Janosch
Cuando todavía practicaba la glosolalia y el moco rebosaba los límites figurados por las ventanas de la nariz, me fijé. ¿Un tigre y un oso? ¿Una rana y un tigre? ¿El ratón y el pato? Cálidos como intensos colores imantaban mi atención quedándome ahí congelado, encorvado sobre aquel libro infantil. Porque aquello no tenía mucho sentido cuando al mismo tiempo te estaban educando en distinguir los animales herbívoros de los carnívoros, en memorizar la cadena alimenticia y asumir el estado del mundo salvaje, en permanente conflicto. Sin embargo, aquellas imágenes lo cuestionaban todo. ¿Era posible la convivencia pacífica, tener a un tigre como amigo?
De Janosch me quedo con todo. Desde sus ya lejanos cuentos infantiles, pasando por la ironía semanal del señor Wondrak -para sortear con humor unos calendarios cada vez más ponzoñosos-, hasta llegar a sus cuadros que irradian una gama de colores intensos, derramados, insurgentes como sus trazos de tinta irregular, destensada y libre. Como él mismo.
Danke, Janosch.


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