El murmullo
Mis primeros vagidos los emití a pocos metros del mar. No hay falacia en el hecho de imaginar esos instantes ante un lienzo en blanco, semejante al ciego destello solar. La reemplaza por la memoria ausente, pero con insólito basamento de probabilidad posible al dejarse guiar por una deducción plausible. Porque allí se halla el recién nacido en su cuna, mecida por una joven madre, simulando el oleaje. Emitirá desmenuzadas palabras, arenosas, incomprensibles aún para su pequeño retoño; pero de fondo, el yo de mi pasado percibirá también un enigmático rugir, sedoso y que se adentra por la ventana mientras la lechosa y traslúcida cortina se hincha, flota y se desinfla con sosiego. Es un arrullo acompasado, desprovisto de clausura, un primigenio arrorró cuya imitación solo provoca llanto. Porque este murmullo marino emerge desde el origen de los tiempos, revela el movimiento de los átomos, la vibración del cosmos.
Hay quienes no le prestan atención, empleándolo a su antojo como oración u oráculo, mantra terapéutico o canción de cuna. Y hasta hay quienes se apartan de él si en vez de un susurro es golpe de viento, desatado fragor. Pero sea como fuere, ahí permanece su murmullo insomne, la disolución tras el restallido con la costa que limita nuestras promesas y sueños.
Cuarenta y tres años después, todo se ha diluido. Las calles de mis veranos, antaño bulliciosas y ocupadas por legiones de niños, madres chillonas y ropa tendida, son suplidas por la orfandad y el silencio; se diluyen rostros, se desvanecen cuerpos, amores, vivencias. Sin embargo, el mar y su murmullo permanecen ahí y no se deja entender. A menos que alguien lo haya sentido desde su cuna.
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