Malditos domingos

domingo, 21 de octubre de 2018


Malditos y benditos domingos. Todavía con la sobria resaca de la última película de David Trueba y la lectura de los cuentos de Chimamanda Ngozi Adichie que levitan sobre la mesa de noche, el cuerpo se incorpora sin lamentos. La duda, empero, sobresalta al espectador. ¿Me he quedado dormido? Se percibe el silencio y la tibia luz del sol entre los costados de ese local que permanece abierto las 24 horas que es -nada más y nada menos- el solitario hogar. No, se rectifica el habitante, es un maldito y bendito domingo. Esos en los cuales se permanece todo el día en pijama, observa la cafetera italiana asfixiarse desprendiendo el aroma que invade la estancia mientras suena una canción de Morgan; donde la lectura se estanca en los diarios matinales como virtuales y padecen de la nostalgia cuyo vientre se reserva a digerir la pérdida, el olvido que -según el poeta Escandar Algeet- es una herida en la que nadie sangra. Anhela ser parte de ese juego entre Fernando Ramallo y Lucía Jiménez, la continuación de las cosas que en estos veinte años han desaparecido: cabinas de teléfono,  los cassettes, el VHS, los mapas de carreteras, los buzones de correos, las agendas de teléfono; el amor. 

La última película de David Trueba son como sus libros, un filme muy literario, humilde, de road-movie de dos personas que se encuentran cerca de los cuarenta en el Wisconsin español. Y me dejó abatido en la reflexión porque, a mis treinta y cinco, ya estoy a nada de estar con ellos. De hecho, los veo envejecidos en la pantalla desde que vi La buena vida o Krámpack. Igual que si continúas viendo Cuéntame cómo pasó o escuchas a tus amigos en el bar una noche de viernes refugiado por la primera oleada de lluvias que destroza tu pequeño huerto de albahacas. Es el símil del reflejo cada mañana de tu existencia en el baño mientras escuchas a Pepa Bueno en la radio. Y lo peor de todo es lo que decía certeramente Lucía Jiménez en el filme: "hay un día donde no te quedan fuerzas para leer lo que escriben de ti, para contradecirles, pelearte". Porque parece que los otros quieren que seas otra persona, según su cosmovisión o idea; se convierten en verbos impositivos porque, según ellos, hay edades o etapas donde debes renunciar a tus ideales o manera de vivir. Los otros nunca hacen autocrítica, una evaluación de sí mismos sino de los demás. Y llega ese instante donde -como a Lucía Jiménez- una guitarra puede llegar a juzgarte y pierdes el aliento. 

En estos malditos y benditos domingos sabes que nada alterará el orden habitado por el tiempo. Haces tu colada, limpias la casa, juegas con el gato, preparas el almuerzo mientras tomas un sorbo de vino tinto; tomarás la siesta y empezarás a trabajar en asuntos que el lunes exige antes de su horario laboral. Empero, no se puede empeñar los elementos que configuran la existencia de uno o traicionarse a uno mismo por la imposición de las agujas del reloj. Todavía me entusiasma la lectura hasta tener columnas de libros por toda la casa, cantar en silencio con la compañía de la guitarra, viajar en solitario, cocinar entre fogones, escribir en este blog (in)mundo para mí mismo, en los cuadernos; el cine, mis propias ideas. No, no puedo renunciar a todas estas cosas que me hacen sobrevivir un maldito y bendito domingo.





#37 Ana Moura - Desfado

miércoles, 17 de octubre de 2018


"Quiere el destino que no crea en el destino
y mi fado es no tener fado alguno.
Cantarlo bien sin ni siquiera haberlo sentido,
sentirlo como nadie, pero no tener ningún sentido.
¡Ay, qué tristeza esta alegría mía!
¡Ay, qué alegría esta tristeza tan grande!
Esperar que un día ya no espere
a aquél que nunca viene y que aquí estuvo presente.
¡Ay, qué añoranza
que tengo de añorar!
Añoranza de tener a alguien
que está aquí y no existe.
Sentirme triste por sentirme tan bien
y alegre, sentirme bien,
sólo por estar tan triste.
¡Ay, si yo pudiera no cantar, "si yo pudiera"!
Y lamentara no tener ningún lamento.
Tal vez oyera en el silencio que se haría
cantar una voz mía a alguien aquí dentro.
¡Ay, qué desgracia esta suerte que me ayuda!
¡Ay, pero qué suerte que viva tan desgraciada!
En la duda de que nada más seguro existe,
aparte de la gran duda de no estar segura de nada."


