No voy a ser yo

lunes, 20 de agosto de 2018



 "Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
- Julio Cortázar, en 'Rayuela', capítulo 93



Cuando leí en un mensaje que el mejor querer es cuando se ama ni mucho ni poco, me descompuse. Adoctrinado en el amor frommiano, nunca me consideré tan proselitista como quien se encontraba al otro lado de la diminuta pantalla -omnipresente en el éter de su dolorida y vitoreada elipsis capital- como para rebatir esa frase que condenaba a la luna al ostracismo posmoderno. Entonces, propio de mí, lo entendí todo con retardo. Comprendí por qué después de años desérticos me asaltaba y embadurnaba en afectos aplazados. Era la historia de siempre, de todos los amores truncados y que parecían reencarnaciones de novelas devoradas y filmes hologados: crisis existencial. Eso sí, opuesto a la pauta máxima que reza que siempre te llamarán cuando están en una situación de plena soledad, en mi caso me contactan cuando están en la supuesta plenitud de sus vidas coordenadas en pareja. Una salvedad hay y me alegro mucho por ello porque llevamos años que nos conocemos y entendemos nuestros universos paralelos. Pero en los otros casos, alicaído, derrotado, tuve que aplicar  el confinamiento de mí mismo en el mapa de Nunca Jamás.  Me afligía sobremanera que no atendieran a la memoria y más aún que después de lo escrito, cantado, viajado y vivido comiencen a jugar con tus sentimientos socavados, con etapas clausuradas. Parece que la empatía está ausente en este globo y no sopesan siquiera que toda palabra -como acto- tiene consecuencias. No se imaginan el dolor que causó que un ordenador, una medalla o una ciudad eran mejor expectativa vital que un concierto en el salón o un paisanaje labrado por forja mutua. Ni que te querían dejar vía mensaje un día antes de coger el avión y con billete en mano (y al retornar, en el aeropuerto, piense por los dos porque tú no sabes pensar y por tanto no te permiten opinar). Ni que te culparan de tu espera en isla ajena. No cabe ni qué decir de tu propia suerte que no se simula a las de ellas. 

Mi padre, cuando me vio en horas bajas, me regaló una libreta. "Para que escribas tus cuentos y poemas que me hacen llorar, cabrón" (lo de cabrón nunca lo dijo pero hubiera estado guay). Sin embargo, ellas mandaban recuerdos de sí mismas o de episodios pletóricos mientras a su vez exhibían  , paralelamente, el éxtasis de estar casadas o viajando con su consabido amor de por vida. Y peor aún, siempre rehuyendo en el diálogo de tus preguntas, como si no fueras un amigo sino un ente extraño, ajeno al compendio, un juglar que extraes de la gaveta según sus cautivos antojos. Lo triste de todo es que tuve que aprender que debo ser un poco como los protagonistas de las novelas de Nick Hornby. Y  asumir una advertencia ya leída en la novela de Julio Cortázar: que muchas personas eligen el amor. Debe ser como ir al Wall-Mart. Sopesan beneficios y pérdidas, especulan el valor con banalidad aprobatoria y escogen de la estantería un amor rentable y tasado reconocidamente en el mundo ordinario. Un amor que no sea para amar ni mucho ni poco, que entre por los ojos -nunca por el aparato digestivo- y se entregue al placebo del consumo -regalos, casa, viajes, niños, seguro, compañía- pagado a corto plazo. Un amor made in China

Apesadumbrado, proscrito, convivo con los souvenires de amores pasados en mi vera. No conservan daños sino que todavía reavivan la memoria y sonrío con ellos. En algún lejano hostal de Madrid seguirá escrito un amor que se pensaba eterno. Arrecife alberga ecos de carcajadas alrededor del charco. La avenida marítima de mi ciudad fue escenario de un film de Erich Rohmer. Son instantáneas que estaban por pasar y aposento en mí y mi eternidad. Empero, también pienso que qué bien cómo estoy así en mi vera, a solas. No me hubiera gustado ser un amor made in China. Tuve suerte de seguir en la vera del arte y la humilde como sincera desobediencia frente la vida ordenada y precalentada con cenas en restaurantes y celebraciones a golpe de mainstream. Hacer y deshacer lo que quiera, viajar a solas, ver y leer lo que quiera. Irme a acostar a las tres de la mañana -como ahora- y, sobre todo, "no ser nada de lo que te pidan que seas si no te lo pide el alma", como decía Javier Ruibal. Ser una canción de Kevin Johansen.

