Ezequiel 25:17: Lo ‘Viral'

— ¡Di ‘viral’ una vez más, di ‘viral’ una vez más! ¡Te reto dos veces, cabronazo! ¡Di ‘viral' una maldita vez más! —vocifera un Jules imaginario, empuñando el arma con determinación. 


     Los hermosos niños de los tiempos de la impaciencia ya no le rinden siquiera una pose con atributos de «La rendición de Breda» a la claudicación. Exhaustos en siquiera imaginar resistir o luchar por algo, ni las lanzas metafísicas o analógicas entran dentro de sus cálculos cuando se procede a la entrega de las llaves de sus sentidos y sus correspondientes posibilidades. Así las cosas, la acepción de la palabra viralidad se ofusca y queda alterada caprichosamente por los señores feudales del hashtag. Lo ‘viral’ hoy no parece tener mucho que ver con un virus, con la nociva concepción de lo vírico ni con la virulencia siempre furiosa y agresiva, propia de una infección cuya carga se filtra, se propaga y altera el cuerpo hasta incapacitarlo de manera fulminante. Seguramente algún nerd con alma rousseauniana, problemas de acné y lentes gruesas, intentó de advertir décadas atrás del inminente peligro de la desinformación usando correctamente el término ‘viral'. Pero fracasó. Ahora el corrector automático intenta suplantar viralidad por vitalidad, los propios diccionarios reglamentarios suprimen toda acepción relacionada con algo dañino, perjudicial, maligno y los medios de comunicación rotulan y replican lo ‘viral' como si no hubiera un mañana. 
    Lo ‘viral' parece sonreír en todo titular inflado de música, de emoción; vibrante seduce al pulgar o a la mano levitando sobre el teclado. Aquí hay goce, estímulos morbosos, placenteros. Un chute. Yo controlo. Una más. Y así hasta terminar como José Luis Manzano. La hiperrealidad arraigada en nuestra posmodernidad se sostiene gracias a la carga vírica consentida como demandada por el «hombre masa» orteguiano. Nuestro mundo se asemeja a un guion de George A. Romero donde ni los balcones de la sensatez pospandémica o el sheriff Rick Grimes y sus secuaces son capaces de combatirla. Abunda en primera plana lo grotesco, el marketing hueco y sin mensaje subliminal, la mentira consagrada y elevada a la potencia como nueva verdad y el deseo de suplantar su ‘yo’ por ser una ‘tendencia' para convertirse en nuevo gurú mediático con un puñado de feligreses que le costeen con likes y suscripciones el alquiler de la vivienda. Lo ‘viral' puede ser una receta de la abuela Hermelinda, empanadas mentales rellenas de verborrea enciclopédica del Larousse, un corte y pega confeccionado por el sastre de 13, rue del Percebe o bien una fingida pieza de Kammerspielfilm (Drama de cámara) amateur donde se escenifican alborotadas emociones que van desde la sensiblería barata hasta la interpretación de Norman Bates. 
     Sin embargo, Jules Winfield no desiste. Y cada vez que alguien se le cruza por el camino y le habla de las nuevas tendencias o que algo se ha vuelto viral, el hombre de Marsellus Wallace solo tiene una pregunta: «¿Lees la biblia?», para, a renglón seguido, recitar aquel pasaje de Ezequiel 25:17…

Texto by W. 
Ilustración by maseOne

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