La primera mirada
En su poema Nostos, Louise Glück nos advierte una posibilidad certera: «Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria». Posibilidad porque, como aptitud, no deja de existir esa mirada en la posteridad, perviviendo en potencia, por mucho que una inmensa mayoría olvide su capacidad exploratoria, acaso de asombro. Su último verso alberga, además, un gusto salobre, la anunciación de la presencia de un charco de resina, densa, pastosa, que amenaza con cundir y fosilizar las vivencias en ámbar. El resto será memoria, ciertamente. Sin embargo, la mirada de Glück es algo confusa, evocada, de hecho, desde la propia memoria, escrutando desde una frontera retentiva imágenes en búsqueda de la ingenuidad, la pureza perdida o, formulado de otra manera, la imagen primigenia. Más que acumularse unas instantáneas sobre otras, se sustituyen. Pero al margen del regusto a desencanto de la poetisa neoyorquina, quizá aquella posibilidad cumplida en la infancia sirva de estímulo. ¿Acaso no fue esa primera mirada un aprendizaje, un primer punto de partida para perpetuarse en nuestras existencias?
Al margen de la Magdalena de Proust, el verano suele ser el hábitat natural de nuestra primera mirada. Alguien hojea el calendario, arranca un mes y cuando lee ‘junio' recuerda inocentemente aquellos paisajes de su infancia. Rebobina y proyecta, en su cinematógrafo interno, un tiempo consagrado a la eternidad, al juego y al misterio, sea en la playa o en el campo, en el pueblo o en su barrio; alista y pronuncia, describe como retiene los nombres de quienes militaban en incógnitas pandillas, familiares y otros seres mitológicos. Y revive, además, costumbres y anécdotas que al contrastarlas con su presente, lo sumergen en un estado de desazón. Este hecho se debe a la errónea creencia de anhelar la primera mirada cuando en realidad se está fijando el deseo en la pieza de ámbar, en la vivencia consumida, fosilizada. Pero además, no entender la mirada y su naturaleza activa como una pieza subversiva, el reactor requerido para la transformación, la formulación del mundo.
El verano es, para asombro de muchos, todavía, la temporada de la primera mirada. Perpetua, contumaz, alegre con sus alargados atardeceres y sueños de cálidas noches, parece convidarnos a la rebelión frente al orden establecido, dar forma a vivencias propias (y, por ende, ajenas) hasta derivar en el juego de vivir, reencarnado en Jacques Tati, en su filme Les vacances de M. Hulot.
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