La dicha desertora, lejana de ciclos programados, del devaneo de semáforos en masa, revoloteaba distante sobre el horizonte. No entendía del juego de sombras temporales, del embrutecimiento de los cinceles cuyas cicatrices eran huecos espejismos, ostensibles pantallas en bruto. La dicha no entendía de fe alguna, ni de esperanzas ofertadas al por mayor. Remota, semejante a un sinónimo de querencia, se deslizaba entre brisas acogidas al sueño del necio disonante. Ingrávida, inmaterial, levitaba solo ante aquel que conocía el preciado secreto.
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