Aniversario
Dicen que acontece una vez al año, descartando rotundamente la posibilidad de un raudal perenne y sucesivo. Quizá sea así por querer subrayar la inequívoca imposibilidad de repetición o desliz en un acontecimiento. Y se esmeran: lo ensalzan con rituales, rotulan la fecha, afinan el canto de una memoria fútil, obsolescente, superficial y apta para ser regurgitada dentro de un año. Así son los aniversarios de los escenarios cuyas dimensiones son el nacimiento o la muerte, del inicio y el fin, de la medida infinita limitada por dos puntos terminales.
Por concebirse dentro de los márgenes de lo humano, esto es válido como también lo es la evocación en el anárquico orden de una memoria diaria y de andar por casa. Porque a veces me vienes a la mente sin accionamiento alguno, sin estímulos externos. Apareces sin más, te desvaneces, parpadeas. En ocasiones te consagras al olvido y otras permaneces un instante más. No me perturba ni me incomoda, tampoco lo relevo a la beatificación. Me habitas con la naturalidad meritoria de quien se halla ausente, inexistente. Lejana y solo posible ahora como reflejo de una luz enfrascada en una dilatación temporal impracticable. Sin embargo, y pese a tu expatriación del espectro visible, de la materia, me habitas. Se me graban fechas y horarios sin poseer agenda ni reloj, traje alguno de almanaque. Tu tono de voz y carcajada retumban en una caja de fado interior, tus gestos transitan sobre paredes embebidas de atardeceres meridionales. A veces incluso creo percibir tus caricias y ese gracioso murmullo cerca de mi oído que me cosquilleaba en la oscuridad del tiempo. Cruzo de puntillas y dubitativo los umbrales de habitaciones donde tu llanto y miedo se sumergen en profundidades imposibles de bucear, para después verte otra vez frente a mí, en una cándida cocina.
Hoy dicen que es aniversario. Pero a veces me despierto y me toco esa cicatriz que llaman ombligo. Inspecciono mis manos, mi rostro frente al espejo. Y entonces me digo que no hay aniversario posible. Porque algo de materia tuya todavía queda y se mueve en el espacio. ¿Me habitas o somos? Quizá no exista respuesta para un amor que nunca ha muerto y que no teme pronunciar la primera palabra de mi literatura: Mamá.
Comentarios