La Siesta

 

    Durante las horas más intempestivas de los días caniculares, cuando el sol se sitúa en su punto más álgido y raja las piedras, los he visto desfilar. Legiones de temerarios que portan sus sombrillas como fusiles, la gorra ocultando sus rostros. El chancleteo resuena al unísono sobre la acera mientras en el horizonte riela el aire abrasador. Marchan seducidos por la promesa del bronceado perfecto, la exhibición de sus cuerpos, el goce inane, brusco, banal. Pero por fortuna -o sin ella- también los hay quienes se encuentran en franca retirada, abandonando la arena, las plazas y las calles para volver a sus hogares. 
     Una educación sentimental, curtida además por el avezado transcurrir de los años, señala que es hora del almuerzo y su posterior rato de reposo y descanso. Pero dejando al margen la requerida necesidad humana de alimentarse, el verdadero goce durante el verano -acaso más intenso que en otras épocas del año- consiste en experimentar la siesta. Entonces, mientras afuera el inclemente sol derrite el asfalto, los más sensatos buscan un rincón donde vivir el dulce adormecimiento. Los hay quienes lo prefieren leyendo algunos párrafos de alguna novela, otros con la televisión puesta y no se escabullen tampoco los amantes de la música. Sea como fuere, aquí la somnolencia, causada por una combinación derivada de la atmósfera sofocante y la digestión, no se concibe únicamente como reparadora. Envuelto en el silencio llameante, pero a custodia de la fresca umbría, se gesta entonces «el sueño creador» al cual alude María Zambrano.
    Estimulado acaso por la prosa de Italo Calvino, la inventiva rítmica de Antolín Dvorák o el soporífero comentarista del Tour de France, el sueño se tamiza con la vigilia mermada. Los párpados se baten quebradizos entre la traición o la lealtad sin saber cuál es la orilla correcta. Transita entonces la persona en un estado donde la razón discursiva se diluye, cede ante un sueño donde ya nada se explica y hasta el tiempo se suspende. Se sumerge así el soñador o la soñadora en un paisaje onírico donde diez minutos pueden asemejarse a toda una vida. Las máscaras despliegan sus astutas danzas y el inconsciente borbotea y expulsa, caprichoso, una antología inédita de nuestras propias vivencias. Así las cosas, el ser durmiente del verano no emprende una huída de prospecto al por mayor hacia alguna capital europea, acaso a las lejanas playas de Bora Bora. Con sus párpados sepultados y un libro abierto sobre su pecho, el soñador o soñadora se deleita en reposo por la anulación del tiempo, atraviesa su propio cosmos para, finalmente, desvelarse reanimado. ¡Oh! Dulce el descanso donde se desnuda la verdad, la revelación creadora, mientras a lo lejos, despiertos, los cuerpos sudorosos no saben en qué destinar su proteico bronceado.

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