Serpentinas

 

I.

    Transcurren los años y se aglomeran por doquier los angustiosos deseos evocados por personas ajenas o colindantes. Caprichos utópicos como retornar al pasado para enmendar errores, tomar otras decisiones, regodearse quizá en un instante, pero siempre con la consciencia del presente que, dicho sea de paso, pertenece ya a un pasado glotón, fijado ya en un futuro inminente. El pasado siempre será futuro. Pero también los hay que hasta suspiran por experimentar la reencarnación, la eternidad y así, quizá, vivir múltiples vidas. Sin embargo, y al margen de toda superstición sobre lo que acontezca tras la muerte, ¿no estamos ya en ello? Llevo años meditándolo y no caigo en la cuenta, en que nadie me dijera: "Hijo, vivirás múltiples vidas". Porque de hecho eso es lo que acontece entre el nacimiento y la muerte de una persona. Por contra sucede, con ponzoñosa obsesión, el hecho de recibir un catálogo de vidas ya prediseñadas y aseguradas al por mayor. Pero, ¿una vida se formula? ¿Se construye? Como decía algún filósofo, vivir es un siendo, una vida ovillada con múltiples vidas propias cuyas pulsaciones se producen en diversos escenarios y estados. Pero también es cierto que en ellas se ramifican otras ajenas, una miríada de existencias de diferentes intensidades, graduaciones cromáticas y niveles de nitidez que nos obstinamos en custodiar tras rozarnos con ellos. Al final siempre hay algo que se nos escapa de nuestro dominio, de la razón, envuelto en un misterio. Y aceptarlo es quizá condición para ser un siendo y percibir que tenemos múltiples vidas antes de desvanecer en la nada. 

II.

    Hoy se me ha hecho tarde. Hace escasos minutos extraje la tarta del horno y ya se cierne la noche sobre nuestras existencias. Los contornos se perfilan ante la presencia de la cálida luz cuya presencia combate la oscuridad. Afuera el murmullo de la calle, el ronroneo de las guaguas. El gato dormita con su enorme panza arriba, la lengua en forma de U levemente asomada. He contemplado la tarta un instante: perfectamente dorada, cubierta de una masa arenosa de la cual apenas salen a relucir las cerezas ocultas. "Aquí la Magdalena de Proust", pienso. Y después otro pensamiento: "Un año más. Pero, ¿por cuánto tiempo?". ¿Por cuánto tiempo podré hacer tartas de cerezas, un Hachis Parmetier o simplemente una taza de café? Es una pregunta que no alberga miedo ni temor, acaso anhelo. Sé muy bien que el común de los mortales no suele formularse esta clase de preguntas. Pero, desde mi fuero interno, sé que interrogarme a mí mismo sobre estas cuestiones me brinda cierta tranquilidad. Porque, llegado el momento, sé que hice muchas tartas, muchos hachis parmetiers e innumerables tazas de café. Es como preguntarme sobre la muerte todos los días. Solo así puedo comprobar que he vivido sin echar nada en falta. Mañana, quizá, le hinque el diente a esta tarta. 

III.

    Según Foucault, el sujeto es una ficción, un constructo. No hay un yo en esencia. Estamos hechos de retales, de legados, de papel maché. Pero nadie levanta acta ante este hecho, nadie se toma un prolongado suspiro para hacerse esa pregunta milenaria: ¿quién soy? Y se deshojan los calendarios y nadie vuelve a preguntarse ¿quién soy? Nadie quiere preguntarse quién es incluso en el lecho de muerte. En ese sentido soy muy raro porque me veo feliz, con el último suspiro, los ojos sepultados, inminete ante la muerte, preguntándome quién soy. Porque el ser no es el carácter, su condición biológica, sus actos, las etiquetas, el curriculum vitae, manías, obsesiones, sus filias y fobias, ni su aficiones. ¿Qué es el ser en esencia? ¿Quién ha reconocido el ser, ajeno o propio? Pero incluso asumiendo que somos constructos sociales y de fecha reciente, es ardua la tarea de razonar por qué uno es como es, por qué en muchas cosas dista de otras personas cercanas aún reconociendo sus afinidades. Todo esto no me supera, ni me agobia. ¿Acaso no es motivo para que caigan las serpentinas?


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