Porto (2016)

viernes, 8 de septiembre de 2017


Si las almas perduran desde la eternidad, ¿cómo las puede contener el aire?

- Marco Aurelio, en sus "Meditaciones", Libro IV.


Se agita el ambiente con un embriagador Shake it baby en la voz de John Lee Hooker mientras la cámara rueda con parsimonia el hallazgo del cruce de miradas. Las figuras ubicadas como  atrezzo en un café extraído de una cinta de Jean Luc Godard posan absortos en sus diminutos mundos pero para esas dos almas, exiliadas en una ciudad como Oporto, cuelgan en una tensión que el destino titula como una declaración de principios en sus individuales desencantos cósmicos, como una huída que no precisa de una premeditada como calculada reflexión aupadas en maderámenes de rebajas. Lentamente, un hombre con cazadora a cuadros, semejante a un personaje que padeció más de 400 golpes o vagaba por oscuros nidos de ratas configurados por Elia Kazan, se levanta de una diminuta mesa y, con un andar torcido, dubitativo, se acerca a la mesa de una mujer que sostiene un cigarrillo, a la par que una seductora sonrisa. Evitando el surgimiento tormentoso de tópicos, Mati (prometedora Lucie Lucas) le pregunta al extraño Jake Kleeman (excelente Anton Yelchin, actor que falleció prematuramente el año pasado), de huir hacia la oscuridad de la ciudad para revelar una instantánea capaz de tatuarse y convertirse en un recuerdo como cartucho ante el olvido y la desesperación que les surgirá posteriormente. 

Mati y Jake, en el filme "Porto". 
El filme del crítico y director de cine brasileño Gabe Klinger, "Porto" (2016), es una encuadernación de aquellos destellos que brinda la vida y se conservan como recuerdos vitales en los individuos que huyen de una existencia ordenada como insípida. A modo de un pastiche cinematográfico apoteósico, Klinger relata con una narrativa propia de la ópera punk -en tres capítulos que hilados entre sí se distan, como la memoria, individuales- la historia de un encuentro de amor pasional entre dos apátridas como son Mati y Jake en la ciudad portuguesa de Oporto. No es de extrañar la presencia de la noche y las azuladas trilladoras del amanecer y atardecer teniendo a -nada más y nada menos- que Jim Jarmusch como productor ejecutivo de este filme que destila elementos de la nouvelle vague por todos los poros. Por ende, es gracias al uso de sendos formatos cinematográficos como la Super 8, 35 y 16 milímetros, respectivamente por la cual se mima la estética que toma una mayor relevancia que un guión que aparentemente suena banal. La textura como iluminación de la cinta conforma una  auténtica paleta que sirve como alegoría y declaración de amor por el cine en celuloide. Las panorámicas establecidas en los focos de la intimidad, el formato 4:3 para incluir en la cinta la ciudad y sus nimios elementos como partícipe de la memoria y de la historia, permiten simular el recuerdo y el instante de dos almas como un acontecimiento culminante y deja a los personajes secundarios en el limes de la indiferencia del espectador. La naturalidad en la cual se conservan las escenas de sexo apasionado y el lenguaje corporal de los personajes envueltos en esta historia son otro logro que aumentan el mérito de Klinge al narrar esta historia romántica que toca con las yemas de los dedos la realidad codeada de quien se adentra en esta película. 

El primer encuentro de Mati y Jake
Resulta igual de confortable la lectura del guión, también escrito por Gabe Klinger junto con Larry Gross. Es decir, el personaje de Jake Kleeman y Mati Vargnier, dos almas perdidas en una ciudad extraña y diminuta en el mapa de sus existencias. El primero un trasnochado e introvertido chico que sobrevive con lecturas y la compañía de su perro ante la amenaza de ser engullido en todo momento por la  ciudad y sus sombras. Mientras, Mati es una chica que, a diferencia de Jake, sigue los cánones establecidos por la sociedad posmoderna. La zona, el instante de pocas horas en las cuales se envolverán ambas almas, es una escapada pero con pasaje de vuelta. Saben, sin querer saberlo, que será un instante donde el amor se declarará como pasional, como un fenómeno natural que no es digna de poseer raciocinio, siquiera argumentación o explicación alguna. Es un sentir que no se construye y se tilda de locura. Empero, sin que menten lo seguro, una vez de vuelta al día posterior tendrán que separarse de manera violenta por la arquitectura de los cuerpos cuya existencia da cabida a una sociedad reacia a los sentidos y simpatizante como apólogo de la sociedad vacua pero políticamente correcta, insulsa. 

