Tres cuartos de cuartilla para Manolo: Presente permanente
Síntoma del presente permanente es la ausencia de noticias. Mientras nos preparamos con el cabello revuelto el desayuno, escuchamos en la radio tan solo crónicas eternas, actualizadas bajo la premisa del desplazamiento u omisión de una coma. Renunciamos cual Bill Murray en «Atrapado en el tiempo» al gesto de indignación para, seguidamente, apagar el transistor tras comprobar que quienes ostentan los instrumentos de conformación de la opinión pública alargan la vida artificialmente a ciertas noticias durante meses o persuaden a los ciudadanos con revivals semejantes al scroll diario. Así las cosas, quizás era errónea la sospecha de una anestesia colectiva derivada por una sobreinformación anquilosante, tal y como afirmaba Jean Baudrillard en su día. El adormilamiento y pasividad resignada acaso sea el resultado de la anulación de la Historia y su finalidad semejante a la perpetrada por el Dr. Zaius en «El planeta de los simios».
En consecuencia se entiende la simiesca intención de voto, debatiendo ad eternum sobre Ceuta, un ático en Madrid o si poner en el once inicial a Cristiano Ronaldo cuando no se sabe bien si continúan compitiendo en una Copa del Mundo o ya están inmersos en la próxima Eurocopa. Ensimismados en este presente sin pasado ni futuro, con puntos cardinales trucados ni capacidad alguna de comprender ni metabolizar los destrozos y desajustes del mundo, tampoco resulta esperanzador la particular peregrinación por el desierto de las fuerzas progresistas. La reciente acampada en la Plaza del Sol y sus réplicas en el resto de ciudades del país parecen responder a un trauma histórico o mal diagnosticado, o aún no superado como fue el 15-M. Resulta descorazonador las demandas actuales frente a las proclamadas por el movimiento de los indignados 15 años atrás, reduciéndose a medidas legislativas dentro del marco de una normativa democrática endogámica como propia del sistema. Hace un cuarto de siglo atrás, los denominados indignados habían entendido la chapuza histórica en la cual vivían, concatenando ciertos problemas sociales y sistémicos desde todas sus dimensiones, consiguiendo dejar en cueros a las fuerzas vivas como exánimes del país. Entre las cuerdas, los profesionales de la política y sus adláteres no supieron responder ante una demanda basada en un proceso de transformación de gran calado, exigiendo desde la insana interdependencia del Estado y el poder financiero hasta la reconstitución del conjunto de poderes y órganos de gobierno para así buscar remedio al desempleo estructural, el acceso a la vivienda o la democracia participativa en clara oposición a la profesional. En términos gramscianos, los indignados se habían erigido como el intelectual orgánico colectivo sin partido ni consignas transformadoras de por medio para dirigir una transmutación que respondía a las verdaderas necesidades de la sociedad y no de aquellas innecesarias e inventadas por la ideología del marketing y a la cual se suscriben gran parte de la población como también los profesionales de la política sin pestañear. Sin embargo, todo encantador cuento tiene su final y, seducidos por el flautista de Hamelín, muchos abandonaron la plaza ocupada para tomar posesión de su asiento en el Congreso mientras, hasta día de hoy, se siguieron sucediendo un desahucio tras otro, volviéndose a inflar burbujas de especulación y tanto el desempleo crónico como el secuestro de la democracia real no aliviaron el ardor de estómago del ciudadano medio e inferior.
Hablar de «emergencia climática» cuando existen evidencias desde 1972 con la publicación del informe los «Límites al crecimiento» del Club de Roma, o hablar de «crisis de la vivienda» cuando lleva existiendo en nuestro país desde hace décadas, es otro síntoma del presente permanente. Si ya es preocupante la ausencia de cierto imaginario fundamental de la cultura progresista, lo es aún más la amnesia que padece tanto ella como el conjunto de la sociedad. El eterno retorno, el merodear y husmearle las pantorrillas a la misma discusión y reducir finalmente la práctica política a una infatigable como nauseabunda logomaquia en aras de no transformar la sociedad a mejor, somete a la izquierda al obligado ostracismo. De la derecha política, asilvestrada y cuya imaginación siempre se ha visto reducida al recetario de la tía Margareth, no se le espera nada; o se le espera lo peor con los rasgos simiescos que está tomando. Pero a la izquierda se le sugiere que comience a buscar una pronta salida del desierto. Al margen de toda aritmética electoralista, afinidades electivas o próximas telenovelas propias de la realpolitik de nuestro tiempo, la cultura progresista requiere de una terapia de choque que comience por recuperar la osadía y sacudirse ciertos complejos hipotecados y de dudosa prestancia. Porque ante la barbarie con licencia practicada por Abascal y sus trolls o el paquidermo de Trump, la izquierda no le podrá hacer frente con las sombras de una idea o los residuos permitidos en la cultura mercantil de nuestros días. Ni tan siquiera con una pancarta que rece: “Frente al fascismo, ternura radical”.
El cuadro general de época no es nada halagüeño y hasta renunciando a unos anteojos marxistas hay que aceptar que no se dan las condiciones objetivas a corto plazo para llevar a efecto el deseo manifestado por quien aquí suscribe. Pero toda salida del desierto pasa por volver a beber del manantial de la Historia y recuperar la memoria y la utopía, evitar las tentaciones de la narratividad posmoderna y tener la osadía de volver a disparar contra los relojes. Y quién sabe, quizá imaginar la toma de la Bastilla.
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