Mi isla interior

domingo, 1 de mayo de 2011



Al costado de mis zapatillas carcomidas por la vida, yace una mochila, inflada de libros apadrinados en tardes de ferias abecedarias, y una guitarra contenta de haber sido secuestrada. Le sirvo a mi cuerpo en resaca algo de café con la mirada perdida y olvido mi libreta entreabierta por su boli azul. Asesino al murmullo de los susurrantes pasajeros, los chillidos de los cubiertos, el eco inerte imponiendo destinos a este ovillo de pasos perdidos. Pero yo me arrincono y escucho a mi isla interior por desconocer en qué puerta embarcar.

He construido un castillo de arena posible de habitar en menos de 48 horas y destruido por la lluvia nocturna que destella el negro asfalto. Ahí en medio me refugié en conciertos pactados con improvistas huídas hacia otras barras de la noche en las cuales bebimos cuentos con la complicidad de la triste sonrisa ajena y comimos empanadas hechas de amistades en la calle de la efímera alegría. Y terminar en una plaza de música sin acordes ni rifeos, tan solo conquistada por migajas, charcos de insomnes, distantes sombras. Todo un sinsentido sentido al volver algo abatido al filo de las horas exhaustas de implorar el avance de las agujas, viendo a mi espalda dormir a un camarada, aleteando quedas despedidas.

La robótica voz me amenaza con últimas llamadas, avisa de mis presos mapas incapaces de presentar alguna reclamación a este absurdo. Recojo mi libreta, despido mis retrasos y me llevo al hombro mis lecturas, mi guitarra impaciente por recorrer lentas tardes por la ciudad, derrumbando los silencios de la soledad y retornando a mi isla vacía de gente, a mi naufragio.

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