P.D. : A ver si pillan la dualidad, el magistral juego de palabras de Kevin Johansen ;)




Johnny Guitar (1954)

viernes, 17 de agosto de 2018


There’s nothing like a good smoke and a cup of coffee. You  know, some men got the craving for gold and silver, others need lots of land with herds of cattle, and there’s those that got their weakness for whiskey and for women. When you boil it all down, what does a man really need? Just a smoke and cup of coffee.
          Johnny Guitar (Sterling Hayden), en 'Johnny Guitar', 1954



Nunca creyó en la suerte. Pero le encanta el sonido de la ruleta. Observa a uno de sus crupiers leyendo un periódico de hace un mes y éste le contesta que le gusta saber lo que pasa en el mundo. Un mundo donde el ferrocarril (el progreso) sigue siendo una ilusión; donde figuras extraídas de una obra teatral de Arthur Miller merodean entre tormentas de arena y noches huérfanas de miríadas. Un mundo donde la codicia, los celos, las envidias imperan estrangulando a la par la justicia, la virtud y los más nobles sentimientos del ser humano. Un mundo, en definitiva, hostil y desgarrador. Ahora, atrincherada contra una pared rocosa y tocando en el piano aquella melodía de Peggy Lee, Johnny Guitar, Vianna (Joan Crawford) espera la irrupción en su casa de una hornada de lúgubres hombres liderados por la iracunda Emma (Mercedes McCambridge) y su sentencia. No huye de su destino. Desliza sus dedos sobre las teclas del piano como un último suspiro, un epílogo, la inscripción lapidaria, el sístole y su diástole. Es el recuerdo y a su vez la insignia, el sentido de su vida al cual se aferra: Johnny Guitar. 

Johnny Guitar (Sterling Hayden) sorbe del whisky ante el insomnio y la mirada atenta de Vianna (Joan Crawford)
Las múltiples lecturas solapadas del filme Johnny Guitar (1954), dirigida por Nicholas Ray, así como la ruptura con el género del western más convencional tomada ahora como arma arrojadiza contra la America más retrógrada y despiadada, marca un evidente punto de inflexión y se eleva como una referencia obligatoria en el cosmos del cine. No es extraño que el gran cineasta y crítico de cine Jean Luc-Godard llegara a declarar que "el cine es Nicholas Ray" o que él mismo junto con Truffaut o Pedro Almodóvar incluyeran sendos tributos a la cinta de Ray en sus propias obras cinematográficas. En una época donde la sociedad estadounidense padecía la asfixia de la libertad y temía la pérdida de los derechos civiles ante una esquizofrénica caza de brujas propiciada por el senador Joseph McCarthy, el ingenio cobró forma para denunciar la persecución como los métodos irregulares y las argucias de McCarthy y sus secuaces. Mientras el célebre Arthur Miller estrenaba su obra teatral Las Brujas de Salem y Fred Zinnemann postulaba a Gary Cooper Sólo ante el peligro (High Noon, 1952), Nicholas Ray -cuya vida no fue precisamente un camino enlosado- va más allá con su obra Johnny Guitar. No solamente es una clara alegoría contra el mccarthismo, sino que opera como reactor para condenar la opresión sexual en varios planos (la homosexualidad, así como la figura de la mujer), la plasmación de dos Americas antagónicas -como también volverá a vislumbrarse en multitud de filmes posteriores (pienso en la Jauría Humana, de Arthur Penn; o Easy Rider, de Dennis Hooper)- y  el constante juego o pugna de la extrínseca relación entre personajes buenos declarados malos y malos declarados buenos, tal y como ya se aprecia en otros filmes suyos como el imborrable En un lugar solitario (1950), Los amantes de la noche (1948) o su más célebre obra junto a Johhny Guitar, Rebelde sin causa (1955).

