Ohne Titel
Eran ondulaciones desencadenadas, arcos, curvaturas gaussianas, cortes limpios. Eran pulsaciones intermitentes, espirales cretáceas, olas de Kanagawa con flema y pus, punzantes torrentes de avezada rabia lógica. Era una danza cósmica sin Nataraya y su círculo de fuego presente, una oda kantiana cuyas estrofas de alto voltaje marxista impulsaban los tirabuzones de la lírica áurea y desacompasada. Me quemaba las manos sosteniendo el invierno de Alfred Sissley al compás de la ebria declaración hecha coro, el bucle: “Es ist verdammt lang her / Es ist verdammt lang her”. Chaqueta color olivo, el primer rayo del día sobre la ranura de mi ojo, el mirlo cuyo canto nunca quiso ser efecto doppler. Los aularios el punto de partida, envueltos por verdosos campos cuya elasticidad eterna claudicaba ante la evidencia de la eternidad y su ficticia ausencia. Dame un chute de Foucault, pásame una lectura de aquel Homo Faber que tanto se lee en los autobuses mientras navego con mi bicicleta campo a través hacia las costas de Störtebeker. De tomar otra dirección, Hamlet. Más al este los campos de la memoria que ahora desdibujan los cromañones del siglo XXI. Dice Simone Weil que quien no cree en Dios está más cerca de él. Purificación ateísta. Su ausencia, la evidencia. Me enciendo un cigarrillo, apoyo mi mentón sobre el brazo y le sonrío a alguien ausente. Luz dorada del atardecer entre sombras de hayas y castaños. Solo me queda el campo de amapolas de Monet. El silencio. Y la gracia de un tiempo que fue rebelión.
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