Willie Colón
En alguna ocasión, Leonardo Padura consideró que Willie Colón (1950-2026) era un dios imprescindible dentro la mitología de la salsa. No se podía atinar mejor porque sin el Malo del Bronx -que era «malo por tener corazón», como bien nos recordaba la letra de alguna canción suya- no se entendía el apogeo de una salsa citadina, inquieta, explosiva como subversiva y elevada a una potencia que se avistaba ya en sus primeros compases cuando, con trombón alzado y Héctor Lavoe a su costado, se percibía una renovación de calado. Hijo del ghetto y de una minoría condenada a la marginalidad, Willie Colón no cejó desde sus comienzos en poner de relieve la realidad cruda sobre una partitura bailable y cuya dialéctica anunciaba el surgimiento de la denominada salsa intelectual que, posteriormente, recorrería junto con Rubén Blades hasta casi considerarse un nuevo género literario. Sátira, crónica, entremés, relatos, epístolas, ópera…Todo era fungible junto con un insospechado arreglo y mestizaje musical cuya contundencia resonaba armónicamente sazonando cada tema, álbum con un breviario inagotable de manifestaciones culturales que empezaban en el lenguaje vulgar y terminaban con alusiones a filmes de Robert Rossen o Sergio Leone. Willie Colón, acaso sin saberlo, tenía una idea muy gramsciana de la cultura. Honra y cultura no era solamente el título de un álbum suyo, su leitmotiv sempiterno, sino la idea de que mediante la cultura se rescataban los elementos sepultados bajo otra cultura hegemónica e intolerable, causante de una cierta esquizofrenia y desazón angustiante, para, a renglón seguido, transitar por una transformación cultural propia del devenir. La reivindicación del orgullo de las raíces y el empleo del género salsero como manifestación social y cultural no eran de por sí suficientes, tampoco el abandono de temas anacrónicos para suplantarlos por asuntos contemporáneos. Aunado a ello, la verdadera virtud en la labor de Willie Colón y sus adláteres fue concebir la música en general, y la salsa en particular, de un modo crisolado, poroso, de rico plumaje y semblante diáfano que se sentía capacitado para dejar caer las máscaras opresoras y hacer temblar tanto las pistas de baile como las modestas cocinas de nuestros hogares.
Sin embargo, tal y como cantaban Willie Colón y Héctor Lavoe, «todo tiene su final». Ahora, Willie Colón se ha convertido en un ser mitológico semejante a criaturas como Chonqui, Juanito Alimaña, el Piraña…, pero con la excepción de caer en la categoría de un dios imprescindible y dejarnos álbumes cuyas entrañas vibran y nos recuerdan cuál es la percusión, el compás, el baile al cual no debemos renunciar en nuestras vidas.

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