- Ana Moura & Pedro da Silva Martins 



Existía una milésima franja en el cosmos donde los cuerdos de vida recta y segura -símil de un calendario o una calefacción- no eran capaces de vivir en libertad y se aferraban a una almohada si dormitaban su cansancio en un silencio desnudo. Denominaban aventura a una estancia en un hotel de tres estrellas con desayuno incluido y un plano urbano brindado por el recepcionista. No dudaban jamás de la inexistencia de un mundo injusto y, de soslayo, se avergonzaban de los titulares matutinos en la radio. Cuidaban su dieta y la paz interior con el grosero pretexto de ser eternos y exclamaban en múltiples lenguajes el mismo idioma insípido como fraudulento de contenido. 

Empero, también estaban esos solitarios locos quienes tenían por patria un fado que revolucionaba durante todo el día en su vinilo interior. Aquellos que no compartían obra literaria sino consigo mismo y bailaban la madrugada ebria como un instante sin ser tiempo encopetado. Quienes fumaban bosques sabiendo que sus breves treinta y cinco años eran más que una eternidad y juraban todos los días no levantarse por tener resuelta su existencia con gracejo. Eran ánimas como cronopios que amaban sin fronteras y sabían con certeza que el destino era un invento de cuerdos, un espejismo de los que germinaban realidades falsas y ajusticiaban por imaginario propio a quienes no se amoldaban a sus impresoras. Ante las injusticias apedreaban la calle, colgaban gritos en sus terrazas y blindaban muros ante el invasor de lengua larga. Viajaban sin aventuras, a pleno pulmón a lugares no indicados en agencias de viajes, danzaban su tristeza y cantaban en soliloquio un fado alegre donde no había libro, niño o árbol que plantar. Sus vidas eran la feliz desgracia que todo cuerdo envidiaba. 


Desmayarse, atreverse, estar furioso

domingo, 23 de septiembre de 2018





"Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe."

- Lope de Vega, en "Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos" (1634)

Paul Auster, Nu-Jazz y los veranos perdidos

domingo, 26 de agosto de 2018



I.

Se fuman las elipsis de los calendarios. Ayer, en alta madrugada, terminé la novela 'Tombuctú', de Paul Auster. Eso sí, no sin percibir una leve punzaba en mi pecho. De cúbito supino y el tenue fulgor de la lámpara atravesando las sombras desde la mesa de noche, me quedé mirando al vacío pensando en 'Mr. Bones' y su travesía por un mundo hostil; el vagabundeo del aturdido poeta Willy G. Christmas, la soledad, el amor incondicional y el espíritu del azar austeriano desde la perspectiva de aquél perro. No sé la razón por la cual me emocioné tanto con esta breve lectura única. Quizá tenga que ver con la empatía o la asimilación con ese filme de Robert Bresson, Au hasard, Balthazar. Esa mirada cándida, neutra de un animal hacia un mundo humano donde resulta difícil -por no decir imposible- hallar el amor.  Contrariado me levanté para divagar por la oscura estancia, darle un sorbo a la gélida botella de agua, fumar el último cigarrillo del día y volver a abrir una nueva novela. Faltaría poco para que por fin los ojos se rindieran al cansancio. 


II. 

Me levanté tarde. Pese a los maullidos matinales y el frío hocico del gato, permanecí un rato en la cama con la cara desencajada y el cabello revuelto. Chasqueé, me retorcí, observé la hora y me dejé caer de nuevo. Percibía el aire enrarecido del final del verano. Le dí al play del jazz y comencé con los oficios dominicales. Se desprende la ropa de cuerdas sin acordes, se pasa la escoba, caen ráfagas de agua en la ducha y uno se acoge al aroma del café en la estancia. Salgo a la calle con el fulgor del verano presente y se compra el periódico, se tira la basura. De vuelta, el gato sigue dormitando a pata suelta. Literalmente. 


III.

Entre libros y paseos, prosigo adentrándome en un paraje hasta ahora poco conocido como es el género del Nu-Jazz. En realidad me encantan cantidad de géneros musicales y un sistema planetario como el jazz siempre ha sido el refugio par excellence. Con cascos similares a los de un cosmonauta percibo la armonía del beat del fallecido Nujabes y sus incursiones con le jazz hop; el grupo C2C con su fusión de blues y electro o bien Flamingosis que culmina con serenidad el chill a ritmo de funky y atrezzo jazzístico. Pero sin duda, quien abarca genio y posee una paleta repleta de imaginación es el joven marroquí SaiB, capaz de hacer del solo de Paul Desmond al saxo una escultura a base de beat como Didi Crazzz con Stan Getz. Bebop licuado con trazos de electro en estado puro. Nu, Acid, Hop, Fusion Jazz son ejemplos de la extinción de los ismos, la voladura de ejes cronológicos y bastidores en épocas líquidas como posmodernas. Es un sinsentido la frontera. 