Inaudito hasta aquél entonces, Ray delega el protagonismo en dos mujeres en un mundo, el del western, dominado por los hombres y con showdown incluido. A diferencia de obras como las de Fritz Lang y La encubridora (1952), las protagonistas son de un perfil dominante, de acción, visten como vaqueros y son libres de cualquier opresión. Vianna, la propietaria de un saloon, se encuentra en abierto conflicto con los aldeanos de un olvidado valle y su líder, Emma. Dicho choque no se debe a la aspiración por adquirir riquezas, prestigio o poder, sino por ansiedades pulsativas, sentimientos que se encuentran reprimidos (como en la sociedad estadounidense del momento) y remarca el director del filme con el juego cromático gracias al uso del technicolor. Toda una red compleja entre personajes con perfiles psicológicamente dispares y yuxtapuestos por el director hacen que el espectador no se desenganche del hilo narrativo. El gran acierto es ubicar al forastero -Johnny Guitar (Sterling Hayden)- con aires misteriosos al principio de la cinta y esperar una acción suya. ¿Cuándo intervendrá? O bien la del sherriff de la aldea. ¿Será capaz de contener la locura de Emma volcada en los aldeanos que ceden a su favor por redención colectiva? Los ingeniosos diálogos y el juego de cámara con su composición fotográfica favorecen aún más el maderamen de tensión y transmite la agonía -casi claustrofóbica- hasta concebir, bajo un plomizo atardecer, una amenaza constante. Curiosamente Truffaut llegó a observar que en todas las películas de Nicholas Ray aparece un atardecer. Un atardecer que indica el desenlace de la confrontación, el momento culmen de sus obras. La genialidad de Nicholas Ray abrió paso a un nuevo cine y el miembro como cineasta de la nouvelle vague confesó, sin titubear, que Ray "era el poeta de los atardeceres. Pero claro, todo está permitido en Hollywood, a excepción de la poesía".





Ficha técnica:

Título: Johnny Guitar 
Año: 1954
País: EEUU
Director: Nicholas Ray
Guión: Philip Jordan (Novela de Roy Chanslor)
Música: Victor Young + Peggy Lee
Fotografía: Harry Stradling 
Reparto: Joan Crawford, Sterling Hayden, Scott Brady, Mercedes McCambridge, Ward Bond, Ernest Borgnine, John Carradine, Royal Dano, Ben Cooper
Productora: Republic Pictures


Cold little heart

lunes, 13 de agosto de 2018


El verano es tiempo propicio para el insomnio. El gato duerme plácidamente sobre la butaca de la biblioteca. Una paleta de colores descansa junto con sus pinceles y lienzos sobre la mesa del salón. La nevera ronronea sigilosamente desde la oscuridad. Me he desprendido de la novela de Nick Hornby (con la cual me estoy riendo mucho) y, bajo una anaranjada sombra que se desprende de la lámpara del escritorio, he vuelto a releer el cuaderno de sueños oníricos. Mientras suena Michael Kiwanuka desde el ordenador y con los cascos puestos, sonrío. Me hace gracia -desde la distancia de casi un año- cuando soñé lo siguiente: 

Estoy en una cafetería con varios compañeros del trabajo y una alumna. Me aburro, quiero irme. Finalmente lo consigo y aparezco en una enorme librería. Busco un libro en alemán, dudo si comprarlo. En lo que hojeo y vuelvo a poner la mirada sobre la estantería, los objetos se han alterado. Me encuentro a mi padre en la caja para pagar el libro. Observo que mi padre también va a comprarse una guía de viaje enorme que me parece familiar. Sin embargo, me asombro y me pregunto en el sueño desde cuándo a mi padre le gusta leer guías de viaje por placer. De un salto aparezco en una floristería con mi padre. Nos atiende una señora con algunas canas. Me apetece escoger un pequeño árbol (me encantan los árboles) pero la dependienta me indica que mejor un cáctus de cuya superficie brota una flor amarilla. Me preocupo por el cáctus y le pregunto a la dependienta sobre cómo poder cuidar al cáctus durante el trayecto de vuelta a casa y cuánta y qué tierra necesita. Y la señora dice algo curioso: "Yo solo me encargo de hacer crecer las plantas". 

