El fin del verano
Solía traer el fin de los días caniculares una dulce letanía dispuesta a ser pronunciada por los niños que portaban bajo sus sobacos los cuadernos de verano inconclusos y cuyas páginas perfumadas de salitre o matices terrosos revelaban los lugares habitados. Y también entonces la publicidad propia de la sociedad opulenta anunciaba las fronteras de los mundos opuestos, el inicio con su fin. Bajo el lema «La vuelta al cole», toda la población advertía los preceptos que debía acatar: la vuelta al despotismo de las agujas de los relojes, los menús de capa y espada, el rebullir de propósitos, la orden y su sinfonía de semáforos. Pero por suerte eso ya no me afecta tanto. Ni a mi gato que ahora yace estirado frente a mí, sobre el escritorio.
Sin embargo, para ambos también el verano parece anunciar su fin. Tal y como acontecía en mi niñez, también conservo ahora un cuaderno de verano incompleto, con hojas desnudas donde podría haberlas rellenado escribiendo sobre el arte culinario en fechas estivales, la literatura o el cine bajo el influjo de los meses más cálidos del año. O sobre mi pequeña terraza y las noches de verano. Noches donde salíamos Simba y yo a que nos aliviara una brisa ligera del bochorno. Mientras, alzaba la mirada y avistaba constelaciones fragmentadas, una estrella roja que sospechaba sería Marte, la Luna con su rostro hermosamente cicatrizado con cráteres. Y sí, para asombro mío, hasta alguna que otra estrella fugaz (o basura espacial, vaya).
Pero así las cosas, todo tiene y debe tener un final. En el mercado suplen las ciruelas a las cerezas, las nubes ocultan el frágil cuadro que poseo del universo y la suave corriente de aire nos envuelve con mayor humedad. A Simba le pongo una lista de jazz para que esté tranquilo. Desde que tenía tan solo tres meses percibo que es la música que más le agrada, aunque también hay que matizar que si yo soy más de John Coltrane, a él le puede Keith Jarrett. Con el fin de las noches estivales vienen los cuidados, los cariños, las noches insomnes y las dolencias sin aspavientos ni quejas. Hay dudas, pesares, incertidumbre. Pero también días entreabiertos y rellenos de dicha. No sé lo que acontecerá cuando vuelva a abrir mi próximo cuaderno de verano. De hecho no sé si habrá otro. Pero lo que sí sé es que puede haber veranos como estos que se apagan: modestos, sosegados, silenciosos. Sin abandonar la casa ni deshacer las maletas, contemplando estrellas fugaces incluso en una ciudad contaminada y oyendo el ronroneo de Simba a mi costado o a Keith Jarrett extasiado con el misterio de su Summertime.
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