IV.

Languidece un domingo estival. Cesa el calor con el atardecer. Se riegan plantas, se renuncia a los crucigramas. Toma posesión la nostalgia. Pienso que tan solo queda una semana para el año nuevo, el retorno a los ciclos y sus horarios. Y sin propósitos algunos, vaya. Pero también pienso en los veranos, en los de mi espalda y los venideros. Cada vez más solitarios con respecto al pasado, siguen siendo un simulacro del Tombuctú que imaginaba el poeta errante de la novela de Paul Auster. Salvando las distancias se parece a un subterfugio, un oasis en mitad de la vorágine masiva de la mundanidad. Un lugar donde el tiempo se desnuda de sus agujas y es eternidad, donde el ser no se imposta acorde al dictamen del lenguaje oficial. Recuerdo buenos veranos, algunos eternos que prometían ser el instante del fugitivo. Es como ese ejercicio de nostalgia de Mr Bones, una nostalgia donde uno se adentra al mundo de los muertos (vivientes). Evoco ese verano con un amigo extinto pescando, el otro a orillas de Las Canteras con mis abuelos leyendo revistas. El otro con las avispas en la Selva Negra y mi abuela muerta de miedo diciéndome "no te rías" y reír ambos a mandíbula batiente. O aquél otro donde devoraba libros en solitario (como ahora), daba mis brazadas en una piscina y un día como hoy (lo recuerdo porque era el aniversario de Julio Cortázar), me perdía por la costa catalana. Es curioso cómo la casualidad (lo siento Paul Auster, sé que no eres devoto de la casualidad) juega con uno. Porque era ponerme música Nu-Jazz de SaiB y saltar esa escena de aquella película que vi precisamente aquel año y volví a ver en su verano: El jardín de las palabras, de Makoto Shinkai. Y cómo, además, el filme se situaba en un verano. El mismo que recuerdo ahora, antes del año nuevo; del verano perdido. 





Los veranos

miércoles, 22 de agosto de 2018



Hay un litigio en la memoria
una alpargata bajo la cama
siestas tras el batido del espeso aire
silencios entre niños lejanos
libros con olor a salitre
un lienzo de sol 
y toldos que sacuden brisas
entre las cálidas sombras

Andenes de arena 
estelas y atardeceres atemporales
Manel sonando en la cocina
terrazas con sonajeros 
risas a lágrima viva
la soledad ante el arrugado mar
gemidos azules
ciudades escaldadas
gasóleo picando la nariz
turbinas serenas en un last call
cuentos trascendentes
que han quedado atrapados
en el último trago de vermut



Poem by W. 

No voy a ser yo

lunes, 20 de agosto de 2018



 "Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
- Julio Cortázar, en 'Rayuela', capítulo 93



Cuando leí en un mensaje que el mejor querer es cuando se ama ni mucho ni poco, me descompuse. Adoctrinado en el amor frommiano, nunca me consideré tan proselitista como quien se encontraba al otro lado de la diminuta pantalla -omnipresente en el éter de su dolorida y vitoreada elipsis capital- como para rebatir esa frase que condenaba a la luna al ostracismo posmoderno. Entonces, propio de mí, lo entendí todo con retardo. Comprendí por qué después de años desérticos me asaltaba y embadurnaba en afectos aplazados. Era la historia de siempre, de todos los amores truncados y que parecían reencarnaciones de novelas devoradas y filmes hologados: crisis existencial. Eso sí, opuesto a la pauta máxima que reza que siempre te llamarán cuando están en una situación de plena soledad, en mi caso me contactan cuando están en la supuesta plenitud de sus vidas coordenadas en pareja. Una salvedad hay y me alegro mucho por ello porque llevamos años que nos conocemos y entendemos nuestros universos paralelos. Pero en los otros casos, alicaído, derrotado, tuve que aplicar  el confinamiento de mí mismo en el mapa de Nunca Jamás.  Me afligía sobremanera que no atendieran a la memoria y más aún que después de lo escrito, cantado, viajado y vivido comiencen a jugar con tus sentimientos socavados, con etapas clausuradas. Parece que la empatía está ausente en este globo y no sopesan siquiera que toda palabra -como acto- tiene consecuencias. No se imaginan el dolor que causó que un ordenador, una medalla o una ciudad eran mejor expectativa vital que un concierto en el salón o un paisanaje labrado por forja mutua. Ni que te querían dejar vía mensaje un día antes de coger el avión y con billete en mano (y al retornar, en el aeropuerto, piense por los dos porque tú no sabes pensar y por tanto no te permiten opinar). Ni que te culparan de tu espera en isla ajena. No cabe ni qué decir de tu propia suerte que no se simula a las de ellas. 

