1963)


La negación anda forjada de manera inextricable al rechazo, aunque nunca a la pérdida. A sazón de ello alumbra aún más aquella reflexión acunada en "El hombre rebelde", de Albert Camus. ¿Qué es un hombre rebelde?, se preguntaba el filósofo existencialista. Y a continuación respondía: Un hombre que dice no. 

A diario se percibe un Blitz atronador lanzado desde la intemperie de la inconsciencia del colectivo, de la monoteista y omnívora voz que uno auscultaba en filmes de Fritz Lang o en las novelas de George Orwell. Una voz metálica y gélida, cuyo rasgo fundamental es dictaminar la selección natural de las cosas en un mundo bífido, hecho palestra. El alambre, obtenido del trefilado iracundo que salpican las malas lenguas, segrega los universos en quienes se codean y asienten ante el universo preestablecido y correcto y en los que niegan y afirman aquella proclama brechtiana que rendía culto a la  reivindicación de la sensatez ante su ausencia en un universo, por ende, incorrecto. Unos tratan de someter a los otros desde la presteza de su estatus y valedores de verdades entrecomilladas pero aprobadas por el hombre masa de Ortega y Gasset. Son los líderes de la superestructura ideológica wallersteiniana o los intelectuales orgánicos de la clase dominante de Antonio Gramsci; son ciertos políticos, banqueros, economistas, periodistas, amigos, pareja, familiares, tu jefe del trabajo, la empleada del supermercado, anónimos transeúntes quienes intentan silenciar tu universo como quien le corta la lengua a Víctor Jara. El impositivo verbal inunda los calendarios del latido. El verbo hacer, como cabecilla de un conspiratorio Golpe de Estado ante la vida, le asalta a uno con una desnudez propia de playa Girón: estudia, trabaja, haz la compra, hazte la revisión, haz la declaración de hacienda, cásate, ten hijos, veranea aquí, lee esto, mira lo otro, sonríe, préstame atención, vótame, confía en mí, no hagas esto, sí lo otro, haz, haz, haz...

Pero hay quienes dicen no ante dicho monzón que dictamina los ciclos temporales del universo paralelo. Son quienes diciendo no, dicen a la par a su propio universo, no al ajeno. Son los que defienden en su trinchera un códice genético propio, con sus propias reglas espacio-temporales y con virtudes y dignidades hechas antítesis hegeliana. Ya lo decía el filósofo Slajov Zìzek en su obra "En defensa de la intolerancia": no todas las ideas deben ser respetables ni consentidas. Y cantar no es un saludable acto para acrecentar el limes preestablecido entre los dos mundos. Cantar no, como cantaba Raimon, es cantar contra el descrédito de la honradez, contra quienes pervierten las virtudes socráticas que son nuestra espina dorsal; cantar por la memoria, contra las cloacas y el desfalco, la codicia que inunda los bolsillos de en pantalones de Zara; es cantar contra pantallas atontadas, la desnutrición de la cultura y el exhibicionismo de lacras sociales que se galardonan unos apellidos a otros; cantar no es cantar contra a la ira y el delirio de botas perfumadas y deslices léxicos; cantar para acallar a Shakira y levantar fabelas de dignidad; cantar por venir del silencio.



Lo efímero de la danza: Carla Körbes




Head or Hells (Timothy Reckart)




 
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