sábado, 29 de junio de 2013


"Durante cinco siglos se había prohibido el arcoiris en los cielos de Latinoamérica", nos recordaba Eduardo Galeano en uno de sus numerosos ensayos. Cinco siglos en los cuales unos conquistadores plateados fueron relevados por dólares americanos y éstos a su vez se convirtieron en dientes de cobre y acero cuyas ahusadas investiduras desangraban al continente entero. 

1973 fue uno de tantos años en los cuales las sombras devoraban a sus hijos. En Montevideo Bordaberry disolvía el parlamento e invitaba al ejército a formular una dictadura. Un terremoto sacude México. En Argentina, Perón sigue con su tango rocambolesco. El palacio de la moneda ardía, Salvador Allende hizo uso de su nombre y salvó su voz antes de perderse. Abatido, Pablo Neruda versa con la muerte; la muerte le arranca la lengua a Víctor Jara. En suma, hebras de azufre comenzaban a ahumar el cielo de Latinoamérica, un manto mortuorio que espesó durante casi dos décadas. Sin embargo, la esperanza nunca abatida en el tumulto de los sueños hizo posible que surgiera aquél milagro que hizo posible derrocar al dictador Pinochet. En 1988 y debido a la presión internacional, el Pinocho se vio obligado a convocar un plebiscito que no supo orquestar como lo hubiera hecho Francisco Franco en España. Y las oportunidades -como es sabido por todos- solo transcurren ante nuestras narices una vez en la vida. 

Renée Saavedra (Gael García Bernal) buscando la fórmula para derrocar la dictadura
El cineasta Pablo Larraín concluye con su film No la trilogía acerca de la dictadura que padeció su país. Con Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010) Larraín comenzó a inspeccionar, radiografiar esa punible y abyecta autoridad que carcomía los cuerpos lentamente. No, sin embargo, se centra en esa fuga de escape que comienza a susurrarse con hormigas en la boca hasta convertirse en un febril canto de alegría porque como decía Renée Saavedra (excelente, como siempre, Gael García Bernal): no hay nada más alegre que la alegría. Mediante pinceladas de humor negro pero manteniéndose siempre con exquisito equilibrio en la cuerda dramatúrgica y haciendo uso de una compulsiva cámara con luces y fotografías del más estilo vintage, Larraín toma una distancia brechtiana, se enreda en los pliegues de Clío con documentos históricos para así impartir una lección sin precedentes a las pupilas inquietas que rondan en torno a su filme. 

No no es solo la adaptación de la obra teatral de Antonio Skármeta (El Plebiscito), una opción entre dictadura y democracia, sino también la abierta alusión a la teoría de Walter Lippmann que versa sobre el gran poder de los mass media y su uso propagandístico para fabricar el consenso de esos hombres masa (parafraseando a José Ortega y Gasset). Efectivamente, la televisión era -y sigue siendo- un arma de manipulación masiva y aquella franja de 15 minutos que obtuvo la oposición fue empleada como un boomerang contra la dictadura militar. La película de Larraín no es tan solo una pura reflexión sobre el poder audiovisual, la publicidad y el devenir de la sociedad de masas de nuestro tiempo, sino también un ejercicio sano de mnemotecnia, un recuerdo de aquél día en que en el cielo de un país de Latinoamérica se volvió a pincelar un arcoiris. 




Título: NO

País: Chile
Año: 2012
Duración: 116 min.
Director: Pablo Larraín
Guión: Pedro Peirano
Música: Carlos Cabezas
Fotografía: Sergio Armstrong
Personajes / Intérpretes: Renée Saavedra (Gael García Bernal), Lucho Guzmán (Alfredo Castro), José Tomás Urrutia (Luis Gnecco), Fernando (Néstor Cantillana), Verónica Carvajal (Antonia Zegers), Alberto Arancibia (Marcial Tagle), Simón Saavedra (Pascal Montero), Ministro Ferández (Jaime Vadell)
Producción: Fabula Production / Participant Media / Funny Balloons



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