Mi padre, cuando me vio en horas bajas, me regaló una libreta. "Para que escribas tus cuentos y poemas que me hacen llorar, cabrón" (lo de cabrón nunca lo dijo pero hubiera estado guay). Sin embargo, ellas mandaban recuerdos de sí mismas o de episodios pletóricos mientras a su vez exhibían  , paralelamente, el éxtasis de estar casadas o viajando con su consabido amor de por vida. Y peor aún, siempre rehuyendo en el diálogo de tus preguntas, como si no fueras un amigo sino un ente extraño, ajeno al compendio, un juglar que extraes de la gaveta según sus cautivos antojos. Lo triste de todo es que tuve que aprender que debo ser un poco como los protagonistas de las novelas de Nick Hornby. Y  asumir una advertencia ya leída en la novela de Julio Cortázar: que muchas personas eligen el amor. Debe ser como ir al Wall-Mart. Sopesan beneficios y pérdidas, especulan el valor con banalidad aprobatoria y escogen de la estantería un amor rentable y tasado reconocidamente en el mundo ordinario. Un amor que no sea para amar ni mucho ni poco, que entre por los ojos -nunca por el aparato digestivo- y se entregue al placebo del consumo -regalos, casa, viajes, niños, seguro, compañía- pagado a corto plazo. Un amor made in China

Apesadumbrado, proscrito, convivo con los souvenires de amores pasados en mi vera. No conservan daños sino que todavía reavivan la memoria y sonrío con ellos. En algún lejano hostal de Madrid seguirá escrito un amor que se pensaba eterno. Arrecife alberga ecos de carcajadas alrededor del charco. La avenida marítima de mi ciudad fue escenario de un film de Erich Rohmer. Son instantáneas que estaban por pasar y aposento en mí y mi eternidad. Empero, también pienso que qué bien cómo estoy así en mi vera, a solas. No me hubiera gustado ser un amor made in China. Tuve suerte de seguir en la vera del arte y la humilde como sincera desobediencia frente la vida ordenada y precalentada con cenas en restaurantes y celebraciones a golpe de mainstream. Hacer y deshacer lo que quiera, viajar como Robinson, ser una canción de Kevin Johansen, ver y leer lo que quiera. Irme a acostar a las tres de la mañana -como ahora- y, sobre todo, "no ser nada de lo que te pidan que seas si no te lo pide el alma", como decía Javier Ruibal.





Johnny Guitar (1954)

viernes, 17 de agosto de 2018


There’s nothing like a good smoke and a cup of coffee. You  know, some men got the craving for gold and silver, others need lots of land with herds of cattle, and there’s those that got their weakness for whiskey and for women. When you boil it all down, what does a man really need? Just a smoke and cup of coffee.
          Johnny Guitar (Sterling Hayden), en 'Johnny Guitar', 1954



Nunca creyó en la suerte. Pero le encanta el sonido de la ruleta. Observa a uno de sus crupiers leyendo un periódico de hace un mes y éste le contesta que le gusta saber lo que pasa en el mundo. Un mundo donde el ferrocarril (el progreso) sigue siendo una ilusión; donde figuras extraídas de una obra teatral de Arthur Miller merodean entre tormentas de arena y noches huérfanas de miríadas. Un mundo donde la codicia, los celos, las envidias imperan estrangulando a la par la justicia, la virtud y los más nobles sentimientos del ser humano. Un mundo, en definitiva, hostil y desgarrador. Ahora, atrincherada contra una pared rocosa y tocando en el piano aquella melodía de Peggy Lee, Johnny Guitar, Vianna (Joan Crawford) espera la irrupción en su casa de una hornada de lúgubres hombres liderados por la iracunda Emma (Mercedes McCambridge) y su sentencia. No huye de su destino. Desliza sus dedos sobre las teclas del piano como un último suspiro, un epílogo, la inscripción lapidaria, el sístole y su diástole. Es el recuerdo y a su vez la insignia, el sentido de su vida al cual se aferra: Johnny Guitar. 

