Helene Hanff - 84, Charing Cross Road


«Pero...no sé..., tal vez sea mejor que nunca haya estado allí. Soñé tanto con ello y durante tantísimos años...Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaría la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: "Está allí." Tal vez sea cierto, o tal vez no. Porque ahora, al mirar a mi alrededor en la alfombra, siento una certeza: está aquí.»

- Helene Hanff, en 84, Charing Cross Road (1970) 


14 East 95th St.
New York City 

28 noviembre 2024

    Querido lector o lectora: 

    Hubo un tiempo no tan lejano en el cual el buzón, lejos de su sentido figurado, albergaba una correspondencia que manifestaba no una mera materialización de la palabra, sino también la consistencia del tiempo, la vibración de la vida. Mientras suena una pieza de jazz de fondo, me quedo embelesado mirando un punto inexistente, sentado en mi escritorio. Me imagino a la señora Hanff dibujando hileras plateadas en su estancia, sentada sobre la alfombra junto a un cenicero, su vaso de ginebra o martini y rodeada de aquellas cartas, ahora esparcidas por doquier, que ha ido acumulando durante más de veinte años. Mientras las relee, cae diagonalmente la pálida luz rojiza del atardecer en el interior de su apartamento de Manhattan. Una lámpara de pie ya encendida subraya las oscuros rincones y sombras frente a su inmensa biblioteca, su único tesoro. Y supongo que ya algo abatida, anegada en su soledad y melancolía, vio en su correspondencia lo que leemos nosotros: la vida de una letraherida que, irónicamente, vivió trabajando en el mundo televisivo para poder costearse libros de particular encanto. 

       

    «Soy una apasionada de los libros escritos por testigos oculares», confiesa Helene en una de sus cartas. La ficción, a excepción de Jane Austen, no son su predilección. Y quizá por ello decide también entregar a un editor su correspondencia mantenida con la librería de libros de segunda mano Marks & Co., con sede en Londres, durante dos décadas. Publicado bajo el título de 84, Charing Cross Road, Helene Hanff comparte lo único que, refrendado por el transcurso de los años, ha quedado latente en ella: su pasión por la literatura y los libros. Pero no de cualquier tipo de libros. «Me encantan los libros de segunda mano que se abren por aquella página de su anterior propietario leía más a menudo. El día en que me llegó el ejemplar de Hazlitt, se abrió por una página en la que leí: "Detesto leer libros nuevos". Y saludé a un camarada a quienquiera que lo hubiera poseído antes que yo», señala Hanff, letraherida cuya emoción por los libros rebasa el umbral de la mera lectura. Es también su olor, su textura, las inscripciones en los márgenes, el subrayado, las ediciones, las traducciones, su insaciable curiosidad y búsqueda de nuevas lecturas lo que queda testimoniado en sus cartas. Y tampoco se sonroja si queda constatado sus diferentes estados de ánimo, su hilarante y peculiar sentido del humor, su acuciado encanto y bondad que incluso llega a contagiar a todos los empleados de Marks & Co. hasta llegar a tejer una amistad o cercanía tan sincera como excepcional si se aprecian desde el unívoco presente. 

        84, Charing Cross Road es un libro que considero no se rige desacompasado en el tránsito de la modernidad a la posmodernidad literaria. Su juego de la construcción desde y con el "fuera de campo", la fragmentación, el despecho suplido por la adquisición de libros («¡Qué mundo tan extraño éste nuestro, en el que uno puede adquirir para toda la vida algo tan hermoso..., por lo que cuesta una entrada para un cine de Broadway, o por la quincuagésima parte de lo que te cobra un dentista por empastarte un diente!») o el ensueño no consumido más allá de comprar libros desde una experiencia que se consagra en una ficción real, dotan sus cartas de lo que se anuncia en la sociedad posmoderna de hoy en día. Pero también es cierto que hay todavía una historicidad tras sus escritos epistolares. El intercambio de recetas, los anuncios de la vivencia sentida del acontecer histórico, la viva y concentrada voluntad cumplida más allá de la palabra, son algunos de los ejemplos de una manera de vivir ya caduca, redimida solamente por la lectura. 


    Sea como fuere, la lectura de 83, Charing Cross Road pertenece ya al culto de quien se siente todavía a caballo entre dos mundos. Leyendo a Helene Hanff he rememorado a mi abuela frente a su máquina de escribir o a mi madre escribiendo cartas que después volvían respondidas desde Sicilia o algún extraño lugar de Rumanía. Los buzones se llenaban de experiencias, de vivencias, de ilusiones, de pasiones que requerían de la voluntad de sentarse frente a una mesa y escribir. Y leer, que, a todas luces, se experimentaba como un ritual donde el tiempo era más aliado que una presencia hostil. 

     Sin más, un cordial saludo, 

                                                        W.

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