La noche
La noche estival suele ser una noche insomne, carente de toda prosodia salvo la emitida por los cuerpos celestes. En ella acostumbran todavía algunas pocas personas a realizar rondas nocturnas, sentarse con sus vecinos frente a sus casas o bien acomodarse en sus balcones. Buscan la brisa noctívaga que precede al sueño y se hace esperar. Mientras, la gente se preocupa por habitar la noche como antaño, cuando todavía existían el primer y el segundo sueño, arrebatada por las luces artificiales del desarrollo industrial. Así, emerge enigmáticamente el retorno a la lectura, la viveza de las conversaciones pendientes, la meditación reanimada bajo la reflectancia de la constelación de Capricornio. Pero también el sofoco condena a las fundas nórdicas al exilio, los edredones se repliegan en retirada ante patadas de piernas sueltas y las neveras permanecen dadivosas cuando una mano se introduce en ella para saciar la sed imperecedera.
Se deambula con mayor frecuencia en la noche de verano, sea dentro o fuera de los hogares y cuyas ventanas alumbradas refrendan la vigilia tanto individual como colectiva. Hay estancias y rincones ocultos, aunque también otras donde prende la luz, se agita el tórrido aire y se percibe una esfera atemporal. No hay en la noche de los días caniculares conocimiento alguno del tiempo y, quizá por ello, siempre parece estar envuelta por una aura mágica donde parece gestarse algo innombrable, delicado, apacible. Mientras una viuda completa un puzzle de 1000 piezas y el panadero del barrio se deleita viendo filmes de Fellini, la joven universitaria alumbra su rostro scrolleando en su móvil y una pareja juega una partida de ajedrez; mientras el gato se alarga sobre la fría baldosa y un letraherido lee ‘Vida y destino’ de Vasili Grossman, algo se teje. Algo que solo puede ser el sueño de una noche de verano.
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