Johnny Guitar (Sterling Hayden) sorbe del whisky ante el insomnio y la mirada atenta de Vianna (Joan Crawford)
Las múltiples lecturas solapadas del filme Johnny Guitar (1954), dirigida por Nicholas Ray, así como la ruptura con el género del western más convencional tomada ahora como arma arrojadiza contra la America más retrógrada y despiadada, marca un evidente punto de inflexión y se eleva como una referencia obligatoria en el cosmos del cine. No es extraño que el gran cineasta y crítico de cine Jean Luc-Godard llegara a declarar que "el cine es Nicholas Ray" o que él mismo junto con Truffaut o Pedro Almodóvar incluyeran sendos tributos a la cinta de Ray en sus propias obras cinematográficas. En una época donde la sociedad estadounidense padecía la asfixia de la libertad y temía la pérdida de los derechos civiles ante una esquizofrénica caza de brujas propiciada por el senador Joseph McCarthy, el ingenio cobró forma para denunciar la persecución como los métodos irregulares y las argucias de McCarthy y sus secuaces. Mientras el célebre Arthur Miller estrenaba su obra teatral Las Brujas de Salem y Fred Zinnemann postulaba a Gary Cooper Sólo ante el peligro (High Noon, 1952), Nicholas Ray -cuya vida no fue precisamente un camino enlosado- va más allá con su obra Johnny Guitar. No solamente es una clara alegoría contra el mccarthismo, sino que opera como reactor para condenar la opresión sexual en varios planos (la homosexualidad, así como la figura de la mujer), la plasmación de dos Americas antagónicas -como también volverá a vislumbrarse en multitud de filmes posteriores (pienso en la Jauría Humana, de Arthur Penn; o Easy Rider, de Dennis Hooper)- y  el constante juego o pugna de la extrínseca relación entre personajes buenos declarados malos y malos declarados buenos, tal y como ya se aprecia en otros filmes suyos como el imborrable En un lugar solitario (1950), Los amantes de la noche (1948) o su más célebre obra junto a Johhny Guitar, Rebelde sin causa (1955).

Inaudito hasta aquél entonces, Ray delega el protagonismo en dos mujeres en un mundo, el del western, dominado por los hombres y con showdown incluido. A diferencia de obras como las de Fritz Lang y La encubridora (1952), las protagonistas son de un perfil dominante, de acción, visten como vaqueros y son libres de cualquier opresión. Vianna, la propietaria de un saloon, se encuentra en abierto conflicto con los aldeanos de un olvidado valle y su líder, Emma. Dicho choque no se debe a la aspiración por adquirir riquezas, prestigio o poder, sino por ansiedades pulsativas, sentimientos que se encuentran reprimidos (como en la sociedad estadounidense del momento) y remarca el director del filme con el juego cromático gracias al uso del technicolor. Toda una red compleja entre personajes con perfiles psicológicamente dispares y yuxtapuestos por el director hacen que el espectador no se desenganche del hilo narrativo. El gran acierto es ubicar al forastero -Johnny Guitar (Sterling Hayden)- con aires misteriosos al principio de la cinta y esperar una acción suya. ¿Cuándo intervendrá? O bien la del sherriff de la aldea. ¿Será capaz de contener la locura de Emma volcada en los aldeanos que ceden a su favor por redención colectiva? Los ingeniosos diálogos y el juego de cámara con su composición fotográfica favorecen aún más el maderamen de tensión y transmite la agonía -casi claustrofóbica- hasta concebir, bajo un plomizo atardecer, una amenaza constante. Curiosamente Truffaut llegó a observar que en todas las películas de Nicholas Ray aparece un atardecer. Un atardecer que indica el desenlace de la confrontación, el momento culmen de sus obras. La genialidad de Nicholas Ray abrió paso a un nuevo cine y el miembro como cineasta de la nouvelle vague confesó, sin titubear, que Ray "era el poeta de los atardeceres. Pero claro, todo está permitido en Hollywood, a excepción de la poesía".





Ficha técnica:

Título: Johnny Guitar 
Año: 1954
País: EEUU
Director: Nicholas Ray
Guión: Philip Jordan (Novela de Roy Chanslor)
Música: Victor Young + Peggy Lee
Fotografía: Harry Stradling 
Reparto: Joan Crawford, Sterling Hayden, Scott Brady, Mercedes McCambridge, Ward Bond, Ernest Borgnine, John Carradine, Royal Dano, Ben Cooper
Productora: Republic Pictures


 
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