Y sin embargo, mientras las teclas de un piano simulan la lluvia como metáfora del sentir interno, una Mati -que en apariencia lo tiene todo- sostiene un paraguas rojo y se planta como una tacha frente a un escaparate. Adentra la mirada que recoge una cámara desde el interior. Vislumbra, tras años, ese instante que dio -quizá- cierto sentido a su existencia o que comulgó, al menos, con otro ser. El suspiro es un recuerdo. 




Ficha técnica: 

Título: Porto
Año: 2016
País: Portugal
Director: Gabe Klinger
Guión: Larry Gross, Gabe Klinger
Música: Emahoy Tsegué, Maryam Guèbrou (+tema de John Lee Hooker)
Fotografía: Wyatt Garfield
Reparto: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Clarté, Chantal Ackerman, Françoise Lebrun
Productora: Coproducción Portugal-Francia-USA; Bando à Parte / Gladys Glover / Double Play Films

Conversaciones secretas con Joaquín Sabina

domingo, 3 de agosto de 2014




Pentagramas para noches insomnes

miércoles, 23 de julio de 2014


En la métrica del insomnio se anidan los párpados en la butaca de la noche, proyectando jaulas de papel tras hileras plateadas.
Partituras de pasaporte.

















#36 Nacha Pop - Persiguiendo sombras (1987)

miércoles, 9 de julio de 2014



Busco algo más que un perfil
es tan distinto a tí
no puedo distinguir
no, tu voz
dentro de mí
está diciendo: ¿qué hago aquí?
Este es un frío país





Jabones de suspiros
sustentan al abrigado cuerpo tejido a su sombra
bailando a 33 revoluciones por minuto
sobre la acera entregada a la permuta
de los horarios grabados en braille

Se fuma la torcedura de los semáforos
que los demás señalan esdrújulos idóneos
para una vida recta, de suplemento dominical

Al final cae una lluvia de verano
y la boca entreabierta se nutre del cielo
apaga serenamente el motor de sus ojos
y baila la locura en soledad
al borde de la ciudad, frente al mar

Y abatido sonríe
rebobinando su propia película
bajo los toldos de la noche
las instantáneas de un universo fracturado
pero parpadeante
sobre postales apalabradas
que sostienen como dique
los ríos que borran
tu geografía.


Poem by W.


Ventanas abiertas

sábado, 5 de julio de 2014


I. 

Leía el otro día en una novela de Simone de Beauvoir que la escritura es un estilo de vida. Aquello lo subrayé -como es sana costumbre en mí- a lápiz. Distancié el libro entreabierto. Me rasqué la coleta, después la barba y contemplé a las hormigas tras la cristalera de la cafetería. Portaban bolsas, se anclaban en sonrisas, corrían algunos a pasos febriles, otros al ralentí. Había pasas que agonizaban el fin de sus universos, lloros, sueños que eran arrastrados por madres preocupadas. Estuve así un tiempo y sin darme cuenta ya había pasado casi medio año. Al querer pagar, un pordiosero se me acercó y me contó todo su horror enlatado con el único suplicio de invitarle a un café. Pagué mi café y el suyo. El hombre, amablemente, me dio las gracias y yo le brindé con la suerte que andaría huidiza entre los altivos edificios de la ciudad cuyo rasgo fundamental era simular sombras ante los rincones de lucidez. Me senté en la guagua, me puse los cascos y extraje mi libreta. Efectivamente, tan solo había versos sueltos, pensares pensativos, juegos apalabrados. Me oxidaba. 

II. 

La observé desde la camilla. Percibía el teclear y me imaginaba que la redacción del informe médico era una partitura para piano de Pascal Comelade. Se giró. Me tumbé. Estiré las piernas, las hice girar, volcar, bajar, subir. Me volví a inclinar, a sentarme al borde de mi existencia. Ella volvió a teclear sobre el piano. Dio un suspiro en su silla giratoria y de pronto la vi de perfil mientras rellenaba algo a mano en mi abultado informe. 

