Huelga General

miércoles, 29 de septiembre de 2010


«Las huelgas generales no tienen sentido en el siglo XXI», advierte un portavoz del partido de la oposición, el mismo partido sobre cuyas iniciales graznea una gaviota desorientada. Erradicar las huelgas es la nueva fórmula que ha extraído de la chistera ese líder gallego que prefiere ocupar su localidad entre Perico Delgado y Carlos de Andrés antes que entre Paul Krugman o Joseph Stiglitz, dilatando tras sus lentes la mirada, estirando su lengua con esos interminables tics que siguen el rodar de un pelotón sin más meta que una vuelta por España. La vil pasividad frente a sus tan frecuentes y delirantes acciones verbales me provoca una acidez en mi equilibrada lógica, un mareo en mis inquebrantables ideas, un estupor, un tiritar de todo el cosmos en el cual me anido. Son oposición y antes que oponerse a la sinrazón, la avalan con una engreída y abyecta lengua que se adosa a su paladar de la indiferencia. Me repugna y me asusta.

Der Streik (la Huelga), de Robert Koehler, 1886.
Pero si desde aquel miércoles negro hasta el día de hoy poco o nada se ha alterado en el ruedo político, aún peor ha sido el gélido quedo que se adhiere a los costados de nuestros portales. Cabizbajos, susurrando, vacilando las miradas, muchos se abrigan en el miedo, la incertidumbre. Por ser como yo, un practicante, o por ser lo que son, no se atrevieron a morder el aire, izar una bandera o cabalgar un canto combativo. Otros, sin embargo, exhiben desnudas indiferencias, una asombrosa seguridad en sus miradas cegadas por un ente resplandeciente y fraudulento. ¿Por qué manifestarse si tengo un bulto de ebria felicidad sobre las nalgas, una caja en la cual soñar camufladas pesadillas o bien una pared que me borra del léxico  barrios de la ciudad, marginados barrios, zonas geográficas, continentes enteros?  
Sin embargo, existen otros terceros que no hemos sido barridos por esta bipolaridad  impuesta por indeterminadas leyes. No hemos temido posibles represalias, ni hemos pedido clemencia ante la pérdida de la nómina de un día, el aviso que nos encontraremos mañana al volver a nuestros puestos de trabajo. Pero tampoco nos hemos encerrado en nuestros imaginados derechos del trabajo, los vetustos ideales en torno al patrón o cegado con el ego. Hemos. Hermosa nomenclatura que evidencia un tiempo pasado pero plural.  Hemos. Hemos pensado y actuado con convicción. Hemos caminado por nosotros pero ante todo por los otros que padecen aún más una crisis dentro de otra crisis. Hemos ido a una huelga general porque, como decía Luis García Montero, Isaac Rosa, yo y mis compañeros, hemos recordado aquella frase de Bertolt Brecht: «quien lucha puede perder; quien no lucha ya ha perdido»
¿Seguiremos?
 
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