 Sonrío mientras emano hileras de plata en la noche. Sonrío porque creo que el sueño dice mucho del letargo que padecí, del laberinto al cual me adentré y cómo empezaba a salir sin saberlo. Hace dos semanas retorné de un viaje que hice a solas a Italia y ví que era capaz -pese a la enfermedad- de continuar siendo el mismo mochilero solitario de siempre. Verme, pese a los obstáculos, subir y bajar de los aviones, los trenes, pasear por las ciudades, sentarme a tomarme un café, exhalar humaredas, cerrar los ojos bajo la sempiterna luz del sol. Estar en calma. Contemplar obras de arte, el atardecer frente a los ríos, comer en una recóndita trattoria con tranquilidad, reírme a solas. Reírme. Reír. Curiosamente, durante todo el letargo, fui incapaz de escribir. Apenas me cuidada. Pero la lectura siempre me acompañaba aunque nunca con la asiduidad que vuelvo a tener. Y reírme con ellas. Apenas veía cine. Y de pronto me ví en un festival de cine. Calcino con la mirada -ahora- kilómetros de celuloides de Rossellini, Bergman, Bresson, Guédiguian (¡he vuelto a encontrar ese filme que no encontraba desde que la ví en mi estancia Erasmus!), Jean Becker, Yasujiro Ozu, Kurosawa y una eterna retahíla. Vuelven a recobrar sabor los platos que cocino fuera del mundo ordinario. Recobro el interés por realizar mis tediosos ejercicios físicos. Respiro. 

Ahora, a estas horas de la madrugada y la libreta apartada, no sabría indicar cuáles fueron los ingredientes que me permitieron retornar. Salir de una depresión sin verse obcecado por cantos de sirena no es fácil. Quizá alteré la pirámide de Maslow o simplemente asumí mi estado sacando su mejor provecho rescatando el mapa que indicaba quién era y soy. Me aparté de los déjá-vu y me juré que jamás creería en nadie más que en mí mismo. Contemplé mi vida hasta ahora y me dije que no lo hice nada mal. Quizá eso me tranquilizó: saber que nunca me traicioné. Allá los otros con sus vidas ordinarias. Es un poco como la canción de Michael Kiwanuka o como decía la dependienta de cabello canoso en mi sueño: creer en tí y en lo que fuiste pese al eterno Blitz. Nadie va a estar ahí. 





Epílogo imaginario de la Muerte de Nicanor Parra

martes, 23 de enero de 2018


Ya no hay cartílago en la presencia
puente entre el bagido gutural y su lengua
el pulso y el papel
la pupila y la araña
Hay un carnaval en el hijo escrito
porque el dolor de parto de la muerte
y su padre de la madre y el santo
anda de barbecho al viento
¡Qué lágrima tan risueña!
¡Qué luz inmóvil!
¡Qué relleno!
Y ante todo jolgorio vacío

(Anti)Poem By W.

Nicanor Parra (1914-2018)

Porto (2016)

viernes, 8 de septiembre de 2017


Si las almas perduran desde la eternidad, ¿cómo las puede contener el aire?

- Marco Aurelio, en sus "Meditaciones", Libro IV.


Se agita el ambiente con un embriagador Shake it baby en la voz de John Lee Hooker mientras la cámara rueda con parsimonia el hallazgo del cruce de miradas. Las figuras ubicadas como  atrezzo en un café extraído de una cinta de Jean Luc Godard posan absortos en sus diminutos mundos pero para esas dos almas, exiliadas en una ciudad como Oporto, cuelgan en una tensión que el destino titula como una declaración de principios en sus individuales desencantos cósmicos, como una huída que no precisa de una premeditada como calculada reflexión aupadas en maderámenes de rebajas. Lentamente, un hombre con cazadora a cuadros, semejante a un personaje que padeció más de 400 golpes o vagaba por oscuros nidos de ratas configurados por Elia Kazan, se levanta de una diminuta mesa y, con un andar torcido, dubitativo, se acerca a la mesa de una mujer que sostiene un cigarrillo, a la par que una seductora sonrisa. Evitando el surgimiento tormentoso de tópicos, Mati (prometedora Lucie Lucas) le pregunta al extraño Jake Kleeman (excelente Anton Yelchin, actor que falleció prematuramente el año pasado), de huir hacia la oscuridad de la ciudad para revelar una instantánea capaz de tatuarse y convertirse en un recuerdo como cartucho ante el olvido y la desesperación que les surgirá posteriormente. 

