La Playa
Durante siglos temida, de espaldas a la civilización y tan solo poblada por los más hambrientos, la playa es a día de hoy un caprichoso lugar de esparcimiento. Reemplazan los vertiginosos hoteles y apartamentos a las chabolas de antaño. Reducida a una flotilla simbólica, las chalanas han sido desplazadas por campos de vóley playa, de pádel, de ejércitos de surfistas y escuelas de canoas y kayak. Hay algunos grupúsculos de intrépidos futbolistas, maestros de yoga y Tai-chi, masajistas y runners entre una colorida multitud de bañistas cuyas demandas de una vida saludable han causado la extinción del vendedor ambulante de barquillos y helados.
No hay encono, siquiera reproche ante la alteración de los hábitos y uso del paisaje humano. Pero movido por la añoranza o una alegre saudade -con su dialéctica de por medio-, me distancio, recorro la misma costa hasta donde emergen los negros roques volcánicos. Aquí, entre los Nidillos, Punta Delgada y Punta Gorda, todavía aguardan, para mi asombro, algunos jóvenes lugareños que parecen haber heredado de sus padres el placer y el goce por desvivirse en el espumoso oleaje y la solidificada roca milenaria. Mientras los últimos en su especie extienden sus cañas de pescar, hay quienes trepan y descienden por vertiginosas grietas, median sus desnudos pasos y flotan con destreza entre las hostiles conjugaciones del oleaje. A diferencia de los playeros de arena fina y obsesiones dignas de diván, aquí una minoría no entiende la existencia sin los peligros que acarrea o el gusto exploratorio. Sus cuerpos glaseados se mueven por afiladas superficies, angostos peñascos y enigmáticas grutas marinas. Los contemplo un rato, risueño, evocando la niñez como un soplo para proseguir distanciándome. Llego entonces hasta un rincón lejano del ruido y la furia del «hombre masa» de Ortega y Gasset. Aquí parezco, efectivamente, un marciano porque, ¿cómo se mete uno con silla de ruedas en terreno así, sorteando vallas y desniveles? Pero el impulso es superior, el supuesto peligro y la inquietud exploratoria, semejante al de los últimos seres mitológicos del barrio y su costa, son suficientes para limar cualquier aspereza o irracional duda.
Avanzo bajo una intemperie celeste, impoluta y donde el sol ya se ha consolidado. A un flanco el desfiladero, al otro la abrupta superficie árida, mística y cuya línea se pierde en un apagado volcán. Una vez subida la pendiente, comienzo su descenso con una panorámica enigmática. Majestuosa aparece la montaña donde, bajo su descubierta ladera, se aprecian las «Cuevas de los Canarios». Frente a ella la bahía salpicada, la planicie cuyo manto de confite blanquecino y dorado le conceden al lugar una aura quimérica. Aquí y allá emergen del terroso paisaje tabaibas y salados, las ruinas de la antigua cantera. Son todavía pocos los bañistas y senderistas que se adentran en este rincón. Dichosos, en absorto silencio, yacen entre las sinuosas tablas de arena, frente a las aguas cristalinas y el manso chapoteo de las olas. Parecen casi inexistentes, ocultos entre la sedimentada, pétrea arena.
Recorro la costa de la bahía y en algún momento me detengo. Mis veranos, entonces, los disfruto aquí, en soledad, y sin más que una silla rodante y la indumentaria adecuada. Un pequeño velero surca la costa. Lo observo. Dudo si reemprender la lectura del libro que sostengo entre las manos. O preguntarme por qué en mi fuero interno suena aquel poema de Jacques Prévert, cantado por Édith Piaf.
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