-¿Tienes hermanos? 
- Sí, uno. 
- Y...
- ¡No, no! Él es todo lo contrario, un auténtico armario -le contesté, simulando con gestos cómo sería ser un mueble, con mofletes inflados inclusive. Reímos. 
- Se ve que te quedastes con todo lo malo. 
- Por suerte -sonreí. 

Contrastó informes anteriores y escaló en un tono mayor su voz: 

-Pues veo que más o menos te mantienes. Quizás la fatiga y el cansancio hayan pasado factura pero te veo igual que hace un año. 

No contesté. Sonreí. Nos despedimos. 

Al cruzar el umbral de la puerta de la sala de espera, contemplé cómo mi padre se acerca para tomar la voz periodística y cuyos interrogantes envuelven al deportista tras la encrucijada en cancha ajena. Respondes con disciplina, con un lenguaje cordial. Ya en el coche se fragmentan las palabras pero mi mente anda contemplando las nubes, las casas quedas, los transeúntes cuyas cestas esconden historias. 
Me despido por un instante. Me lanzo a la piscina, chapoteo, suspiro, cierro los ojos, me río al ver a los monitores enseñándoles los primeros nados a los niños en las calles a mis costados;  lo torpe que sueltan burbujas, suspiros, sonrisas. A la hora salgo del agua con la piscina casi vacía y el sol enredándose entre los contornos. Me saludan. Saludo. 

-¿Segundo asalto?
- En ello estoy. 

III. 


Lienzos rellenos. Guitarras expectantes. Papeles. Libros. Una canción de Alessio Arena. El gato, cansado de abrir cajones, dormitando sobre la silla. Contemplo la estancia. Tengo la manía de no conservar fotografías en toda mi estancia. Supongo que por miedo a que se caduquen en un color sepia. No conservo ni de mis seres más queridos, siquiera de mí mismo. Será por ello que me aparecen en sueños o en improbables ruedos de cabeza, en nostalgias pasajeras. A veces, en sueños, se me aparecen los fantasmas. Ahora, en horas estivales donde ha desaparecido el despertador y dormito hasta cuando el cuerpo o el tierno ronroneo me asalta con su húmedo hocico, suelo comprender los sueños. En uno de ellos aparecía mi abuela materna que era como mi madre. Llevaba un regalo para mí pero antes de entregármelo me cogió del brazo y me interrogó. 

- ¿Piensas en ella cuando te levantas?
- No. 
- ¿Al desayunar?
- Pues no. 
- ¿Cuando trabajas?
- Tampoco. 
- ¿Se te aparece en sueños?
- No. 

Sonrió, me dio un beso y me entregó el regalo. Lo abrí y contemplé que era un libro cuya portada era "El viejo y el nieto", de Domenico Ghirlandaio. No hallé título alguno, lo hojeé y no sabía lo que ponía. Pero al despertarme, supe lo que quería decir mi abuela. "Gracias", me dije y fue entonces cuando me llevé las manos a la cara y percibí con el tacto dos ríos que terminaban en mi barba. 





"El Louvre y sus visitantes", de Alécio de Andrade

viernes, 4 de julio de 2014



Cuerpos heterogéneos trasiegan por las salas del museo. Son niños expresionistas, jóvenes romanticistas, convencionales monjas de convento, miradas del renacimiento, góticas poses aburguesadas, lágrimas posmodernas, erráticos pasos surrealistas, Pop-Art en estado bruto, paradigmas del destiempo. El espectador desnuda su rol pasivo y se complementa con las obras sentiternas de Rembrandt, Rubens, Masaccio, Da Vinci o Jacques-Louis David. La rotura del molde preestablecido, adquirido con una cámara fotográfica, libera los cuerpos y las obras. Hay un diálogo vivo, un juego que se prolonga más allá del marco pactado.

