La fiesta
No hay rincón ni comunidad -y por ende ser humano- en el globo terráqueo que no conciba el rito como fórmula propia e integrada en su existencia. Y la fiesta, como el primer café de la mañana, es una de ellas. No hay urgencia ni necesidad en subrayar su función social, acaso enumerar las miríadas de festividades y reuniones prensadas en un almanaque y su cíclica reproducción. Extinta queda además también la sospecha por entender la razón de su multiplicación en fechas estivales. Con el buen tiempo y las horas henchidas, la multitud abandona sus hogares y busca la brisa comunal, el insomnio fraternal, el idioma colectivo. Mientras en Japón se propagan los natsu matsuri y en Estados Unidos las barbeques, aquí, en nuestro país, también afloran las verbenas, fiestas de pueblos y romerías. Los motivos siempre fueron pretextos para el verdadero fin de las fiestas que, unísonas al ciclo de la vida, viven su máximo esplendor. Lejos parece quedar el anuncio de la muerte con el otoño, el lúgubre y oscuro invierno y hasta la primavera, etapa de milagroso renacimiento dentro de la rueda de la vida, parece haber pasado a un segundo plano con el embate de los días caniculares. Pero también los entes celestiales y las plegarias, el rictus penitente y los símbolos, pese a su pervivencia, se han plegado ante el reino del goce por la vida. Impacientes, los feligreses se miran con ojos pícaros, se relamen la sonrisa en situación de espera, soñando con ese momento de la lánguida tarde y el caer de la noche, las guirnaldas de luces, el retumbar de la música en sus estómagos, la socarronería desatada. Pandillas de niños correrán de un lugar a otro chillando, mientras los adolescentes buscarán un rincón apropiado para jugar con el deseo; los ancianos olvidarán todo mal que no se anuncie en los periódicos y docenas de otras personas bailarán ebrios en una prodigiosa esfera atemporal porque aquí, en el alineado ecuador del ficticio tiempo palpitante, no hay percepción de un inicio ni un final.
Herencia de una memoria colectiva como ancestral, avezada e intergeneracional, la fiesta estival renuncia a la evocación nostálgica. Enérgico, refulgente como las hogueras de San Juan, toda fiesta bajo las estrellas del Triángulo del verano exhibe el estado perfecto de la vibración por la vida, reafirma la comunidad como elemento ineludible donde habita el ser.
Quienes le profesan atención, acaso admiración, sabrán que con el transcurso de las décadas y los siglos toda fiesta se muestra mutable hasta tal punto que despierta temor. Cauto, el vigía se pregunta por lo sustancial e insustancial, por el alma y el esqueleto del festejo. Porque el juego y las transiciones entre deseo y enmienda vienen mermándose desde el auge de un sistema cuya única razón de ser es mercantilizar, monetizar todo lo que toque. Así las cosas, abundan desde un tiempo a esta parte los festivales de música, el perenne, eterno terraceo, la proliferación de festivales de toda índole.
Hoy todavía doblan las campanas, lanzan un petardo a las cinco de la mañana para anunciar el albor del día y su fiesta. Pero puede que mañana sea un acontecimiento extinto y el festejo se solicite vía Glovo y en formato VIP para unos pocos privilegiados de un sistema que renuncia a la colectividad y al verano, a la excepción y a la magia para reemplazarla por una fiesta bajo demanda y sin vínculo alguno con las constelaciones de Capricornio. Quién sabe. De momento, las campanas suenan y los fuegos artificiales estallan, alumbran y se disuelven en la espesura de la noche.
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