Saudade

lunes, 10 de marzo de 2014



En consabidas ocasiones se le debe permitir a la saudade brotar del pecho, ceder ante su convocatoria de huelga porque, agotada la indignación, uno recurre a la nostalgia, tal y como nos recordaba tiempo atrás Antonio Muñoz Molina. Toda una enciclopedia podría recluir al enojo milenario que, como previsiones meteorológicas, acometen el justo cumplimiento por su mera razón de ser. Los peatones de la Historia, designados por Manuel Vázquez-Montalbán, también prosiguen con su último fin, el de ser atropellados mediante Real Decreto. El estetoscopio indaga sobre el pecho de la realidad y el diagnostico auscultado no prevé novedades en el frente: un revival de Guerra y Paz de Tolstoi en Crimea, bandas sonoras de Ennio Morricone en un país llamado España y el selfie como nuevo trending topic en los divanes de la Escuela de Chicago. 

Mientras, uno comete el delito de imitar los gestos en los almanaques, naufragar en la costumbre de los horarios y recoger, cabizbajo, tras el trabajo, los recibos del banco entre los residuos de la publicidad. Recalentar el soponcio del hambre y repensar, mientras, si quizás Albert Camus estuvo errado con el mito de Sísifo. La ebullición del baño María alerta de los pensamientos pecaminosos, del huir hacia el Sur en pleno revuelo de revolución libertaria que sobrevuela sobre uno. Y en ese momento, con la luz envuelta hacia la sombra, en ese preciso momento, se le debe dar cuerda suelta a la saudade. Dejar bajo el pisapapeles las tareas apiladas, los verbos impositivos en una gabeta. Ahí de pronto, es urgente redimir la nostalgia como muelle al cual asirse porque, tal como decía Charles Baudelaire, para que una cosa se vuelva digna antigüedad, debe de destilar una misteriosa belleza. Como el "No a la guerra" que colgué con mi profesora de economía en el instituto de bachillerato. El "Nunca Máis" sobre el balcón con la complaciente sonrisa de mi padre. Los saltos y proclamas de sendas manifestaciones en épocas de la aznaridad con compañeros de facultad. Las manos hechas pan, el amor de una chica entre sábanas anárquicas. Los viajes amnistiados en épocas de éxamenes con acompañamiento de viejos amigos. Las tertulias intelectualoides entre muertos y vivos en la Latina. 

El acto mnemónico no consta de un quorum uniforme de acontecimientos que tienen como fin una lectura pormenorizada con suspiro agónico inclusive. Solo la belleza concibe a ciertos acontecimientos como dignos de permanecer en el museo omnipresente del latir del individuo. Y la saudade, como trinchera, custodia en su regazo ese salvoconducto en los instantes donde el mundo dispara a quemarropa contra uno.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Escribes frases que quedarían óptimas para libros de gran tirada. Recuerdas tropiezos de nuestra historia común, que se empeña en el hábito de la mediocridad. Traes tu vida particular hasta las olas de la red masacrada. Te leo y quiero enviarte un abrazo solidario y compañero, de camarada a camarada, compartiendo el mismo deseo de melancolías. Y al final, "la saudade, como trinchera, custodia en su regazo ese salvoconducto en los instantes donde el mundo dispara a quemarropa contra uno".
Iván.

i*- La que canta con Lobos dijo...

Precioso. Creo que cualquier comentario se quedaría corto ante tanta belleza en tus palabras.

Tu seguidora de twitter y blogger

Diebelz dijo...

La verdad que es todo un halago lo que escribís ambos y me satisface que las palabras cobren sentido, avivan el latir, compartan la desdicha con ustedes. Un fuerte abrazo, Iván, nos seguimos leyendo, sin duda. Y otro para tí, Nube. Y gracias por seguirme. ;)

 
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