Mati y Jake, en el filme "Porto". 
El filme del crítico y director de cine brasileño Gabe Klinger, "Porto" (2016), es una encuadernación de aquellos destellos que brinda la vida y se conservan como recuerdos vitales en los individuos que huyen de una existencia ordenada como insípida. A modo de un pastiche cinematográfico apoteósico, Klinger relata con una narrativa propia de la ópera punk -en tres capítulos que hilados entre sí se distan, como la memoria, individuales- la historia de un encuentro de amor pasional entre dos apátridas como son Mati y Jake en la ciudad portuguesa de Oporto. No es de extrañar la presencia de la noche y las azuladas trilladoras del amanecer y atardecer teniendo a -nada más y nada menos- que Jim Jarmusch como productor ejecutivo de este filme que destila elementos de la nouvelle vague por todos los poros. Por ende, es gracias al uso de sendos formatos cinematográficos como la Super 8, 35 y 16 milímetros, respectivamente por la cual se mima la estética que toma una mayor relevancia que un guión que aparentemente suena banal. La textura como iluminación de la cinta conforma una  auténtica paleta que sirve como alegoría y declaración de amor por el cine en celuloide. Las panorámicas establecidas en los focos de la intimidad, el formato 4:3 para incluir en la cinta la ciudad y sus nimios elementos como partícipe de la memoria y de la historia, permiten simular el recuerdo y el instante de dos almas como un acontecimiento culminante y deja a los personajes secundarios en el limes de la indiferencia del espectador. La naturalidad en la cual se conservan las escenas de sexo apasionado y el lenguaje corporal de los personajes envueltos en esta historia son otro logro que aumentan el mérito de Klinge al narrar esta historia romántica que toca con las yemas de los dedos la realidad codeada de quien se adentra en esta película. 

El primer encuentro de Mati y Jake
Resulta igual de confortable la lectura del guión, también escrito por Gabe Klinger junto con Larry Gross. Es decir, el personaje de Jake Kleeman y Mati Vargnier, dos almas perdidas en una ciudad extraña y diminuta en el mapa de sus existencias. El primero un trasnochado e introvertido chico que sobrevive con lecturas y la compañía de su perro ante la amenaza de ser engullido en todo momento por la  ciudad y sus sombras. Mientras, Mati es una chica que, a diferencia de Jake, sigue los cánones establecidos por la sociedad posmoderna. La zona, el instante de pocas horas en las cuales se envolverán ambas almas, es una escapada pero con pasaje de vuelta. Saben, sin querer saberlo, que será un instante donde el amor se declarará como pasional, como un fenómeno natural que no es digna de poseer raciocinio, siquiera argumentación o explicación alguna. Es un sentir que no se construye y se tilda de locura. Empero, sin que menten lo seguro, una vez de vuelta al día posterior tendrán que separarse de manera violenta por la arquitectura de los cuerpos cuya existencia da cabida a una sociedad reacia a los sentidos y simpatizante como apólogo de la sociedad vacua pero políticamente correcta, insulsa. 

Y sin embargo, mientras las teclas de un piano simulan la lluvia como metáfora del sentir interno, una Mati -que en apariencia lo tiene todo- sostiene un paraguas rojo y se planta como una tacha frente a un escaparate. Adentra la mirada que recoge una cámara desde el interior. Vislumbra, tras años, ese instante que dio -quizá- cierto sentido a su existencia o que comulgó, al menos, con otro ser. El suspiro es un recuerdo. 




Ficha técnica: 

Título: Porto
Año: 2016
País: Portugal
Director: Gabe Klinger
Guión: Larry Gross, Gabe Klinger
Música: Emahoy Tsegué, Maryam Guèbrou (+tema de John Lee Hooker)
Fotografía: Wyatt Garfield
Reparto: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Clarté, Chantal Ackerman, Françoise Lebrun
Productora: Coproducción Portugal-Francia-USA; Bando à Parte / Gladys Glover / Double Play Films

Conversaciones secretas con Joaquín Sabina

domingo, 3 de agosto de 2014




Pentagramas para noches insomnes

miércoles, 23 de julio de 2014


En la métrica del insomnio se anidan los párpados en la butaca de la noche, proyectando jaulas de papel tras hileras plateadas.
Partituras de pasaporte.

















 
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