Quien ha hendido en las reglas preestablecidas y hecho brotar el existencialismo de la mirada pulcra pero distante, ha sido el fotógrafo como poeta y pianista brasileño Alécio de Andrade (1938-2003). Este artista que se afincó en París, rondaba con su cámara las salas del Louvre durante casi cuatro décadas. Perspicaz, captó los instantes huidizos buscando en ellas un instante eterno, una fugacidad que determine la liberación revolucionaria, la ruptura in fraganti. Sin embargo, no desistió en cuidar la composición, los marcos de luz que hacen de sus más de 12.000 fotografías una recopilación cuya  genética se asemeja a una auténtica obra etnográfica, según lo define el propio Edgar Morin. No es descabellado, siquiera anómalo, hallar una confraternidad entre la obra de Alécio de Andrade y la de Julio Cortázar. Las imágenes de Andrade poseen un espíritu lúdico, ronda y rastrea -encuentra- lo fantástico en la realidad y exhibe un espejo infinito donde quien se posa frente a él cae por fuerza a ser una partícula más de la misma. "El Louvre y sus visitantes" es una exposición cuya vigencia traspasa los equilibrios cronometrados. Las obras de Alécio de Andrade son secuencias de un filme, de un relato literario donde el mundo se limita a las alargadas salas museísticas y en ella recorren los personajes sus latidos como en la autopista del Sur cortazario. 

Algunas obras de la exposición:







No, jo dic no

martes, 24 de junio de 2014


No,jo dic no,diguem no.Nosaltres no som d'eixe món.
-Raimon, en su canción "Diguem no" (1963)


La negación anda forjada de manera inextricable al rechazo, aunque nunca a la pérdida. A sazón de ello alumbra aún más aquella reflexión acunada en "El hombre rebelde", de Albert Camus. ¿Qué es un hombre rebelde?, se preguntaba el filósofo existencialista. Y a continuación respondía: Un hombre que dice no. 

A diario se percibe un Blitz atronador lanzado desde la intemperie de la inconsciencia del colectivo, de la monoteista y omnívora voz que uno auscultaba en filmes de Fritz Lang o en las novelas de George Orwell. Una voz metálica y gélida, cuyo rasgo fundamental es dictaminar la selección natural de las cosas en un mundo bífido, hecho palestra. El alambre, obtenido del trefilado iracundo que salpican las malas lenguas, segrega los universos en quienes se codean y asienten ante el universo preestablecido y correcto y en los que niegan y afirman aquella proclama brechtiana que rendía culto a la  reivindicación de la sensatez ante su ausencia en un universo, por ende, incorrecto. Unos tratan de someter a los otros desde la presteza de su estatus y valedores de verdades entrecomilladas pero aprobadas por el hombre masa de Ortega y Gasset. Son los líderes de la superestructura ideológica wallersteiniana o los intelectuales orgánicos de la clase dominante de Antonio Gramsci; son ciertos políticos, banqueros, economistas, periodistas, amigos, pareja, familiares, tu jefe del trabajo, la empleada del supermercado, anónimos transeúntes quienes intentan silenciar tu universo como quien le corta la lengua a Víctor Jara. El impositivo verbal inunda los calendarios del latido. El verbo hacer, como cabecilla de un conspiratorio Golpe de Estado ante la vida, le asalta a uno con una desnudez propia de playa Girón: estudia, trabaja, haz la compra, hazte la revisión, haz la declaración de hacienda, cásate, ten hijos, veranea aquí, lee esto, mira lo otro, sonríe, préstame atención, vótame, confía en mí, no hagas esto, sí lo otro, haz, haz, haz...

Pero hay quienes dicen no ante dicho monzón que dictamina los ciclos temporales del universo paralelo. Son quienes diciendo no, dicen a la par a su propio universo, no al ajeno. Son los que defienden en su trinchera un códice genético propio, con sus propias reglas espacio-temporales y con virtudes y dignidades hechas antítesis hegeliana. Ya lo decía el filósofo Slajov Zìzek en su obra "En defensa de la intolerancia": no todas las ideas deben ser respetables ni consentidas. Y cantar no es un saludable acto para acrecentar el limes preestablecido entre los dos mundos. Cantar no, como cantaba Raimon, es cantar contra el descrédito de la honradez, contra quienes pervierten las virtudes socráticas que son nuestra espina dorsal; cantar por la memoria, contra las cloacas y el desfalco, la codicia que inunda los bolsillos de en pantalones de Zara; es cantar contra pantallas atontadas, la desnutrición de la cultura y el exhibicionismo de lacras sociales que se galardonan unos apellidos a otros; cantar no es cantar contra a la ira y el delirio de botas perfumadas y deslices léxicos; cantar para acallar a Shakira y levantar fabelas de dignidad; cantar por venir del silencio.



 
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